– Dejame hacer el trabajo sucio. -Janice parecia estar visualizandolo-. Esto lo soluciono yo en un pispas.
– ?Que te lo has creido! -repuse-. Estamos en esto juntas…
– …y, para tu informacion, prefiero que me la juegue el a que me la juegues tu.
– Bueno, pues ?por que no vas tras el ahora mismo? -contesto ofendida-. Seguro que te complacera encantado. Entretanto, yo voy a ver que tal esta el primo Peppo, y no, no hace falta que me acompanes.
Volvi al hotel sola, a pie, absorta en mis pensamientos. Por mas vueltas que le daba, Janice tenia razon: no debia confiar en Alessandro. El problema era que no solo confiaba, sino que me estaba enamorando de el. En mi ceguera, casi estaba convencida de que las fotos de Janice eran de otra persona y que, en realidad, solo habia hecho que me siguieran por galanteria. Ademas, me habia prometido explicarmelo todo, y no era culpa suya que lo hubieran interrumpido varias veces. ?O si? Si de verdad queria que lo supiera, ?por que habia esperado a que yo sacara el tema? Y hacia un rato, cuando Janice nos habia interrumpido, ?por que no me habia propuesto que volviera con el a Monte dei Paschi y me habia ido contando algo por el camino?
Cuando me acercaba al hotel, una limusina negra con las lunas tintadas se paro a mi lado; al bajarse un poco la ventanilla del asiento trasero, vi el rostro sonriente de Eva Maria.
– ?Giulietta! -exclamo-. ?Que coincidencia! Sube y tomate una delicia turca conmigo.
Me sente en el asiento de cuero crema de enfrente de Eva Maria y me sorprendi preguntandome si aquello seria algun tipo de trampa. Claro que, si hubiera querido secuestrarme, ?por que no se lo habia encargado a Alessandro? Seguramente el ya le habia dicho que me tenia comiendo -o bebiendo- de su mano.
– ?Cuanto me alegro de que aun estes aqui! -exclamo Eva Maria entusiasmada, ofreciendome un dulce de una caja satinada-. Te he estado llamando. ?No te lo han dicho? Temia que mi ahijado te hubiese ahuyentado. Debo disculparme por el: no acostumbra a ser asi.
– Tranquila -le dije, chupandome los dedos y preguntandome que sabria en realidad de mi relacion con Alessandro-. Ultimamente se esta portando muy bien.
– ?Ah, si? -Me miro con las cejas arqueadas, a un tiempo contenta de saberlo y disgustada por no haberse enterado antes-. Eso es bueno.
– Siento haberme marchado asi de su cena de cumpleanos… -prosegui, algo avergonzada de no haber vuelto a llamarla desde aquella noche terrible-. La ropa que me presto usted…
– ?Quedatela! -dijo, quitandole importancia-. Tengo demasiada, la verdad. Dime, ?estas aqui este fin de semana? Voy a dar una fiesta, y tendre invitados a los que deberias conocer, personas que saben mucho mas que yo de tus antepasados Tolomei. La fiesta es manana por la noche, pero me gustaria que te quedaras en casa todo el fin de semana -anadio sonriendo como el hada buena que convierte la calabaza en un carruaje-. ?Te va a encantar Val d'Orcia, estoy convencida! Alessandro puede llevarte en coche. El tambien viene.
– Ah… -dije. ?Como iba a negarme? Claro que, si aceptaba, Janice me estrangularia-. Me encantaria ir, pero…
– ?Estupendo! -Eva Maria se inclino para abrirme la puerta-. Hasta manana, entonces. ?No traigas nada, con tu presencia basta!
V. V
Cuan frecuente es que los hombres a punto de morir muestren una sonrisa a la que quienes velan llaman luz que da paso a la muerte… ?Una luz? ?Le he llamado luz…? ?Oh, amor, esposa mia!
Siena, 1340
Rocca di Tentennano era una construccion colosal. Se apostaba como un buitre en lo alto de un monte, en Val d'Orcia, estrategicamente situada para fiscalizarlo todo. Sus inmensos muros se habian construido para soportar incontables asaltos y ataques enemigos y, a juzgar por el hacer y el sentir de sus propietarios, su grosor era mas que necesario.
Durante todo el viaje, Giulietta no habia parado de preguntarse por que Salimbeni habria tenido la delicadeza de mandarla al campo, lejos de el. Cuando se habia despedido de ella el dia anterior, a la entrada del palazzo Salimbeni, mirandola con cierto aire de benevolencia, le habia hecho pensar si quiza -merced a la maldicion que habia caido sobre su virilidad- se arrepentia de lo que habia hecho y buscaba compensarla por el dolor que le habia causado sacandola de la ciudad.
Imbuida de optimismo, lo habia visto despedirse de su hijo Nino -que la acompanaria a Val d'Orcia- y darle las ultimas instrucciones para el camino, y habia creido hallar en sus ojos un afecto verdadero.
– Que Dios te bendiga durante el viaje y tambien despues -le habia dicho mientras Nino montaba el caballo que habia llevado en el Palio.
El joven no habia respondido. Se habia comportado como si su padre no estuviera alli, y su maldad habia hecho que Giulietta -aun apenas un instante- sintiera lastima de Salimbeni.
Sin embargo, mas tarde, al descubrir la vista desde su alcoba en Rocca di Tentennano, empezo a comprender la verdadera razon de su traslado, y supo que no se trataba de un alarde de generosidad, sino de una ingeniosa forma de seguir castigandola.
El lugar era una fortificacion. Del mismo modo que no podia entrar nadie de fuera, tampoco nadie podia salir sin autorizacion. Al fin entendia por que criticaban que Salimbeni enviase a sus esposas a la isla: solo la muerte podria sacarla de Rocca di Tentennano.
Para su sorpresa, una criada acudio en seguida a encenderle el fuego y ayudarla a cambiarse. Era un dia frio de principios de diciembre y, en las ultimas horas de viaje, las yemas de los dedos se le habian quedado blancas y entumecidas. Ahora llevaba un vestido de lana y unas zapatillas secas, y daba vueltas ante el fuego, tratando de recordar cuando se habia sentido comoda por ultima vez.
Al abrir los ojos vio a Nino a la puerta de la alcoba, contemplandola con un gesto no del todo displicente. Lastima que fuese tan sinverguenza como su padre, porque era un joven apuesto, fuerte y capaz, que parecia sonreir mas a menudo de lo conveniente para lo que debia de pesarle la conciencia.
– ?Querriais bajar a cenar conmigo esta noche? -le pregunto con la misma cordialidad con que se solicita un baile-. Tengo entendido que habeis comido sola las tres ultimas semanas y me gustaria disculparme por la descortesia de mi familia. -Al verla perpleja, sonrio encantador-. No temais. Os aseguro que estamos completamente solos.
Y lo estaban. Apostados en ambos extremos de una mesa en la que habrian cabido veinte personas, Giulietta y Nino cenaron en silencio, mirandose muy de vez en cuando entre los candelabros. Cuando la veia mirarlo, Nino sonreia, y por fin Giulietta hallo en su interior el valor necesario para dar voz a sus pensamientos.
– ?Matasteis vos a mi primo Tebaldo en el Palio?
La sonrisa de Nino se desvanecio.
– Claro que no. ?Como podeis pensar eso?
– ?Quien lo hizo, entonces?
La miro inquisitivo, si bien ninguna de sus preguntas parecia haberlo disgustado.
– Sabeis bien quien lo hizo. Todo el mundo lo sabe.
– ?Y sabe todo el mundo… -se detuvo un instante para serenarselo que vuestro padre le hizo a Romeo?
En vez de contestar, Nino se levanto y recorrio la mesa hasta ella, se arrodillo a su lado y le tomo la mano como un caballero se la tomaria a una damisela en apuros.
– ?Como podre reparar el dano que ha hecho mi padre? -Se acerco la mano de Giulietta a la mejilla-. ?Como eclipsar la mala sombra que pesa sobre los mios? Decidme, por favor, senora mia, ?como puedo complaceros?
Giulietta escudrino su rostro, luego se limito a decir:
– Dejadme marchar.
El la miro desconcertado, sin saber a que se referia.
– No soy la esposa de vuestro padre -prosiguio Giulietta-. No hay necesidad de que me retengais aqui.
