realidad no era para ella, sino para el.
– ?Te gusta mi obsequio? -le pregunto, escudrinandola-. Tiene dos zafiros egipcios que me recordaron a tus ojos. De valor incalculable. Como parecian tan desamparados, los he acompanado de dos esmeraldas egipcias que me recuerdan el modo en que te miraba ese tipo, Romeo. -Sonrio al verla espantarse-. Dime, querida, ?no te parezco generoso?
Giulietta tuvo que armarse de valor para poder dirigirse a el.
– Sois mas que generoso, mi senor.
El rio a carcajadas a causa de su respuesta.
– Me alegra saberlo. Creo que tu y yo vamos a llevarnos muy bien.
Sin embargo, el obispo, que habia oido el cruel comentario, no se mostro muy satisfecho. Tampoco los clerigos, que, tras asistir al banquete, entraron en la alcoba nupcial para consagrarla con agua bendita e incienso y encontraron el
– ?Mi senor Salimbeni, no podeis adornar vuestra cama con ese
– ?Por que no? -inquirio el, copa de vino en ristre y musicos a remolque.
– Porque pertenece a otro -replicaron-. La Virgen se lo entrego a Romeo Marescotti, y esta destinado a cubrir su cama solamente. ?Acaso quereis desafiar la voluntad del cielo?
Pero Giulietta sabia muy bien por que Salimbeni habia extendido el
Al final, Salimbeni echo a los clerigos sin recibir la bendicion por parte de estos y, cuando estuvo harto de las lisonjas de los invitados borrachos, los echo a ellos tambien, junto con los musicos. Aunque a algunos les sorprendio la repentina brusquedad de su patron, todos entendieron la razon por la que habia puesto fin a la fiesta: Giulietta estaba sentada en un rincon, mas dormida que despierta, pero, aun en su desmadejamiento, demasiado hermosa para dejarla sola mucho mas tiempo.
Mientras Salimbeni se ocupaba de despedirlos a todos y de agradecer sus parabienes, la joven vio la ocasion de coger un cuchillo de la mesa del convite y esconderselo bajo la ropa. No le habia quitado el ojo de encima a esa arma concreta en toda la noche, y habia observado como atrapaba la luz de las velas cuando los criados la usaban para servir la carne a los invitados. Aun antes de tenerla en la mano, ya habia planeado como trincharia con ella a su odioso marido. Sabia por las cartas de Giannozza que -siendo esa su noche de bodas- llegaria un momento en que Salimbeni se acercaria a ella con ganas de todo menos de pelea, y sabia tambien que ese era el momento en que debia atacar.
Ansiaba hacerle tanto dano que la cama se empapara de su sangre en vez de la de ella, pero, sobre todo, anhelaba saborear su reaccion a la mutilacion que iba a causarle antes de hundirle la hoja en su diabolico corazon.
Despues, aun no sabia que haria. Como no habia podido comunicarse con fray Lorenzo desde la noche del Palio -y no habia encontrado otro oido compasivo que lo reemplazara-, sabia que, muy probablemente, el cuerpo de Romeo aun yacia sin enterrar en el panteon de los Tolomei. Era concebible que su tia, la senora Antonia, hubiera vuelto a la tumba de Tebaldo al dia siguiente para rezar y encenderle una vela, pero sospechaba que, de haberse topado con el cadaver del supuesto asesino de su hijo, no solo ella sino toda Siena se habrian enterado ya, o habrian visto a la compungida madre arrastrarlo por las calles sujeto de los tobillos a un carruaje.
Cuando Salimbeni se reunio con Giulietta en la alcoba iluminada por las velas, ella apenas habia terminado de rezar sus oraciones, y todavia no habia decidido donde esconder el cuchillo. Al volverse hacia el intruso, la sorprendio encontrarlo vestido con poco mas que una tunica; verlo armado le habria resultado menos inquietante que verle los brazos y las piernas desnudos.
– Creo que es costumbre -dijo Giulietta con voz tremula- conceder tiempo a la esposa para que se prepare…
– ?Yo creo que ya estas mas que lista! -Salimbeni cerro la puerta y, acercandose a ella, la cogio por la barbilla. Luego sonrio-. Por mucho que me hagas esperar, nunca sere el hombre al que quieres.
Giulietta trago saliva, asqueada por sus caricias y su olor.
– Pero vos sois mi marido… -empezo, sumisa.
– ?Ahora si lo soy? -la miro divertido, con la cabeza ladeada-. Entonces, ?por que no me recibes con mas entusiasmo, mi amor? ?A que se debe esa mirada tan fria?
– No… -le costaba pronunciar las palabras- estoy habituada a vuestra presencia.
– Me decepcionas -replico el con una siniestra sonrisa-. Me habian dicho que eras mas animosa. -Meneo la cabeza con fingida desesperacion-. Empiezo a pensar que podria llegar a gustarte.
Como Giulietta no respondia, le llevo las manos al escote, buscando acceso a su pecho. El tacto de aquellos dedos codiciosos la espanto y, por un instante, olvido su astuto plan de hacerle creer que la habia conquistado.
– ?Como os atreveis a tocarme, cerdo apestoso! -le bufo, tratando de zafarse de el-. ?Dios no permitira que me pongais la mano encima!
Riendo satisfecho de tan repentina rebeldia, Salimbeni le hundio una zarpa en la melena para sujetarla mientras la besaba. Solo cuando ella sufrio una arcada el le solto la boca y le dijo, echandole el fetido aliento a la cara:
– Voy a contarte un secreto: a Dios le gusta mirar. -Dicho eso, la cogio en brazos y la solto sobre la cama-. ?Por que iba a crear un cuerpo como el tuyo sino para mi disfrute?
En cuanto la solto para quitarse el cinto, Giulietta reculo. Por desgracia, cuando la atrajo hacia si tirandole de los tobillos, quedo al descubierto el cuchillo que llevaba bajo las faldas, sujeto al muslo. Solo de verlo, su pretendida victima se echo a reir a carcajadas.
– ?Una arma oculta! -exclamo, liberandolo y admirando su hoja impoluta-. Veo que sabes como complacerme.
– ?Canalla! -Giulietta intento arrebatarselo y a punto estuvo de cortarse-. ?Es mio!
– ?Ah, si? -Contemplo el gesto desfigurado de ella, cada vez mas divertido-. ?Pues ve a por el! -Al segundo, el arma se clavo temblona en una viga de madera, inalcanzable. Cuando Giulietta, presa de la frustracion, intento patearlo, el volvio a tumbarla y la inmovilizo sobre el
– ?Una maldicion! -espeto con desden, forcejeando-. ?De todo lo que mas querais! Matasteis a mis padres y a Romeo. Ardereis en el infierno, ?y yo bailare sobre vuestra tumba!
Mientras yacia alli indefensa, desarmada, contemplando el rostro triunfante del hombre que deberia haber estado ya postrado en un charco de sangre, desmembrado si no muerto, Giulietta tendria que haber estado desesperada. Y, durante unos instantes terribles, ciertamente lo estuvo.
Pero entonces ocurrio algo. Al principio fue poco mas que un repentino calor que impregno todo su cuerpo desde la cama, una especie de calido cosquilleo, como si estuviese tumbada en una parrilla a fuego lento y, al notar que la sensacion se intensificaba, se echo a reir. De pronto entendio que lo que experimentaba era un instante de extasis religioso, y que la Virgen obraba en ella un milagro a traves del
Para Salimbeni, la risa histerica de Giulietta resultaba mucho mas inquietante que cualquier insulto o arma que pudiera haberle lanzado, y la abofeteo una vez, dos veces, hasta tres, sin conseguir mas que aumentar sus carcajadas desenfrenadas. Desesperado por acallarla, empezo a tirarle de la seda que le cubria el pecho, pero su nerviosismo le impedia encontrar el modo de soltar la prenda. Maldiciendo a los sastres de Tolomei por la robustez de sus hilos, paso a hurgar entre las faldas en busca de un punto de acceso menos protegido.
Giulietta no se inmuto. Siguio tendida, riendo, mientras Salimbeni se ponia en ridiculo. Porque sabia, con una certeza que solo podia venirle del cielo, que no le haria dano esa noche. Por mucho que se empenara en ponerla en su sitio, la Virgen estaba de su lado, espada en ristre, para impedir que el la invadiera y proteger el
Riendo de nuevo, miro a su asaltante con los ojos llenos de jubilo.
– ?Me habeis oido? -pregunto sin mas-. Estais maldito, ?no lo notais?
Los sieneses sabian bien que los chismorreos o son una plaga o una bendicion, dependiendo de si uno es o no
