– ?Que se siente? -pregunto burlon ante su rostro atonito-. ?De veras quereis saberlo?

Dicho esto, extrajo asqueado el acero y observo como el cuerpo sin vida se deslizaba hasta el suelo, dejando en la pared una estela carmesi.

Desde la esquina, fray Lorenzo presencio estupefacto el breve duelo. La muerte le habia sobrevenido tan de pronto al joven Nino que su rostro no revelaba sino sorpresa; el fraile habria querido que aquel sinverguenza admitiese su derrota antes de expirar, siquiera por un instante, pero el cielo, mas clemente, habia puesto fin a su sufrimiento antes de que empezase.

Sin detenerse a limpiar la espada, Romeo paso sobre el cadaver para girar el pomo que Nino habia guardado con su vida. Al ver desaparecer a su amigo por la fatidica puerta, el fraile salio por fin de su escondite y, corriendo aprisa por el pasillo, siguio a Romeo a lo desconocido, con los hombres de Giannozza a remolque.

Al cruzar la puerta, el fraile se detuvo para acomodar la vista. No habia mas luz en la alcoba que el fulgor de unas ascuas en la chimenea y el debil brillo de las estrellas que se colaba por la ventana abierta; aun asi, Romeo habia ido directo al lecho a despertar a su amada durmiente.

– ?Giulietta, mi amor, despierta! -la insto, abrazandola y regandole de besos el palido rostro-. ?Hemos venido a salvarte!

Cuando la joven al fin se movio, el fraile vio en seguida que algo ocurria. La conocia lo bastante como para saber que se hallaba presa de una fuerza mayor que la de su amado.

– Romeo… -mascullo, intentando sonreir y acariciarle la cara-, ?me has encontrado!

– ?Vamos -la animo el, tratando de incorporarla-, debemos irnos antes de que vuelvan los guardias!

– Romeo… -Se le cerraban los ojos y la cabeza se le caia como una flor bajo el peso de la guadana-. Queria… -Habria seguido hablando, pero se le trabo la lengua. Romeo miro desesperado a fray Lorenzo.

– ?Ayudame! -le pidio a su amigo-, ?esta enferma! Tendremos que llevarla en brazos. -Al verlo dudar, Romeo siguio su mirada y vio el frasquito y el corcho sobre la mesilla de noche-. ?Que es eso? -pregunto con la voz ronca de miedo-. ?Veneno?

Fray Lorenzo se acerco corriendo a inspeccionar el frasquito.

– Era agua de rosas -dijo oliendo el frasco vacio-, pero tambien algo mas…

– ?Giulietta, tienes que despertar! -exclamo Romeo zarandeandola-. ?Que has bebido? ?Te han envenenado?

– Somnifero… -mascullo ella sin abrir los ojos-, para que pudieras despertarme…

– ?Virgen santa! -Fray Lorenzo ayudo a Romeo a incorporarla-. ?Giulietta! ?Despertad! ?Soy vuestro viejo amigo, Lorenzo!

Giulietta arrugo la frente y logro abrir los ojos. Solo entonces, al ver al fraile y a todos aquellos extranos alrededor de su cama, parecio entender que no habia muerto, que aun no estaba en el paraiso. Consciente de eso, se espanto y el panico le desfiguro el rostro.

– ?Ay, no puede ser! -susurro, agarrandose a Romeo con la fuerza que le quedaba-. Mi amor…?estas vivo! Estas…

Empezo a toser y una serie de violentos espasmos se apodero de su cuerpo; fray Lorenzo observo que le latia el pulso como si fueran a reventarle las venas. Sin saber que hacer, procuraron mitigar sus dolores y serenarla, y siguieron sosteniendola aun cuando empezo a sudar profusamente y, convulsa, volvio a desplomarse sobre la cama.

– ?Ayuda! -grito Romeo a los hombres que rodeaban el lecho-. ?Se esta ahogando!

Pero los soldados de Giannozza estaban entrenados para quitar la vida, no para nutrirla, y miraban inmoviles como el marido y el amigo de la infancia intentaban salvar a la mujer amada. Aun siendo extranos, tan absortos estaban en la tragedia que tenia lugar ante sus ojos que no repararon en la llegada de los guardias de Salimbeni hasta que estos estuvieron junto a la puerta y no hubo escapatoria posible.

Fue un grito de horror procedente del pasillo lo que los alerto del peligro. Alguno habia visto al joven senor desparramado sobre su propia sangre. Cuando los guardias de Salimbeni inundaron la estancia, los hombres de Giannozza pudieron por fin desenvainar sus armas.

En una situacion tan desesperada, la unica esperanza de salvacion era no tener ninguna. Sabiendose ya muertos, los soldados de Giannozza se arrojaron sobre los guardias de Salimbeni con intrepido impetu y los redujeron sin piedad, sin detenerse siquiera a comprobar si habian acabado con uno antes de pasar al siguiente. El unico hombre armado que no se volvio a luchar fue Romeo, incapaz de soltar a Giulietta.

Por un tiempo, los hombres de Giannozza fueron capaces de defender su posicion y matar a todos los enemigos que entraban en la alcoba. La puerta era demasiado estrecha para que pasara mas de uno y, en cuanto entraban, se encontraban de golpe con siete espadas a manos de hombres que no habian pasado la noche hartandose de vino. En un espacio reducido como aquel, unos cuantos hombres resueltos no estaban tan indefensos frente a centenares de adversarios como en campo abierto; mientras llegaran de uno en uno, el numero carecia de importancia.

Sin embargo, no todos los guardias de Salimbeni eran imbeciles; cuando los soldados de Giannozza empezaban a albergar la esperanza de sobrevivir a esa noche, se oyo un fuerte estrepito procedente del fondo de la estancia y, al volverse, vieron que se abria una puerta secreta y un torrente de guardias entraban por ella. Atacados por delante y por detras, los hombres pronto se vieron desbordados. Uno a uno, los soldados de Giannozza cayeron derrotados -moribundos unos, muertos otros- a medida que la alcoba se inundaba de guardias.

Ni siquiera entonces, perdidas todas las esperanzas, Romeo se dispuso a luchar.

– ?Mirame! -insto a Giulietta, mas preocupado por revivirla que por defenderse-, ?mirame!… -Pero una lanza arrojada desde el otro lado de la alcoba le acerto en plena espalda, y Romeo se desplomo en la cama sin mas, resistiendose, aun muerto, a dejar a Giulietta.

Al desmoronarse su cuerpo sin vida se le cayo de la mano el sello del aguila, y el fraile entendio que la ultima voluntad de Romeo habia sido devolver el anillo al dedo de Giulietta, donde debia estar. Sin pensarlo, cogio el objeto sagrado de la cama -por que no lo confiscaran unos hombres que jamas respetarian su destino-, pero, antes de que pudiese ponerselo a la joven, unas manos fuertes lo apartaron de ella.

– ?Que ha pasado aqui, fraile parlanchin? -quiso saber el capitan de los guardias-. ?Quien es ese hombre y por que ha matado a la senora Giulietta?

– Ese hombre -replico fray Lorenzo, demasiado paralizado por la conmocion y el dolor para atemorizarse- era su verdadero marido.

– ?Su marido? -El capitan cogio al fraile por la capucha del habito y lo zarandeo-. ?No sois mas que un fraile apestoso! Pero… -sonrio ensenando los dientes- eso tiene facil arreglo.

El maestro Ambrogio lo vio con sus propios ojos. El carro llego de Rocca di Tentennano ya de noche -cuando el pasaba por el palazzo Salimbeni-, y los guardias del tirano no dudaron en soltar el infeliz cargamento a los pies de su senor, en los escalones de entrada a su casa.

Primero fue fray Lorenzo, atado, con los ojos vendados y casi incapaz de bajar del carro por si mismo. A juzgar por la crueldad con que los guardias lo arrastraron hasta el edificio, lo llevaban directo a la camara de tortura. Luego procedieron a descargar los cuerpos de Romeo, Giulietta y Nino… envueltos en la misma sabana ensangrentada.

Se dijo despues que Salimbeni no se habia inmutado al ver el cuerpo sin vida de su hijo, pero al maestro no lo engano el gesto inflexible del hombre al contemplar su propia tragedia. Ese habia sido fruto de sus tejemanejes: Dios lo castigaba presentandole a su hijo cual cordero descuartizado, banado en la sangre de las dos personas que el mismo se habia encargado de separar y aniquilar contra la voluntad divina. Sin duda entonces Salimbeni supo que se hallaba ya en el infierno y que, por lejos que fuese y mucho que viviera, sus demonios irian siempre con el.

Cuando Ambrogio volvio al taller esa noche, sabia que los guardias de Salimbeni podian llamar a su puerta en cualquier instante. Si eran ciertos los rumores sobre sus metodos de tortura, el pobre fray Lorenzo soltaria todo cuanto sabia -amen de un buen monton de invenciones y exageraciones- antes de medianoche.

?Se atreverian a ir tambien a por el?, se pregunto. A fin de cuentas, era un famoso artista al que recurrian muchos nobles. No podia saberlo. Solo una cosa era segura: si huia y se escondia, daria a entender que era culpable y -una vez fugado- no podria regresar a la ciudad que amaba mas que a cualquier otra.

Asi pues, busco por el taller lo que pudiera incriminarlo, como el retrato de Giulietta y su diario, que estaba sobre la mesa y, tras anadir un ultimo parrafo -unas lineas desordenadas sobre lo que habia visto esa noche-, cogio ambos objetos, los envolvio en un pano, los metio en una caja hermetica y la escondio en un hueco secreto de la pared donde nadie los encontraria jamas.

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