Siena, 1340

Atrapada en su habitacion en lo mas alto de la torre Tolomei, Giuliettta no se enteraba de lo que sucedia en la ciudad. La habian tenido alli encerrada desde el dia del funeral de Tebaldo, sin permitirle recibir visitas. Los guardias de Tolomei habian claveteado las contraventanas y le pasaban la comida por una ranura de la puerta, claro que eso daba igual, porque llevaba sin comer mas tiempo que en toda su vida.

Durante las primeras horas de su reclusion, habia rogado que la dejaran salir a cualquiera que la oyese al otro lado de la puerta.

– ?Tia bendita! -le habia instado con la mejilla humeda por las lagrimas pegada a la puerta-. ?Por favor, no me trateis asi! ?Recordad de quien soy hija…! ?Primos queridos? ?Me ois?

Al ver que nadie se dignaba responder, habia empezado a gritarles a los guardias, maldiciendolos por acatar las ordenes de un demonio disfrazado de hombre.

Finalmente, como contestaba una sola palabra, se dio por vencida. Debilitada por la pena, se tumbo en la cama y se cubrio la cabeza con una sabana, incapaz de pensar mas que en el cuerpo maltratado de Romeo y en su impotencia para impedir una muerte tan espantosa. Solo entonces se acercaron a su puerta los aprensivos criados para ofrecerle comida y bebida, pero ella lo rechazo todo, hasta el agua, con la esperanza de acelerar su propia muerte y seguir a su amado al paraiso antes de que fuera muy lejos.

Lo unico que le quedaba por hacer en la vida era escribir una carta secreta a su hermana. Pretendia ser una despedida, pero, al final, se convirtio en una de tantas, escrita a la luz de la vela y oculta junto a las otras bajo una tabla suelta del suelo. Y pensar -le escribio- que este mundo y todo cuanto habia en el habian llegado a fascinarla en su dia; ahora entendia que fray Lorenzo siempre habia tenido razon.

– El mundo de los mortales es un mundo de polvo -solia decirle-. Cuando uno lo pisa, se desmorona bajo sus pies y, si no se anda con cuidado, uno se precipita al limbo.

Ese limbo debia de ser donde ella se encontraba entonces, penso, un abismo desde el que no se oia ninguna oracion.

Giannozza, su hermana Giulietta lo sabia bien, no era ajena a esa clase de desgracia. A pesar del noble empeno en que sus hijas aprendieran a leer y escribir, en cuanto al matrimonio, su padre habia sido siempre un anticuado. Para el, una hija era una especie de embajadora a la que podia enviarse a forjar una alianza con alguna persona importante de otro lugar; por esa razon, cuando el primo de su esposa -un noble propietario de una finca inmensa al norte de Roma- habia manifestado su interes por estrechar lazos con los Tolomei, su padre habia comunicado a Giulietta que debia ir ella. A fin de cuentas, era cuatro minutos mayor que su hermana Giannozza, y es obligacion de la mayor ser la primera.

Al enterarse de la noticia, las hermanas habian pasado muchos dias llorando ante la perspectiva de tener que separarse y vivir tan lejos la una de la otra, pero su padre se mostro inflexible, y aun mas su madre -despues de todo, era su primo, no un desconocido-, y al final las jovenes se habian acercado a sus progenitores con una humilde propuesta.

– Padre -comenzo Giannozza, la unica lo bastante atrevida para hablar por las dos-, a Giulietta le honran los planes que teneis para ella, pero os suplica que considereis la posibilidad de enviarme a mi en su lugar. Lo cierto es que siempre ha sentido cierta inclinacion por el convento y teme que solo seria buena esposa de Cristo. Yo, en cambio, no me opongo a un matrimonio terrenal; de hecho, creo me gustaria llevar mi propia casa. Por eso nos preguntabamos… -miro por primera vez a su madre, buscando su aquiescencia- si podriais despacharnos a las dos juntas, a mi de novia y a Giulietta de novicia a un convento proximo. De ese modo, podremos vernos siempre que queramos y no tendreis que preocuparos de nuestro bienestar.

Al ver que Giulietta se resistia tanto al matrimonio, su padre accedio al fin a permitir que Giannozza ocupara su lugar, pero, en lo relativo a la otra parte del plan, se mostro remiso.

– Si Giulietta no quiere casarse ahora -proclamo sentado tras su enorme escritorio, cruzado de brazos-, se casara mas adelante, cuando se le pase esa… tonteria. -Despues meneo la cabeza, furioso por aquella intromision en sus asuntos-. ?Jamas deberia haberos ensenado a leer, ninas! Sospecho que habeis estado leyendo la Biblia a mis espaldas…, ?mas que suficiente para llenarle de pajaros la cabeza a una muchacha!

– Pero padre…

Solo entonces se adelanto su madre, con la mirada encendida.

– ?Verguenza deberia daros poner a vuestro padre en este aprieto! -espeto furibunda-. ?No somos pobres y le pedis que se porte como si lo fueramos! ?Las dos teneis dotes lo bastante sustanciosas para tentar a un principe! Sin embargo, hemos sido selectivos. Muchos han venido a rondarte, Giulietta, pero tu padre los ha rechazado a todos porque sabia que podiamos encontrarte algo mejor. ?Y ahora quieres que se regocije de verte convertida en monja, como si no tuvieramos medios ni contactos suficientes para casarte? ?Verguenza deberia darte anteponer tus propios deseos egoistas a la dignidad de tu familia!

Y asi Giannozza se habia casado con un noble al que no habia visto nunca y habia pasado la noche de bodas con un hombre que le triplicaba la edad, tenia los ojos de su madre y las manos de un extrano. Cuando se despidio de su familia a la manana siguiente -para abandonar su hogar al lado de su esposo- se habia colgado del cuello de todos ellos, sin mediar palabra, con los labios bien prietos para no maldecir a sus padres.

Las palabras llegaron despues, en cartas interminables remitidas desde su nuevo hogar, no directamente a Giulietta, sino a su amigo fray Lorenzo, que podia hacerselas llegar en secreto mientras la confesaba en la capilla. Eran cartas que Giulietta jamas olvidaria, que la atormentarian siempre y mencionaria a menudo en las suyas, como cuando coincidia con su hermana en que «existen en este mundo, como bien dices, hombres que viven solo del mal, de ver sufrir a otros». Sin embargo, siempre animaba a su hermana a que viera el lado bueno de las cosas -su esposo era un hombre mayor y enfermizo que seguramente moriria cuando ella aun fuera joven, y, aunque no la dejara salir de casa, al menos las vistas desde el castillo eran magnificas-, e incluso se atrevia a senalar que «al contrario de lo que dices, hermana, puede encontrarsealgo de placer en la compania de un hombre. No todos estan completamente podridos».

En cambio, en la carta de despedida escrita a Giannozza desde su prision el dia despues del funeral de Tebaldo, Giulietta ya no pudo hablar tan animadamente del futuro. «Tu tenias razon, yo estaba equivocada -se limito a decirle-. Cuando la vida duele mas que la muerte, no merece la pena vivir.»

Y asi habia decidido morir, rechazar todo alimento hasta que su cuerpo se rindiera y liberar su alma para unirse a Romeo. Pero, al tercer dia de su huelga de hambre -con los labios secos y la cabeza a punto de estallarle-, empezo a obsesionarla otra idea: a que parte del paraiso tendria que ir para encontrarlo. Por fuerza debia de ser un lugar inmenso, y no habia forma de saber si los mandarian a los dos a la misma zona. De hecho, temia que no fuera asi.

Aunque ella no fuese completamente intachable a los ojos de Dios, aun era doncella; Romeo, en cambio, habia dejado tras de si un reguero de travesuras. Ademas, no habia habido ritos funerarios por el, ni se habia rezado por su alma, con lo que probablemente ni siquiera fuera al paraiso. Quiza estuviera condenado a vagar por ahi como un fantasma, herido y ensangrentado, hasta que algun buen samaritano -si lo habia- se apiadara de el y diese sepultura a su cuerpo.

Giulietta se incorporo en la cama sobresaltada. Si ella moria, ?quien enterraria a Romeo como era debido? Si dejaba que los Tolomei encontraran el cuerpo la proxima vez que falleciese alguien de la familia -muy probablemente ella misma-, sin la menor duda darian a su cuerpo cualquier cosa menos descanso. No, penso, cogiendo al fin el agua -sus debiles dedos apenas capaces de asir la taza-, tendria que seguir viviendo hasta que pudiera hablar con fray Lorenzo y exponerle la situacion.

?Donde demonios se habia metido el fraile? Giulietta, compungida, no habia querido hablar con nadie, ni siquiera con su gran amigo, y habia sido un alivio que no hubiera ido a verla. Pero ahora que habia puesto el alma en un plan que no podia ejecutar sola, estaba furiosa con el por no estar a su lado. Solo tras engullir toda la comida que encontro en la habitacion, se le ocurrio que quiza su tio Tolomei le habia prohibido las visitas al fraile con el fin de evitar que divulgara los pormenores de su desgracia.

Mientras paseaba nerviosa de un lado a otro del cuarto, deteniendose de vez en cuando a mirar por una rendija de las contraventanas selladas para ver que hora del dia era, Giulietta concluyo que la muerte tendria que esperar, no porque deseara vivir, sino porque quedaban dos cosas en este mundo que solo ella podia hacer: una era encontrar a fray Lorenzo -o cualquier otro hombre santo mas pronto a obedecer las leyes de Dios que las de su tio-

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