Y, mientras tanto, Ana proseguia su descenso a la total indignidad con las velas al viento.
Que extrana enfermedad es la pasion. Desde ninos llevamos en el animo un dolor, una herida sin nombre, una necesidad frenetica de entregarnos al Otro. A ese Otro, que esta dentro de nosotros y no es mas que vacio, lo intentamos encontrar por todas partes: nos lo inventamos en nuestros companeros de universidad, en el colega de trabajo, en nuestro vecino. Como Ana y Ruggiero. Ahora bien, cuando ese perfecto extrano no responde a nuestra necesidad y nuestra fabulacion, entonces nos embarga la tristeza mas honda y mas elemental, esa desolacion que Dios debio de crear en el Primer Dia, tan antigua es y tan primordial. Desciende la melancolia del desamor sobre nosotros como una lluvia de muerte solo comparable a la del Diluvio Universal; porque igual de tristes y de excluidos y de condenados a la no vida debieron de sentirse, cuando aquella hecatombe, todos los seres que no encontraron plaza en el Arca de Noe. Aupados a una ultima colina que en pocas horas tambien se anegaria, las criaturas no admitidas contemplarian con desgarradora nostalgia como se alejaba la barca salvadora, toda ella repleta de parejas. Las felices e inalcanzables parejas de los otros.
Ana tambien miraba como Ruggiero se iba apartando de ella acompanado de su mujer y sus hijos, de todas esas cosas que el tenia y con las que habia llenado su Arca de Noe particular; y, mientras le veia desaparecer en el horizonte, ella iba cumpliendo una vez mas todas las etapas habituales de la infamia. Por citar unas cuantas: rogo. Suplico. Le juro que dejaria de escribirle. Se desdijo. Le juro que dejaria de quererle. Se desdijo otra vez. Si no habia llegado para el autobus de las nueve, se esperaba hasta el de las nueve y media para ver si venia (aunque lloviera o tronara o granizara o soplara un vendaval insoportable). Incluso empezo a ir al autobus de las ocho y media, por si acaso el se levantaba antes (aunque soplara un vendaval insoportable o tronara o lloviera o granizara). Y ademas: cada vez que veia el nombre de Ruggiero en los buzones del portal le entraba taquicardia. Cada vez que oia o leia o veia algo relacionado con Italia le abrumaba el desconsuelo. Cada vez que caia un periodico en sus manos creia morir de anoranza aguda. Invento platos seudoitalianos para homenajearle secretamente en la distancia: Provolone al Corriere della Sera, Espinacas Milanesas Rugientes; tanto los empleados del restaurante como los clientes estaban turulatos ante lo estrafalario de los actos de Ana. La gente no entendia, no podia saber que, por entonces, ella no tenia otro afan en la vida que el de embarcarse en el antiguo viaje, el unico que en verdad merece la pena realizar, ese viaje que te conduce al otro a traves del cuerpo. Porque no hay prodigio mayor en la existencia que la exploracion primera de una piel que se anora y se desea. Conquistar el cuello del amado con la punta de los dedos, descubrir el olor de sus axilas, zambullirse en el deleite del ombligo, adentrarse en el secreto de esa boca entreabierta como quien se aventura en la inexplorada Isla del Tesoro.
De manera que Ana siguio haciendo el ridiculo durante algunos meses.
Hasta que una madrugada, en un momento de lucidez, o quiza de hastio, o probablemente temiendo haberle hecho mala impresion con tantas quejas, le mando una carta razonable a su vecino. Estoy contenta con mi vida, le venia a decir; no me importa que no hayas respondido a mis avances, se sugeria entre lineas. Y terminaba, magnanima y airosa, enviandole un “casi amistoso beso”. Ruggiero le contesto a la manana siguiente, con una celeridad y una expresividad insolitas en el desde hacia mucho tiempo. Su carta, larga, locuaz, chistosa, estaba llena de alivio y de palabras afectuosas: “Que bien que estas contenta, yo soy contento si tu estas feliz”, decia. Y al final se despedia con unos inesperados “besos amistosos”.
Ana hubiera querido matarle.
Fue la estocada final, la herida ultima; ella habia sobrellevado su creciente frialdad, su desatencion y sus retrasos, pero lo que ya no podia soportar era todo ese afecto equivocado. ?De modo que durante meses le habia sido tan dificil escribir en sus cartas una miserable expresion carinosa (todos esos petrificados circunloquios del “cuidate”) y ahora era capaz de pasar, de la noche a la manana y tan facilmente, a los exuberantes besos amistosos? Pero, entonces, ?no habia sido timidez, no habia sido represion emocional, no habia sido diferencia cultural, sino que simplemente nunca la habia mirado como Ana habia querido que la mirara? El rugiente Ruggiero no rugia para ella.
“Me mandas besos amistosos, y deduzco por ello que a lo mejor pretendes ser mi amigo. Pues lo siento mucho, Ruggiero, pero ya ves, tengo amigos de sobra y ni necesito ni me interesa entablar una amistad con nadie mas. O, por lo menos, no tengo ningun interes en hacerlo contigo. ?Ah! Por cierto: cuidate.” Este texto escribio Ana, este texto envio como ultima carta de su precaria historia.
Y a partir de entonces, muy furiosa y muy digna, empezo a coger el autobus de las nueve y media.
Susanna Tamaro
Donde el corazon te lleve
SUSANNA TAMARO nacio en Trieste, Italia, en 1957. Es escritora y cinematografa. Publico los libros La cabeza en las nubes (Premio Elsa Morante), Para una voz sola (Premio del Pen Club Internacional), Donde el corazon te lleve, Animal mundi, Querida Mathilda, El misterio y lo desconocido, Respondeme y
Hoy, despues de desayunar, fui al cuarto de estar y empece a preparar el nacimiento en el sitio de siempre, cerca de la chimenea. Como primera medida dispuse el papel verde, despues las planchas de musgo seco, las palmas, el cobertizo con San Jose y la Virgen dentro, el buey y el asno, y alrededor la multitud esparcida de los pastores, las mujeres con ocas, los musicos, los cerdos, los pescadores, los gallos y gallinas, las ovejas y carneros. Sobre el paisaje, con una cinta de papel adhesivo tendi el papel azul del cielo; la estrella cometa me la meti en el bolsillo derecho de la bata, en el izquierdo los tres Reyes Magos; despues me dirigi al otro extremo de la habitacion y colgue la estrella sobre el aparador; debajo, un poco aparte, dispuse la hilera de los Reyes con sus camellos.
?Te acuerdas? Cuando eras pequena, con el furor de la coherencia que caracteriza a los ninos, no soportabas que la estrella y los tres Reyes estuviesen desde el primer momento cerca del belen. Tenian que estar alejados y acercarse lentamente, la estrella un poco antes y los tres Reyes inmediatamente detras. De la misma manera, no soportabas que el Nino Jesus estuviese en el pesebre antes de tiempo, y, por lo tanto, lo haciamos planear desde el cielo hasta el establo a la medianoche en punto del dia veinticuatro. Mientras acomodaba las ovejas sobre su alfombrilla verde, volvio a mi mente otra cosa que te gustaba hacer con el nacimiento, un juego que te habias inventado y que nunca te cansabas de repetir. Me parece que, al principio, te habias inspirado en la Pascua. Efectivamente, al llegar la Pascua teniamos la costumbre de esconderte en el jardin los huevos pintados. En Navidad, en vez de huevos, tu escondias ovejitas: cuando yo no me daba cuenta atrapabas alguna del rebano y la ocultabas en los sitios mas inverosimiles, despues te me acercabas, dondequiera que estuviese, y empezabas a balar con acento de desesperacion. Entonces empezaba la busqueda, yo dejaba lo que estuviera haciendo y contigo pisandome los talones entre risas y balidos daba vueltas por la casa diciendo: “?Donde estas, ovejita extraviada? Deja que te encuentre y te ponga a salvo”.
Y ahora, ovejita, ?donde estas? Estas alla lejos mientras escribo, entre los coyotes y los cactus; cuando estes leyendo esto, probablemente estaras aqui y mis cosas ya estaran en el desvan. Mis palabras, ?te habran puesto a salvo? No tengo esta presuncion, acaso tan solo te hayan irritado, habran confirmado la idea ya pesima que de mi tenias antes de marcharte. Tal vez solo puedas comprenderme cuando seas mayor, podras comprenderme solamente si has llevado a cabo ese misterioso recorrido que conduce desde la intransigencia a la piedad.
Piedad, fijate bien, no pena. Si sientes pena, yo bajare como esos duendecillos malignos y te hare un monton de desaires. Lo mismo hare si en vez de ser humilde eres modesta, si te emborrachas de chacharas en vez de quedarte callada. Estallaran las bombillas, los platos se caeran de los estantes, las bragas iran a parar a la arana
