Dejadme ir y no volvere a molestaros.
– Lo siento, pero no puedo hacer eso -dijo Nino, besandole la mano esta vez.
– Entiendo -repuso ella, retirandola-. En ese caso, dejadme volver a mi alcoba. Eso me complaceria mucho.
– Y lo hare -respondio Nino poniendose en pie-, cuando os tomeis otra copa de vino. -Le relleno la copa que apenas habia tocado-. Casi no habeis comido. Estareis hambrienta. -Al ver que Giulietta no contestaba, Nino sonrio-. La vida por aqui puede ser muy agradable, ?sabeis? Aire puro, buena comida, estupendo pan, no como los pedruscos que nos sirven en casa, y… -alzo los brazos- excelente compania. Todo para vuestro disfrute. Solo teneis que tomarlo.
Cuando le ofrecio la copa, aun sonriente, Giulietta entendio al fin lo que insinuaba.
– ?No temeis la reaccion de vuestro padre? -le pregunto, serena, cogiendo la copa.
Nino rio.
– Creo que a los dos nos vendria bien olvidarnos de mi padre por una noche. -Se apoyo en la mesa, esperando a que ella bebiera-. Confio en que veais que no soy como el.
Giulietta dejo la copa sobre la mesa y se levanto.
– Agradezco esta comida y vuestras atenciones -dijo-, pero es hora de que me retire. Os deseo buenas noches…
Una mano en la muneca le impidio marcharse.
– No soy un desalmado -dijo Nino, serio al fin-. Se que habeis sufrido y querria que no hubiese sido asi, pero el destino ha dispuesto que estemos aqui juntos…
– ?El destino? -Giulietta trato de zafarse, pero no pudo-. ?Querreis decir vuestro padre.
Solo entonces Nino renuncio a todo fingimiento y la miro hastiado.
– ?No entendeis que estoy siendo generoso? Aunque no lo creais, no tengo por que serlo. Pero me gustais. Mereceis la pena. -Le solto la muneca-. Marchad ya y haced lo que suelen hacer las mujeres; ire a veros cuando esteis lista. -Tuvo el descaro de sonreir-. Os prometo que no me encontrareis tan ofensivo a medianoche.
Giulietta lo miro a los ojos, pero no vio en ellos sino resolucion.
– ?No hay nada que pueda hacer para convenceros de lo contrario?
Nino se limito a sonreir y negar con la cabeza.
Camino de su alcoba, Giulietta vio un guardia apostado en cada esquina. Sin embargo, con tanta proteccion, no habia cerradura en su puerta, ni forma alguna de evitar que entrara Nino.
Abriendo las contraventanas a la gelida noche, alzo la vista a las estrellas y se asombro de su numero y su brillo, un espectaculo deslumbrante que el cielo habia organizado, al parecer, solo para ella, para que pudiera llenarse el alma de belleza antes de que todo se desvaneciera.
Habia fracasado en todo cuanto se habia propuesto. Sus planes de enterrar a Romeo y matar a Salimbeni se habian echado a perder, y solo habia sobrevivido para que abusaran de ella. Su unico consuelo era que, por mas que lo habian intentado, no habian logrado invalidar sus votos con Romeo: jamas habia pertenecido a ningun otro. Era su esposo, aunque no lo fuese. Sus almas estaban unidas, sus cuerpos separados por la muerte. Pero no por mucho tiempo. Lo unico que debia hacer era serle fiel hasta el final; quiza entonces, si fray Lorenzo le habia dicho la verdad, se reuniria con Romeo en la otra vida.
Dejo abiertas las ventanas y se acerco a su equipaje. Vestidos, galas…, lo que buscaba estaba oculto en una zapatilla de brocado: un frasquito de perfume que habia pasado algun tiempo en su mesilla de noche, en el palazzo Salimbeni, y al que en seguida habia decidido dar otro uso.
Tras su boda, todas las noches pasaba una anciana a darle una cucharada de somnifero, con los ojos llenos de inconfesable compasion.
– ?Abrid la boca y sed buena chica! -le decia, aspera-. Quereis tener felices suenos, ?no es asi?
Las primeras veces Giulietta escupia la pocion en la bacinilla en cuanto la anciana salia de la alcoba, decidida a estar completamente despierta para recordarle a Salimbeni su maldicion en caso de que osara volver a su lecho.
Pero despues se le ocurrio vaciar el frasquito de agua de rosas que Antonia le habia dado a modo de despedida y fue llenandolo con los buches de somnifero que le administraban cada noche.
Al principio penso en usarlo contra Salimbeni, pero, como el la visitaba cada vez menos, el frasquito se quedo en su mesilla sin un proposito claro, salvo el de recordarle a Giulietta que, cuando estuviera lleno, resultaria letal para cualquiera que lo bebiese.
Desde su mas temprana edad, recordaba haber oido relatos de mujeres que se mataban con somniferos cuando las abandonaban sus amantes. Aunque su madre procuraba protegerlas de ese tipo de chismorreos, habia demasiadas criadas en la casa que disfrutaban con la atencion de las pequenas. Y asi, Giulietta y Giannozza habian pasado muchas tardes en su lecho secreto de margaritas, muriendose por turnos mientras la otra representaba el papel de quienes descubrian horrorizados el cadaver y el frasco vacio. Una vez, Giulietta habia permanecido quieta y aletargada tanto tiempo que Giannozza la habia creido muerta de verdad.
– ?Giu-giu? -le habia dicho, tirandole de los brazos-. ?Para, por favor! Ya no tiene gracia. ?Por favor!
Al final, Giannozza habia empezado a llorar y, aunque Giulietta se habia incorporado, riendo, no habia logrado consolarla. Habia llorado toda la tarde y toda la noche, y se habia ido corriendo de la mesa sin cenar. No habian vuelto a jugar a ese juego.
Durante su encierro en el palazzo Salimbeni, habia pasado algunos dias sentada acariciando el frasquito y deseando que estuviera lleno y tener el valor de poner fin a su propia vida, pero el frasco no habia terminado de llenarse hasta la vispera de su partida a Val d'Orcia y, mientras viajaba, se habia consolado pensando en el tesoro que llevaba oculto en su equipaje.
De pronto, sentada en la cama con el frasquito en las manos, tuvo la certeza de que aquello le pararia el corazon. Ese debia de haber sido siempre el plan de la Virgen: que su enlace con Romeo se consumara en el cielo, no en la tierra. Esa idea tan agradable la hizo sonreir.
Saco pluma y tinta, tambien ocultas en el equipaje, y se dispuso a escribir una ultima carta a Giannozza. El tintero que fray Lorenzo le habia dado en el palazzo Tolomei estaba casi vacio, y habia afilado la pluma tantisimas veces que solo quedaba de ella un languido penacho; aun asi, redacto con paciencia un ultimo mensaje para su hermana; despues enrollo el pergamino y lo escondio en una grieta de la pared, detras de la cama. «Te esperare, querida hermana, en nuestro lecho de margaritas -le escribio, emborronando la tinta de lagrimas-y, cuando me llames, despertare en seguida, lo prometo.»
Romeo y fray Lorenzo llegaron a Rocca di Tentennano con diez hombres a caballo entrenados en toda suerte de combates. De no haber sido por el maestro Ambrogio, jamas habrian sabido donde encontrar a Giulietta, y, de no ser por su hermana Giannozza y los guerreros que les presto, nunca podrian haber pasado a la accion.
Su conexion con Giannozza habia sido obra de fray Lorenzo. Cuando estaban escondidos en el monasterio - Romeo aun inmovilizado por la herida del estomago-, el fraile la habia enviado una carta a la unica persona que pensaba que podria compadecerse de su situacion. Conocia bien la direccion de Giannozza, pues habia sido el mensajero secreto de su hermana durante mas de un ano, y no habian pasado ni dos semanas cuando recibio una respuesta. «Tu dolorosa carta me llega en buen momento -le escribia-, pues acabo de enterrar al hombre de esta casa y al fin soy duena de mi destino. Aun asi, no tengo palabras para expresar la pena que siento, querido Lorenzo, al saber de tus tribulaciones y del destino de mi hermana. Por favor, dime como puedo ayudar. Tengo hombres, caballos. Son tuyos.»
Sin embargo, los fuertes guerreros de Giannozza se sentian impotentes ante la inmensa puerta de Rocca di Tentennano y, mientras estudiaban de lejos la fortaleza a la luz del crepusculo, Romeo supo que tendria que servirse de alguna artimana para entrar a salvar a su dama.
– Me recuerda a un avispero gigante -les dijo a los otros, mudos al ver la fortaleza-. Un ataque a plena luz del dia nos costaria la vida, pero quiza podamos lograrlo al anochecer, cuando esten todos dormidos excepto unos cuantos centinelas.
Asi espero a que oscureciera para escoger a ocho hombres -entre los cuales, fray Lorenzo, al que no podia dejar atras-, se aseguro de que iban provistos de cuerdas y dagas y se los llevo con sigilo a los pies del acantilado sobre el que se levantaba la fortaleza de Salimbeni.
Sin otro publico que las estrellas centelleantes en un cielo sin luna, los intrusos escalaron la montana con tanto sigilo como fueron capaces para llegar por fin a los pies del extraordinario edificio. Desde alli, reptaron por la base de la muralla inclinada hasta que uno de ellos diviso una abertura prometedora unos metros mas arriba y le dio un
