toque en el hombro a Romeo para indicarselo.

Sin cederle a otro el honor de ir primero, Romeo se amarro una cuerda a la cintura y, con una daga en cada mano, inicio el ascenso, clavandolas en la argamasa de entre las piedras y tirando laboriosamente de su cuerpo con los brazos. La muralla presentaba la inclinacion justa para permitir la hazana sin llegar a facilitarla, y fray Lorenzo se espantaba cada vez que Romeo resbalaba y se quedaba colgado de los brazos. No le habria preocupado tanto si el joven hubiera estado en perfectas condiciones, pero sabia que cada movimiento de su amigo al escalar el muro debia de estar causandole un dolor casi insoportable porque la herida del abdomen no habia curado del todo.

Sin embargo, a Romeo apenas le dolia la vieja herida mientras trepaba por el muro, ya que el dolor de imaginar a Giulietta obligada a someterse a la voluntad del despiadado hijo de Salimbeni ahogaba todos los demas. Recordaba bien a Nino del Palio, donde lo habia visto apunalar habilmente a Tebaldo, y sabia que ninguna mujer podria darle un portazo a su voluntad. Tampoco era probable que Nino cayera presa de amenazas de maldicion; el joven debia de saber que, en lo relativo al cielo, ya estaba condenado para toda la eternidad.

La abertura en lo alto resulto ser una tronera lo bastante ancha para que Romeo cupiera por ella. Al pasar por el ventanuco, vio que se encontraba en un arsenal, y la paradoja casi lo hizo sonreir. Se desato la cuerda que llevaba a la cintura, la amarro a un antorchero de la pared y tiro de ella dos veces para que los otros supieran que podian subir.

Rocca di Tentennano era un sitio triste por dentro y por fuera. No habia alli frescos que alegraran las paredes, ni tapices que paliaran las corrientes; a diferencia del palazzo Salimbeni -despliegue de refinamiento y opulencia-, aquel lugar se habia construido sin otro proposito mas que el del dominio, y cualquier elemento decorativo no habria hecho sino entorpecer el trajin de hombres y de armas.

Mientras recorria los serpenteantes e interminables pasillos -con fray Lorenzo y los otros a remolque-, Romeo empezo a temer que encontrar a Giulietta en aquel mausoleo viviente y escapar con ella sin ser vistos fuese mas una cuestion de suerte que de valor.

– ?Cuidado! -susurro de pronto, levantando una mano para detener a los otros al divisar a un guardia-. ?Replegaos!

Para evitar al guardia tuvieron que embarcarse en un laberintico desvio tras el cual terminaron en el punto de partida, agazapados en silencio entre las sombras, alli donde la luz de las antorchas murales no llegaba.

– Hay guardias en todas las esquinas -susurro uno de los hombres de Giannozza-, pero sobre todo en esa direccion… -anadio senalando hacia delante.

Romeo asintio, muy serio.

– Tendremos que eliminarlos uno a uno, pero prefiero esperar cuanto sea posible.

No hubo necesidad de explicarles por que razon queria posponer el clamor de armas. Todos eran conscientes de que los guardias que dormian en las entranas del castillo los superaban en numero, y sabian que, cuando comenzara la lucha, su unica esperanza seria salir corriendo. Con ese fin, Romeo habia dejado a tres hombres a cargo de los caballos, pero empezaba a sospechar que no les quedaria otra que volver a Giannozza con el relato de su fracaso.

Entonces, cuando empezaba a desesperar, fray Lorenzo le dio un golpecito en el hombro y le senalo una figura familiar, con una antorcha, al otro lado del pasillo. La figura -Nino- avanzaba despacio, casi con desgana, como si tuviese que cumplir una mision que de buen grado aplazaria. A pesar de que la noche era fria, vestia solo una tunica, si bien llevaba la espada sujeta al cinto; Romeo supo de inmediato adonde se dirigia.

Despues de hacer una sena a fray Lorenzo y a los hombres de Giannozza para que lo siguieran, enfilo el pasillo tras el bandido y se detuvo solo cuando este lo hizo para dirigirse a dos guardias que flanqueaban una puerta cerrada.

– Podeis ir a descansar -les dijo-. Yo me encargo de la seguridad de la senora Giulietta. De hecho… -se volvio para hablarles a todos los guardias a la vez-, ?podeis marcharos todos! Y pedid en cocinas que esta noche no se racione el vino.

Cuando se hubieron ido todos los guardias -felices ante la perspectiva de la juerga-, Nino respiro profundamente al fin y asio el pomo de la puerta. Pero, en ese preciso instante, lo sobresalto un ruido a su espalda, el inconfundible desenvainar de una espada.

Se volvio despacio y pudo ver, incredulo, a su asaltante. Cuando identifico al hombre que habia ido hasta alli para retarlo, los ojos estuvieron a punto de salirsele de las cuencas.

– ?Imposible! ?Estais muerto!

Romeo salio a la luz de la antorcha con una sonrisa venenosa. -Si estuviese muerto, seria un fantasma y vos no tendriais que temer mi espada.

Nino miro atonito a su rival. Tenia ante si a un hombre al que no esperaba volver a ver, un hombre que habia desafiado a la muerte para salvar a su amada. Por primera vez en su vida, quiza el hijo de Salimbeni pensara que aquel era el verdadero heroe, y el, Nino, el villano.

– Os creo -dijo, sereno, y colgo la antorcha de la pared-, y respeto vuestra espada, pero no la temo.

– Craso error -replico Romeo, esperando a que el otro se preparara.

Oculto a la vuelta de la esquina, fray Lorenzo escucho aquel dialogo con vana agitacion. No entendia que Nino no llamase a los guardias para someter a Romeo sin necesidad de luchar. Aquella era una intrusion infame, no un espectaculo publico; no tenia por que correr ningun riesgo. Ni tampoco Romeo.

A su lado, agazapados en la oscuridad, fray Lorenzo vio a los hombres de Giannozza intercambiar miradas, preguntandose por que Romeo no les pedia que salieran a cortarle el cuello a Nino antes de que el engreido transgresor tuviese tiempo de clamar socorro. A fin de cuentas, aquello no era un torneo con el que ganarse el corazon de una dama, sino un asalto en toda regla. Sin duda Romeo no le debia un duelo de caballeros al hombre que le habia robado a su esposa.

Pero los dos rivales no pensaban del mismo modo.

– Quien yerra sois vos -repuso Nino, desenvainando ansioso su espada-. Os recuerdo que ya os ha reducido dos veces un Salimbeni. La gente dira que le teneis aprecio a nuestro acero.

Romeo miro a su oponente con una sonrisa burlona.

– Os recuerdo que, en vuestra familia, escasea el acero ultimamente -dijo poniendose en posicion de ataque-. De hecho, la gente anda demasiado entretenida hablando del crisol… vacio de vuestro padre para preocuparse de otras cosas.

El insolente comentario habria hecho que un espadachin menos experimentado se lanzase furioso sobre su adversario, olvidando que la rabia descentra y lo convierte a uno en blanco facil, pero Nino no era tan vulnerable. Comedido, acuso recibo tocando la punta de la espada de Romeo con la suya.

– Cierto -dijo rodeando a su oponente-, mi padre es lo bastante sabio para conocer sus limitaciones. Por eso me ha encomendado a la joven. Cuan grosero de vuestra parte diferir asi su disfrute. Se encuentra tras esta puerta, esperandome con labios humedos y mejillas sonrosadas.

Esta vez fue Romeo quien tuvo que contenerse, poniendo a prueba el acero de su rival con un leve toque y absorbiendo la vibracion en su mano.

– La dama de la que hablais es mi esposa -senalo-, y me animara con gritos de placer mientras os hago pedazos.

– ?Eso pensais? -Nino ataco, esperando en vano sorprenderlo-. Por lo que se, no es mas esposa vuestra que de mi padre, y pronto… -sonrio- no sera la de nadie, sino mi putita, que esperara ansiosa todo el dia a que acuda a entretenerla por las noches…

Romeo ataco a Nino y no le acerto por poco, pues este tuvo la prudencia de apartarse y esquivar el acero. No obstante, eso basto para interrumpir su conversacion y, durante un rato, no se oyo mas que el choque furioso de las espadas que los arrastraba a una danza mortal.

Aunque Romeo ya no era el agil espadachin de antes, sus tribulaciones le habian ensenado a resistir y, lo mas importante, lo habian llenado de un odio ciego que, bien canalizado, podia reemplazar sus aptitudes para la lucha. Asi, aunque Nino lo provocaba bailando a su lado, Romeo no pico el anzuelo y espero pacientemente su momento de venganza, momento que estaba seguro de que la Virgen le concederia.

– ?Cuan afortunado soy! -espeto Nino, tomando por fatiga la contencion de su rival-. Poder disfrutar de mis dos deportes favoritos en la misma noche… Decidme, ?que se siente?…

Romeo no necesito mas que un descuido momentaneo en la pose de Nino para lanzarse sobre el con asombrosa velocidad y clavarle la espada entre las costillas, atravesandole el corazon e inmovilizandolo, por un instante, contra la pared.

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