central, no te dejare tranquila desde el amanecer hasta bien entrada la noche, ni un solo instante.
No es cierto: no hare nada. Si estas en alguna parte, si tengo la posibilidad de verte, solo me sentire triste tal como me siento cada vez que veo una vida desperdiciada, una vida en la que no ha logrado realizarse el camino del amor. Cuidate. Cada vez que, al crecer, tengas ganas de convertir las cosas equivocadas en cosas justas, recuerda que la primera revolucion que hay que realizar es dentro de uno mismo, la primera y la mas importante. Luchar por una idea sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas mas peligrosas que se pueden hacer.
Cada vez que te sientas extraviada, confusa, piensa en los arboles, recuerda su manera de crecer. Recuerda que un arbol de gran copa y pocas raices es derribado por la primera rafaga de viento, en tanto que un arbol con muchas raices y poca copa a duras penas deja circular su savia. Raices y copa han de tener la misma medida, has de estar en las cosas y sobre ellas: solo asi podras ofrecer sombra y reparo, solo asi al llegar la estacion apropiada podras cubrirte de flores y de frutos.
Y luego, cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cual recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: sientate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el dia en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda mas aun. Quedate quieta, en silencio, y escucha a tu corazon. Y cuando te hable, levantate y ve donde el te lleve.
Liliana Heker
La Sinfonia Pastoral
LILIANA HEKER nacio en Buenos Aires en 1943. Es narradora y periodista. Publico Los que vieron la zarza, Acuario, Un resplandor que se apago en el mundo, Las peras del mal, Zona de clivaje y El fin de la historia. “ La Sinfonia Pastoral ” esta incluido en su libro de relatos Las peras del mal (1982).
Hace falta llevar un caos dentro de si
para poder dar a luz una estrella bailadora.
Nietzsche
Yo estaba cabeza abajo y tenia dos problemas. El primero era de caracter existencial: por que razon, a los treinta y dos anos y en pleno deslumbramiento (no precisamente de la adolescencia, mas bien el frio deslumbramiento de comprender que nunca mas la Edad Dorada y que la alegria de crear, en adelante, la inventaremos con dolor cada manana o estamos fritos), por que razon, decia, ante la puerta misma de Mi Porvenir, yo estaba realizando un acto de tan pocas aplicaciones aun para la vida diaria como es hacer la vertical. El segundo problema era mas bien tecnico: no tenia ni la mas palida idea de como volver a mi posicion habitual.
Debo aclarar que estaba en una clase de gimnasia. Para ir hasta el fondo de la cosa: se trataba de una primera clase de gimnasia ritmica-modeladora. Tambien debo aclarar que aun con los pies sobre la tierra nadie podra afirmar de mi que soy una paloma mensajera; bruscamente invertida, mi situacion se habia agravado, ya ni siquiera podia asegurar algo que siempre me resulto muy claro: cual era mi “adelante” y cual era mi “atras”. Y si bajo las piernas para el lado que no es, me quiebro. Lo pense con bastante inquietud: tengo el don innato de la direccion erronea, era probable que me ocurriera esa desgracia. Felizmente no se podia decir que estuviera incomoda y estar cabeza abajo hace bien al cutis, en algun lado lo lei. Lo esencial, sin embargo, era la satisfaccion moral, el triunfo sobre mis limites naturales: yo habia superado mi miserable estado bipedo. Uno a cero, bien. A veces tengo la sensacion de ser una especie de bofe pensante dejado en el mundo, sin forma ni destino pero con infinitas posibilidades: tener una cara, escribir libros, hacer la vertical. Me miro seguido en los espejos para poder parecerme a mi misma, la nariz me crecio al azar porque la perdi de vista: de haber tenido en mi casa un botiquin con tres puertitas otros gallos cantarian. De modo que estar cabeza abajo podia, de alguna manera, considerarse como una mision cumplida; a su tiempo veriamos como resolver el segundo problema. En estas cavilaciones andaba cuando la profesora hablo.
– ?Que tal estan mis micifuces? -dijo con jovialidad.
El optimismo de su voz me parecio exagerado dada la situacion. De reojo mire al micifuz (malla violeta) que estaba haciendo la vertical a mi lado: debia pesar lo menos setenta y cinco kilos.
Hice gala de buen humor.
– Se esta bien -dije-. Lo bravo ha de ser enderezarse, ?no?
La de malla violeta, supongo que sin otro fin que el de humillarme, bajo ruidosamente sus piernas. Entonces es para alla, deduje sin rencor, y deje caer mis piernas hacia el mismo lado en que lo habia hecho esa vaca. O al menos lo pretendi. Porque estaba notando que mis piernas se dirigian con espontaneidad hacia el lado que no era. Parezco Alicia en el Pais del Espejo, pense. Ser tan culta en la adversidad se ve que me hizo bien: con total certidumbre ahora, inverti el movimiento. Senti que mis pies tocaban el suelo, senti que mi columna seguia intacta, y sobre todo senti que mi cabeza, fuente inagotable, se iba dirigiendo, gozosa e inexorablemente, al encumbrado lugar que le ha sido asignado.
Me sente en la posicion del loto y mire a mi alrededor. Los rostros de mis tres ocasionales companeras no daban ninguna muestra de que ellas hubieran vivido una aventura fisica y espiritual tan intensa como la mia. Una chica que daba la impresion de ser altisima y una senora con aspecto de recien salida de la peluqueria conversaban acerca de la mousse de limon. La de malla violeta, en cambio, miraba fijamente a la profesora. La profesora, justo cuando la mire, se puso patas arriba, abrio las piernas, las cerro, las agito, y con una agil voltereta estuvo de pie. Despues, muy sonriente, avanzo hacia nosotras, como si nada hubiera pasado.
– Asi me gusta, mis micifuces -dijo-. Todas sentaditas como buenas nenas de mama.
Por que no te haces una enema de puloil y te vas a escribir Safac al cielo, pense sin grandeza. Y tambien pense que algun dia iba a analizar el proceso por el cual Lewis Carroll y la yerba Safac acuden con igual espontaneidad a mi mente. Safac. Senti espanto. Ya no existia mas la yerba Safac. Pasajeramente me abrumo el huir del tiempo.
La chica altisima habia suspirado.
– Debe ser gratificante tener ese dominio de los musculos, ?no? -dijo.
– Es como volar -dijo la profesora-. ?Ustedes no se sienten como pajaros a veces, con ganas de abrir las alas y cruzar los aires y mirar desde lejos a los seres humanos, pobrecitos, moviendose como hormiguitas sobre la tierra?
A juzgar por lo que entresaque del murmullo, tanto la chica altisima como la del peinado se habian sentido muy a menudo de esa manera. En cuanto a la de malla violeta, ?podiamos nosotras creerlo?, ella se sentia directamente un condor.
La profesora, se ve que alentada por sus propias palabras, se habia puesto a girar en puntas de pie con los brazos extendidos. Donde estoy, me dije, un poco alarmada. Parecia increible que una mujer tan robusta pudiera girar asi. Aunque “robusta” no es el termino preciso. De la cintura para abajo la mujer era poderosa: tenia un trasero descomunal y piernas atleticas; de la cintura para arriba tambien era grande pero menos contundente. Lo de cintura, en este caso, debe ser tomado como mero lugar geometrico ya que, en el sentido que le dieron los poetas clasicos, la mujer carecia totalmente de cintura. Eppur si muove, pense. No solo el cuerpo. Ahora podia apreciarlo porque la profesora habia dejado de girar y nos estaba contando algo sobre un trasplante de hortensias, episodio que ella habia protagonizado en su jardincito ese ultimo fin de semana. Lo realmente admirable era la movilidad del rostro. Mirandola, se tenia la impresion de estar contemplando una rapidisima sucesion de fotos de esas que abajo dicen entusiasmo, dolor, ira, sorpresa. Gracia Plena. Lo unico rigido del conjunto resultaba el pelo. Era negro y estaba muy tirante y recogido en un rodete. Todo lo demas se movia sin la
