el blanco de los mismos. Son arteros, persistentes y mortiferos; cuando lo eligen a uno, no paran hasta hundirlo. Si no pueden acorralarlo de una forma, varian y lo atacan desde arriba o desde abajo; siempre lo encuentran, por lejos que uno corra o por mucho que permanezca agazapado en silencio.

El maestro Ambrogio oyo el rumor por primera vez en la carniceria. Ese mismo dia volvio a oirlo en la panaderia y, al regresar a casa con la compra, ya sabia lo bastante para pensar que debia hacer algo al respecto.

Dejo a un lado la cesta de los viveres y, olvidandose por completo de la cena, fue directamente al trastero a por el retrato inacabado de Giulietta, que volvio a colocar en el caballete. De pronto supo que debia llevar entre sus piadosas manos: no un rosario, ni un crucifijo, sino una rosa de cinco petalos, la «rosa mistica». Se creia que esa flor, antiguo simbolo de la Virgen, representaba el misterio de su virginidad tanto como la inmaculada concepcion, y, para el maestro, no habia mayor emblema del patrocinio divino de la inocencia.

Lo complicado para el pintor era -siempre- retratar aquella planta fascinante de forma que condujera los pensamientos de los hombres hacia la doctrina religiosa en lugar de distraerlos con la tentadora simetria organica de sus petalos. Era un desafio que aceptaba sin reservas y, mientras mezclaba los colores para obtener el rojo perfecto, procuro purgar su mente de cualquier cosa que no fuese botanica.

Pero no pudo. Los rumores que habia oido eran demasiado maravillosos -demasiado bienvenidos- para no disfrutarlos un poco mas. Se decia que, en la noche de bodas de Salimbeni y Giulietta Tolomei, Nemesis habia visitado la alcoba nupcial y habia impedido, misericordiosa, un acto de inefable crueldad.

A unos les parecia magia, otros lo atribuian a la naturaleza humana o a la simple logica; no obstante, fuera cual fuese la causa, todos coincidian en el efecto: el novio no habia sido capaz de consumar el matrimonio.

Segun se le habia dado a entender al maestro, las pruebas de tan notable acontecimiento eran abundantes. Una de ellas tenia que ver con las actividades de Salimbeni: un hombre maduro se casa con una hermosa joven y pasan su noche de bodas en el lecho nupcial. Al salir de la casa, tres dias despues, busca la compania de una dama de la noche pero no logra beneficiarse de sus servicios. Cuando la dama en cuestion le ofrece amablemente un surtido de pociones y polvos, el le grita enfurecido que ya los ha probado todos y que no son mas que un camelo. ?Que podria inferirse salvo que ha pasado sus nupcias impedido y que ni siquiera un especialista ha podido curarlo?

Otra prueba del presunto estado de las cosas provenia de una fuente bastante mas fiable, porque se habia originado en la propia casa de Salimbeni. Desde tiempo inmemorial, habia sido tradicion en la familia examinar las sabanas tras la noche de bodas para comprobar que la novia era virgen hasta entonces. Si no habia sangre en las sabanas, la joven volvia con sus padres, deshonrada, y los Salimbeni anadian otro nombre a su larga lista de enemigos.

No obstante, la manana siguiente a la boda de Salimbeni no se exhibieron las sabanas ni este aireo triunfante elcencio de Romeo. Solo supo de su destino el criado que se lo llevo a Tolomei en una caja esa misma tarde con una disculpa de su senor por haberlo retirado injustificadamente del cuerpo de Tebaldo. Cuando al fin, varios dias despues de la boda, se le dio a la doncella una sabana manchada de sangre, que esta le entrego al ama de llaves, que se la dio en seguida a la abuela mas anciana de la casa, dicha anciana la rechazo por falsificacion.

La pureza de una novia era una cuestion de gran honor -y, por ende, de gran decepcion-, por lo que toda la ciudad compadecia a las abuelas enfrentadas por aplicar o detectar las pocimas mas convincentes en las sabanas nupciales cuando faltaba lo autentico. No bastaba con la sangre; habia que mezclarla con otras sustancias, y todas las abuelas tenian su propia receta y su metodo de deteccion. Como los alquimistas de antano, aquellas mujeres no hablaban en terminos mundanos sino magicos; para ellas, el reto eterno era forjar la combinacion perfecta de placer y dolor, masculino y femenino.

A una mujer asi, casi una avezada bruja, no podia enganarla la sabana nupcial de Salimbeni, obra sin duda de un hombre que no habia vuelto a mirar ni a la novia ni el lecho despues de la escaramuza inicial. Aun asi, nadie se atrevio a plantearle el asunto al senor, pues todos sabian bien que el problema no era de la dama, sino de el.

Al maestro no le bastaba con terminar el retrato de Giulietta. Pictorico de energia, Ambrogio fue al palazzo Salimbeni una semana despues de la boda para decirles a sus inquilinos que los frescos precisaban revision y posiblemente mantenimiento. Nadie se atrevio a contradecir al famoso artista, nadie penso tampoco en consultar a su senor, y asi, en los dias siguientes, Ambrogio pudo entrar y salir de la casa a su antojo.

Su motivo, por supuesto, era poder ver a Giulietta y, a ser posible, ofrecerle su ayuda. Ignoraba como, solo sabia que no descansaria hasta que ella supiera que aun le quedaban amigos en este mundo. Sin embargo, por mas que espero subido a los andamios, fingiendo encontrar defectos en su propio trabajo, la joven jamas bajo. Tampoco la menciono nadie. Era como si hubiese dejado de existir.

Una noche, cuando el maestro se hallaba en lo alto de una escalera examinando el mismo escudo de armas por tercera vez y preguntandose si no tendria que replantearse su estrategia, oyo por casualidad una conversacion entre Salimbeni y su hijo Nino en la habitacion contigua. Convencidos de que estaban solos, se habian retirado a ese rincon de la casa para tratar un asunto delicado, sin sospechar que, por el hueco entre una puerta lateral y su marco, muy quieto en la escalera, Ambrogio lo oia todo.

– Quiero que lleves a la senora Giulietta a Rocca di Tentennano y te encargues de… instalarla -le dijo Salimbeni a su hijo.

– ?Tan pronto! -exclamo el joven-. ?No creeis que la gente hablara?

– La gente ya habla -observo Salimbeni, al parecer habituado a mantener esos intercambios tan francos con su hijo-, y no quiero que todo esto estalle. Lo de Tebaldo, Romeo…, todo eso. Te vendra bien ausentarte de la ciudad un tiempo, hasta que la gente olvide. Han pasado demasiadas cosas ultimamente. Las masas empiezan a agitarse. Me preocupa.

Nino profirio un sonido que solo podia ser un conato de carcajada.

– Quiza deberiais iros vos en mi lugar. Un cambio de aires…

– ?Calla! -La camaraderia de Salimbeni tenia un limite-. Iras tu, ?y te llevaras contigo a esa bruja desobediente! Me enferma tenerla en mi casa. Una vez alli, quiero que te quedes…

– ?Que me quedealli? -Para el joven Nino no habia nada mas detestable que quedarse en el campo-. ?Cuanto tiempo?

– Hasta que la dejes embarazada.

Se hizo un silencio comprensible durante el cual el maestro Ambrogio tuvo que agarrarse a la escalera con ambas manos para no perder el equilibrio mientras digeria lo que acababa de oir.

– Ah, no… -Nino se aparto de su padre, acobardado por aquel disparate-. Yo no. Otro. Cualquier otro.

Con el rostro encendido de rabia, Salimbeni se acerco a su hijo y lo cogio por el cuello de la camisa.

– No tengo que explicarte lo que ocurre. Nuestro honor esta en juego. De buen grado me desharia de ella, pero es una Tolomei. Asi que hare lo mas conveniente: plantarla en el campo donde nadie la vea, ocupada con sus hijos y lejos de mi vista. -Solto a su hijo-. La gente dira que he sido compasivo.

– ?Hijos? -A Nino cada vez le gustaba menos el plan-. ?Cuantos anos quereis que este acostandome con mi madre?

– ?Ella tiene dieciseis! -replico Salimbeni-. ?Haras lo que yo te diga! Antes de que termine este invierno, quiero que toda Siena sepa que espera un hijo mio. A ser posible un varon.

– Me esforzare por complaceros -respondio Nino con sarcasmo.

Salimbeni respondio a la frivolidad amenazando a su hijo con un dedo.

– Dios te libre de perderla de vista. Que no la toque nadie mas que tu. No quiero exhibir un hijo bastardo. Nino suspiro.

– Muy bien. Hare de Paris y tomare a vuestra esposa, anciano padre. Ah, un momento… Si, en realidad, no es vuestra esposa, ?no es cierto?

La bofetada no sorprendio a Nino; se la merecia.

– Eso es… -dijo reculando-, abofeteadme siempre que os diga la verdad y premiadme cuando haga algo malo. Decidme que quereis… acabar con un rival, con un amigo, con el virgo de una doncella… y lo hare. Pero no me pidais que os respete despues.

De vuelta al taller esa noche, Ambrogio no podia dejar de pensar en la conversacion que habia oido. ?Como podia haber un ser tan perverso en el mundo, en su propia ciudad, ademas? ?Por que nadie lo detenia? De pronto se sintio viejo y caduco, y deseo no haber ido al palazzo Salimbeni ni haberse enterado nunca de aquellos planes crueles.

Al llegar encontro la puerta azul abierta. Titubeando en el umbral, se pregunto si habria olvidado cerrarla, pero,

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