y encargarle que enterrara a Romeo debidamente; la otra era hacer sufrir a Salimbeni como ningun hombre habia sufrido jamas.

La senora Agnese murio el dia de Todos los Santos, tras pasar en cama mas de medio ano. Se decia que la pobre mujer habia aguantado tanto solo por fastidiar a su esposo, el senor Salimbeni, que tenia preparado el traje de boda desde su compromiso con Giulietta en el mes de agosto.

El sepelio tuvo lugar en Rocca di Tentennano, la inexpugnable fortaleza de Salimbeni en Val d'Orcia. Tan pronto echo tierra sobre el feretro, el viudo salio para Siena con la presteza de un cupido alado. Solo un joven lo acompano de regreso a la ciudad: Nino, su hijo de diecinueve anos -asesino empedernido del Palio, segun algunos-, cuya madre habia ocupado el panteon familiar varios anos antes que la senora Agnese como consecuencia de una afeccion similar, comunmente conocida como abandono.

La tradicion exigia un periodo de luto tras una perdida semejante, pero a pocos les extrano volver a ver al gran hombre tan pronto en la ciudad. Salimbeni era conocido por su celeridad mental: mientras otros lloraban varios dias la muerte de una esposa o de un hijo, el se olvidaba de todo al cabo de unas horas, y jamas pasaba por alto una operacion comercial importante.

A pesar de sus turbios negocios y su perenne enemistad con los Tolomei, Salimbeni era un hombre al que muchos no podian evitar admirar hasta la adulacion servil. Siempre que asistia a alguna reunion se convertia en el centro de atencion indiscutible y, cuando se proponia divertir, provocaba la carcajada general, aunque nadie hubiera oido lo que habia dicho. Su generosidad le granjeaba el afecto instantaneo de los desconocidos, y sus clientes sabian que, una vez se ganaran su confianza, recibirian abundantes compensaciones. Como conocia mejor que nadie la dinamica de la ciudad, sabia perfectamente cuando alimentar al pobre y cuando plantar cara al gobierno. No era casualidad que le gustara vestir como un emperador romano, con su exquisita toga de lana de ribetes escarlatas, porque gobernaba la ciudad de Siena como si fuese su imperio y a todo aquel que se opusiera a su autoridad se lo consideraba traidor a la ciudad entera.

Dado el saber politico y fiscal de Salimbeni, asombraba al pueblo de Siena su insistente encaprichamiento de la melancolica sobrina de Tolomei. Alli estaba, inclinandose ante su palida figura en misa cuando ella ni siquiera lo soportaba. Giulietta no solo lo despreciaba por lo que le habia hecho a su familia -su tragedia ya era del dominio publico-, sino tambien por haber expulsado de la ciudad a su amado Romeo tras culparlo del dudoso asesinato de Tebaldo Tolomei.

?Por que, se preguntaba la gente, un hombre de la talla de Salimbeni ponia en peligro su dignidad por casarse con una joven que no lo querria jamas aunque los dos vivieran mil anos? Giulietta era hermosa, y habia muchos jovenes que anhelaban sus labios perfectos y sus ojos sonadores, pero era muy distinto que un hombre asentado como Salimbeni tirara por la borda su dignidad y la reclamara para si tan pronto como desapareciera el amor de ella y falleciera la esposa de el.

– ?Es una cuestion de honor! -decian quienes aprobaban el compromiso-. Romeo se disputo a Giulietta y esa disputa solo tenia un resultado logico: el vencedor vivia, el perdedor moria y la dama era del que quedaba, la quisiera o no.

Otros, mas candidos, veian la mano del diablo en los actos de Salimbeni.

– He ahi un hombre cuyo poder nadie controla hace tiempo -le susurraban al maestro Ambrogio por las noches, en las tabernas, delante de un vaso de vino-. Ese poder se ha tornado maligno y, como tal, constituye una amenaza para nosotros y para el. Vos mismo lo habeis dicho, maestro: las virtudes de Salimbeni han madurado hasta convertirse en vicios y, ya saciado, su inmenso apetito de gloria e influencia buscara inevitablemente nuevas fuentes de las que beber.

No habia que hurgar mucho para encontrar ejemplos: ciertas feminas sienesas habrian dado fe gustosas de las maneras cada vez mas perversas de Salimbeni.

Segun le habia contado una senora al maestro, Salimbeni, que siempre habia querido complacer y ser complacido, habia empezado a rechazar a las que se mostraban demasiado dispuestas a satisfacer sus deseos. Buscaba mujeres dificiles, incluso hostiles, que le dieran motivos para ejercer su dominio plenamente, y nada lo complacia mas que el encuentro con una -con frecuencia, una atrevida forastera recien llegada- que aun no supiera que el era un hombre al que habia que obedecer.

Pero hasta las forasteras atrevidas se dejaban aconsejar y, al poco, para su contrariedad, Salimbeni empezo a toparse con sonrisas y chanzas repulsivas cada vez que salia al centro vestido con lo que el consideraba un disfraz. Casi todos los propietarios de negocios habrian querido cerrarle las puertas al voraz cliente, pero, al no haber quien quisiera aplicar la ley a aquel tirano, ?como iban a verse libres de tales infracciones los pobres comerciantes? Asi que seguia la satira y su interprete continuaba la busqueda perenne de desafios dignos de su potestad, mientras el coro de gente que dejaba a su paso podia hacer poco mas que transmitir a otros los innumerables peligros de su orgullo desmedido y la tragica cegazon que derivaba invariablemente de ellos.

– ?Veis, maestro? -concluyo la senora, encantada de intercambiar chismes con vecinos que no escupieran al verla-, la obsesion de ese individuo con esa joven no es ningun misterio. -Se apoyo en la escoba y le hizo una sena para que se acercara, inquieta de que pudieran oirla-. Hablamos de una joven, una criatura nubil y preciosa, que no solo es la sobrina de su enemigo, sino que, por si misma, tiene razones sobradas para despreciarlo. No hay riesgo de que su fiera resistencia se torne en dulce sumision, no existe la posibilidad de que ella lo invite voluntariamente a ocupar su lecho. ?Lo entiende, maestro? Al casarse con ella, Salimbeni se asegura una fuente inagotable de su afrodisiaco favorito: el odio.

La boda de Salimbeni tuvo lugar una semana y un dia despues del funeral de su esposa. Con la tierra del cementerio aun entre las unas, el viudo no dudo en arrastrar al altar a su siguiente esposa, para que inyectara en su mermado arbol genealogico la noble sangre de los Tolomei.

A pesar de su carisma y su generosidad, aquel desvergonzado despliegue de egoismo asqueo a los sieneses. Cuando el cortejo nupcial cruzo la ciudad, mas de un observador comento su parecido con los desfiles militares de los romanos: el botin de tierras lejanas, hombres y bestias antes nunca vistos y una dama a caballo coronada para su escarnio, todo ello presentado a la muchedumbre boquiabierta que salpicaba el camino por un general exultante que los saludaba desde un carro.

Ver al tirano en toda su gloria reforzo las murmuraciones que lo habian seguido a todas partes desde el Palio. Aquel era un hombre -decian algunos- que no habia asesinado una sola vez, sino que lo hacia siempre que le placia y, sin embargo, nadie se atrevia a reprocharselo. Ciertamente alguien que podia escabullirse de tamanos delitos -y organizarse un casamiento con una joven que lo despreciaba-era alguien que podia hacerle cualquier cosa a cualquiera, y que no dudaria en hacerlo.

Al borde del camino, bajo la llovizna otonal, mientras contemplaba a la mujer en cuyo camino se habian cruzado todas las estrellas del firmamento, el maestro Ambrogio se sorprendio rezando para que alguien salvara a Giulietta de ese destino. A los ojos de la multitud, no era menos hermosa entonces que antes, pero era evidente para el pintor -que no habia vuelto a verla desde la vispera del Palio fatal- que la suya era ahora mas la belleza petrea de Atenea que el encanto risueno de Afrodita.

Cuanto le habria gustado que Romeo hubiera vuelto a Siena en ese mismo instante, acompanado de un peloton de soldados extranjeros, para arrebatarle a la dama al tirano antes de que fuese demasiado tarde. Pero Romeo, decia la gente negando con la cabeza, habia huido a tierras lejanas y buscaba consuelo en las mujeres y la bebida donde sabia que Salimbeni jamas daria con el.

De pronto, alli de pie, encapuchado para protegerse de la lluvia, el artista supo como concluir el enorme fresco del Palazzo Pubblico. Debia haber una novia, una joven triste absorta en recuerdos amargos, y un hombre que dejaba la ciudad a caballo pero que, recostado en la silla de su rocin, escuchaba la plegaria de un pintor. Solo confesando a la pared silenciosa su inquietud lograria aliviar el dolor de su corazon en tan aciago dia, penso el maestro.

Giulietta supo en cuanto termino el desayuno que esa seria su ultima comida en el palazzo Tolomei: la senora Antonia le habia echado algo en la comida para calmarla. Poco sabia su tia que Giulietta no tenia intencion de impedir la boda negandose a asistir. ?De que otro modo podria acercarse a Salimbeni lo bastante como para hacerle sufrir?

Lo veia todo como en una nebulosa -el cortejo nupcial, la multitud pasmada, los serios ocupantes de la oscura catedral-, y solo cuando Salimbeni le levanto el velo para que el obispo y los perplejos invitados viesen la corona nupcial salio ella de su trance y reparo en los aspavientos y en la proximidad de el.

La tiara era una joya indecente de oro y brillantes, que rivalizaba con cualquier cosa que se hubiera visto antes, en Siena o en otra parte. Era un tesoro mas propio de la realeza que de una campesina taciturna, claro que en

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