Se oyo otro ruido procedente del balcon, pero esta vez Giulietta se quedo donde estaba.
– ?Paciencia, Lorenzo, te lo ruego!
– Tal vez mi veneno haya perdido su efecto -respondio Romeo, volviendole la cabeza sin soltarla.
– Debo irme…
Como el ave rapaz se abalanza sobre su presa y se aduena feroz de la pobre desgraciada, asi le robo Romeo los labios antes de perderlos de nuevo. Suspendida entre angeles y demonios, su presa ceso el forcejeo y el extendio del todo las alas y dejo que el viento creciente los llevara por el cielo hasta que incluso el ave rapaz perdio toda esperanza de volver a casa.
Durante ese abrazo, Romeo sintio una certeza que hasta entonces no habia creido posible con nadie, ni siquiera con la virtuosa. Fueran cuales fuesen sus intenciones al enterarse de que la joven del ataud vivia -oscuras entonces hasta para el-, ahora sabia que las palabras que le habia dicho al maestro Ambrogio habian sido profeticas: con Giulietta en sus brazos, todas las demas mujeres -pasadas, presentes y futuras- dejaban de existir.
De regreso al palazzo Tolomei esa manana, Giulietta fue recibida con un desagradable aluvion de preguntas y acusaciones, sazonado de comentarios sobre sus costumbres rurales.
– Quiza sea normal entre campesinos -le habia dicho su tia con desden, arrastrandola por el brazo-, pero, en la ciudad, las mujeres solteras de buena familia no salen a confesarse y vuelven varias horas despues con los ojos brillantes y… -la senora Antonia la habia examinado furiosa en busca de otros indicios de mala conducta- ?el pelo alborotado! De ahora en adelante, no habra mas salidas y, si necesitas hablar con tu querido fray Lorenzo, lo haras bajo este techo. ?Ya no te esta permitido deambular por la ciudad a merced de chismorreos y ultrajes! -habia concluido su tia, tirando de ella por la escalera y obligandola a encerrarse en su alcoba.
– ?Ay, Lorenzo! -sollozo Giulietta cuando el monje fue a verla a su prision dorada-. ?No me dejan salir! ?Voy a enloquecer! ?Ay! -Camino de un lado a otro de la alcoba, mesandose el cabello-. ?Que pensara de mi? Le he dicho que nos veriamos…, ?se lo he prometido!
– Callad, querida, y calmaos -le dijo fray Lorenzo, tratando de sentarla en una silla-. El caballero del que hablais sabe de vuestra agonia y eso no ha hecho sino aumentar su afecto. Me ha pedido que os diga…
– ?Has hablado con el? -Giulietta cogio al monje por los hombros-. ?Ay, bendito seas, Lorenzo! ?Que te ha dicho? ?Cuentamelo, aprisa!
– Me ha pedido… -el monje se metio la mano bajo el habito y saco un pergamino enrollado y sellado con cera- que os entregue esta carta. Tomad. Es para vos.
Giulietta cogio la carta, reverente, y la tuvo en la mano un instante antes de romper el sello del aguila. Luego, con los ojos muy abiertos, desenrollo la misiva y estudio la densa caligrafia en tinta marron.
– ?Que bonita! Nunca habia visto nada tan elegante. -Dandole la espalda al fraile, permanecio inmovil un momento, ensimismada en su tesoro-. ?Es un poeta! ?Que bien escribe! Que arte, que… perfeccion. Debe de haberle llevado toda la noche.
– Me parece que le ha llevado varias noches -replico el fraile con cierto cinismo-. Esa carta, os lo aseguro, es fruto de muchos pergaminos y muchas plumas.
– Pero no entiendo esto… -Se volvio hacia fray Lorenzo para ensenarle el parrafo-. ?Por que dice que mis ojos no pertenecen a mi cara sino al firmamento? Pretendera halagarme, pero habria bastado con decir que mis ojos son del color del cielo. No comprendo su argumento.
– No es un argumento -senalo fray Lorenzo cogiendo la carta-, es poesia y, por ello, irracional. Su finalidad no es persuadir, sino complacer. Supongo que os complace.
Ella hizo un aspaviento.
– ?Por supuesto!
– Asi pues, la carta ha cumplido su objetivo -dijo el fraile remilgadamente-. Ahora propongo que nos olvidemos de ella.
– ?Un momento! -Giulietta le arrebato el documento antes de que pudiera destruirlo-. Debo responderle.
– Eso sera complicado, dado que no disponeis de pluma, ni de tinta, ni de pergamino. ?No os parece?
– Cierto -respondio Giulietta sin amilanarse-, pero tu me lo traeras todo. En secreto. Iba a pedirtelo de todas formas, para poder escribir por fin a mi pobre hermana… -Miro al fraile ilusionada, esperando encontrarlo dispuesto a cumplir sus ordenes de inmediato. Al verlo fruncir el ceno descontento, exclamo alzando los brazos-: ?Que pasa ahora?
– No apruebo este empeno -gruno el, negando con la cabeza-. Una dama soltera no debe responder a una misiva clandestina. Sobre todo…
– ?Y una casada si?
– …sobre todo teniendo en cuenta quien la envia. Como viejo amigo de la familia, debo preveniros de tipos como Romeo Marescotti y… ?un momento! -levanto una mano para evitar que Giulietta lo interrumpiera-. Si, es verdad que el joven tiene cierto encanto, pero seguro que, a los ojos de Dios, es horripilante.
Giulietta suspiro.
– No es horripilante. Lo que ocurre es que estas celoso.
– ?Celoso? -resoplo el fraile-. Yo no reparo en las apariencias, pues son solo propias de la carne y no van mas alla de la tumba. Lo que he querido decir es que su
– ?Como puedes hablar asi del hombre que nos ha salvado la vida! -replico Giulietta-. Un hombre al que nunca habias visto antes. Un hombre del que no sabes nada.
– Se lo bastante para profetizar su perdicion -le advirtio el fraile agitando el dedo-. Hay plantas y criaturas en este mundo que no sirven sino para ocasionar dolor y desconsuelo a todo cuanto se interponga en su camino. ?Miraos! Vos ya estais sufriendo por esa relacion.
– De seguro… -Giulietta hizo una pausa para calmarse-. Sin duda sus bondadosas acciones habran compensado cualquier vicio que pudiera tener antes. Al ver que el fraile seguia mostrandose hostil, anadio serena-: Sin duda Dios no habria elegido a Romeo como instrumento de nuestra salvacion si no hubiera deseado redimirlo.
Fray Lorenzo volvio a amenazarla con un dedo.
– Dios es un ser divino y, como tal, carece de deseos.
– Pues yo no. Deseo ser feliz. -Giulietta se llevo la carta al pecho-. Se lo que piensas. Quieres protegerme, como viejo amigo de la familia, y piensas que Romeo me ocasionara dolor. Un gran amor conlleva una gran pena, eso crees. Quiza tengas razon. Quiza los sabios desprecian lo uno para permanecer a salvo de lo otro; yo, en cambio, antes que nacer sin ojos, prefiero que me ardan en las cuencas.
Muchas semanas y muchas cartas habrian de pasar antes de que Giulietta y Romeo volvieran a verse. Entretanto, el tono de su correspondencia cobro una creciente vehemencia que culmino -a pesar del esfuerzo de fray Lorenzo por sosegar las pasiones- en una mutua declaracion de amor eterno.
La otra persona que estaba al tanto de las emociones de Giulietta era su hermana gemela, Giannozza, la unica que le quedaba en el mundo despues de que los Salimbeni asaltaron su hogar. Aunque se habia casado el ano anterior y se habia trasladado a la finca de su esposo en el sur, ellas, que siempre habian estado muy unidas, habian mantenido el contacto por correspondencia. La lectura y la escritura no eran aptitudes corrientes entre las jovencitas, pero su padre habia sido un hombre poco corriente, que odiaba la contabilidad y preferia encargar esas tareas a su esposa y a sus hijas, mucho menos ocupadas que el.
Sin embargo, aun cuando se escribian a menudo, Giulietta apenas recibia cartas de Giannozza, y sospechaba que las suyas tambien tardaban en llegar, si es que llegaban. De hecho, despues de instalarse en Siena, no habia recibido ni una sola misiva de su hermana, a pesar de que le habia enviado varios informes sobre el terrible ataque a su familia y su triste refugio -y posterior encarcelamiento- en Palazzo Tolomei, la casa de su tio.
Si bien confiaba en la capacidad de fray Lorenzo para sacar sus cartas de la casa de forma segura y secreta, sabia que el fraile no podia controlarlas una vez en manos de desconocidos. Giulietta no tenia dinero para pagar una entrega; dependia de la bondad y la diligencia de quienes viajaban hacia donde vivia su hermana. Por otra parte, ahora que la tenian encerrada, existia ademas la posibilidad de que alguien detuviese al fraile cuando entraba o salia y le exigiera que se vaciase los bolsillos.
Consciente del peligro, empezo a esconder las cartas que le escribia a Giannozza debajo de las tablas del suelo en lugar de enviarlas de inmediato. El pobre fray Lorenzo ya tenia bastante con entregar sus cartas de amor a Romeo; cargarlo con mas pruebas de sus impudicas actividades habria sido una crueldad. Asi que terminaron todos bajo el suelo -los fantasticos relatos de sus encuentros amorosos con Romeo-, a la espera del dia en que pudiese pagar a un mensajero que los entregara todos de una vez. O del dia en que los arrojara todos al fuego.
