En cuanto a las cartas que le escribia a Romeo, recibia ardientes respuestas a todas ellas. Si ella le hablaba de cientos, el de miles, y lo que a ella le gustaba a el le encantaba. Si ella osaba compararlo con el fuego, el, mas osado aun, la comparaba con el sol; ella se imaginaba bailando con el, el no pensaba mas que en estar a solas con ella…

Una vez declarado, ese ardiente amor solo conocia dos caminos: el uno, a la plenitud; el otro, a la desilusion. La indiferencia era imposible. Por eso, un domingo por la manana, cuando a Giulietta y a sus primas les dejaron confesarse en San Cristobal despues de misa, al acercarse al confesonario descubrio que no era un cura lo que la esperaba al otro lado.

– Perdonadme, padre, porque he pecado -empezo, como era de costumbre, esperando que el cura la instara a explicarse. En cambio, una voz desconocida le susurro:

– ?Como puede ser pecado el amor? Si Dios no quisiera que nos amaramos, no habria creado una belleza como tu.

– ?Romeo? -espeto Giulietta, espantada. Se arrodillo para verificar su sospecha a traves de la filigrana metalica y, en efecto, al otro lado de la celosia vio una sonrisa poco sacerdotal-. ?Como te atreves avenir aqui? ?Mi tia no esta ni a tres metros de distancia!

– Tu dulce voz tiene mas peligro que veinte tias juntas -protesto el-. Te lo ruego, vuelve a hablarme y remata mi ruina. -Apreto la mano contra la celosia, deseando que Giulietta hiciera lo mismo. Lo hizo y, aunque sus manos no se tocaron, ella pudo notar el calor de su palma en la propia.

– Ojala fuesemos simples campesinos -le susurro Giulietta- y pudieramos vernos cuando quisieramos.

– ?Y que hariamos, campesinos de nosotros, cuando nos vieramos? -inquirio Romeo.

Giulietta agradecio que el no pudiera verla sonrojarse.

– Ninguna reja nos separaria.

– No estaria mal -dijo Romeo.

– Tu -prosiguio ella, colando un dedo por la rejilla- me hablarias en pareados, como los hombres que seducen a doncellas reacias. Cuanto mas reacias, mas exquisita la poesia.

Romeo contuvo la risa lo mejor que pudo.

– Primero, jamas he oido a un campesino recitar versos. Segundo, me pregunto cuan exquisita habria de ser mi poesia. No mucho, diria yo, a juzgar por la doncella.

– ?Bribon! -espeto ella, espantada-. Tendre que demostrarte que te equivocas siendo muy puritana y rechazando tus besos.

– Eso es facil decirlo cuando un muro nos separa -senalo el, socarron.

Permanecieron en silencio un momento, intentando tocarse a traves del tablero calado.

– ?Ay, Romeo! -suspiro Giulietta, de pronto afligida-. ?Asi debe ser nuestro amor? ?Un secreto en un cuarto oscuro mientras el mundo bulle fuera?

– No por mucho tiempo, si puedo evitarlo. -Cerro los ojos e imagino que la celosia era la frente de Giulietta apoyada en la suya-. Queria verte para decirte que voy a pedirle a mi padre que autorice nuestro matrimonio, y le propondre lo mismo a tu tio en cuanto me sea posible.

– ?Quieres… casarte conmigo? -No estaba segura de haberlo entendido. No se lo habia pedido, sino que lo daba por hecho. Quiza fuera asi como se hacia en Siena.

– Solo eso deseo -gruno Romeo-. Debo tenerte, del todo, en mi mesa y en mi cama, o me marchitare como un prisionero muerto de hambre. Ya esta dicho; disculpa la falta de poesia.

Al ver que se hacia el silencio al otro lado, Romeo temio haberla ofendido. Ya maldecia su propia franqueza cuando Giulietta volvio a hablar, ahuyentando esos pequenos temores revoltosos con el tufo de una bestia mayor.

– Si es esposa lo que buscas, tendras que conquistar a Tolomei.

– Respeto a tu tio -repuso Romeo-, pero confiaba en llevarte a ti y no a el a mi alcoba.

Por fin ella sonrio, pero no fue un placer duradero.

– Es un hombre ambicioso. Procura que tu padre traiga un largo linaje cuando venga.

El insulto velado espanto a Romeo.

– ?Mi familia llevaba casco emplumado y servia al cesar cuando tu tio Tolomei vestia piel de oso y servia pasta de cebada a los cerdos! -Consciente de que estaba siendo infantil, Romeo prosiguio mas sereno-: Tolomei no rechazara a mi padre. Entre nuestras casas siempre ha habido paz.

– ?Mejor serian rios de sangre! -suspiro Giulietta-. ?No lo ves? Si nuestras casas estan en paz, ?que se ganara con nuestra union?

El se negaba a entenderla.

– Todos los padres desean lo mejor para sus hijos. -Por eso nos dan medicinas amargas y nos hacen llorar. - Tengo dieciocho anos. Mi padre me trata como a un igual.

– Un anciano, entonces. ?Como no estas casado? ?O acaso has enterrado ya a la esposa de tu infancia?

– Mi padre no cree en madres sin destetar.

La timida sonrisa de Giulietta, apenas visible a traves de la celosia, resulto gratificante despues de tanto tormento.

– ?Pero si cree en doncellas viejas?

– No puedes tener los dieciseis.

– Justos. Pero ?quien cuenta los petalos de una rosa marchita?

– Cuando nos casemos -le susurro el, besandole los dedos como podia-, te regare y, echandote en mi cama, te los contare todos.

Giulietta trato de fingirse indignada.

– ?Y las espinas? ?Y si te pincho y te arruino la dicha?

– El placer superara con creces el dolor, creeme.

Asi siguieron, preocupandose y bromeando, hasta que alguien toco impaciente la pared del confesonario.

– ?Giulietta! -susurro furiosa la senora Antonia, haciendo saltar a su sobrina de miedo-. No puede quedarte mucho que confesar. ?Date prisa, que nos vamos!

Mientras intercambiaban despedidas breves pero poeticas, Romeo le recalco su intencion de casarse con ella, pero la joven no se atrevio a creerlo. Habiendo visto casarse a su hermana con un hombre que mas que su boda debia organizar su funeral, sabia bien que el matrimonio no era algo que los jovenes amantes planearan por su cuenta, sino, ante todo, cuestion de politica y de herencia, y que nada tenia que ver con los deseos de los novios, mas bien con las ambiciones de sus padres. El amor -segun Giannozza, cuyas primeras misivas de casada habian hecho llorar a Giulietta- siempre llegaba despues, y con otra persona.

El comandante Marescotti rara vez se sentia satisfecho de su primogenito. Casi siempre tenia que recordarse que -como con algunas fiebres- no habia para la juventud otro remedio mas que el tiempo. O el sujeto moria o su dolencia terminaba remitiendo por si sola sin que los sabios pudieran aferrarse a mas virtud que la paciencia. Claro que Marescotti no era diestro en esas lides y, en consecuencia, su corazon paterno se habia convertido en una bestia de muchas cabezas, guardiana de un cavernoso deposito de furias y miedos, siempre alerta, por lo general en vano.

Esa vez no era una excepcion.

– ?Romeo! -dijo bajando la ballesta tras la peor muestra de punteria de esa manana-. No quiero oirte mas. Soy un Marescotti. Durante anos, Siena se ha gobernado desde esta misma casa. Se han planificado guerras en este mismo atrio. ?La victoria de Montaperti se proclamo desde esta misma torre! ?Estas paredes hablan por si mismas!

El comandante Marescotti, tan erguido en su propio patio como lo estaria ante su ejercito, lanzo una mirada feroz al nuevo fresco y a su atareado y jovial creador, el maestro Ambrogio, todavia incapaz de apreciar la genialidad de ambos. La colorida escena belica proporcionaba cierta calidez al monastico espacio, no cabia duda, y la pose de la familia Marescotti resultaba elegante y convincentemente virtuosa. Pero, ?por que demonios tardaba tanto en terminarlo?

– ?Padre!

– ?Basta! -el comandante alzo la voz-. ?No tolerare que se me asocie con esa chusma! ?No ves que hemos vivido en paz muchos anos mientras esos forasteros avariciosos, los Tolomei, los Salimbeni y los Malavoltis se mataban unos a otros en las calles? ?Acaso deseas que su sangre maldita se mezcle con la nuestra? ?Quieres ver muertos en su lecho a tus hermanos y a tus primos?

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