Janice hizo una mueca, pero ninguna de las dos nos atrevimos a movernos un centimetro, ni siquiera a susurrar, agazapadas en el rincon como bribonas de libro. Por suerte para nosotras, el chaval andaba demasiado absorto en su travesura para prestar atencion a nada mas. Cuando estuvo seguro de que su abuela no lo veia, se empino, descolgo un estoque y adopto un par de posturas de ataque que no estaban nada mal. Tan ensimismado estaba en su ilicito empeno que no oyo que alguien entraba en la sala hasta que ya era demasiado tarde.
– ?No, no, no! -lo reprendio Alessandro, cruzando la estancia para quitarle el estoque. Sin embargo, en lugar de volver a colgar el arma de la pared como habria hecho cualquier adulto responsable, le enseno al nino la postura correcta y luego le devolvio el estoque-.
El chaval blandio el arma con soltura hasta que, al final, Alessandro cogio otro estoque de la pared y los dos se enzarzaron en una «lucha» que termino con el grito furioso de una mujer:
– Enrico! Dove sei?
Al cabo de un segundo, las armas estaban en su sitio y, cuando la abuela aparecio por la puerta, Alessandro y el nino la esperaban, inocentes, con las manos a la espalda.
– ?Ah! -exclamo la mujer, encantada de ver a Alessandro, y le beso las mejillas-. ?Romeo!
Dijo mucho mas que eso, pero no lo oi. Si Janice y yo no hubiesemos estado tan juntas, probablemente me habria desplomado, porque de pronto me fallaron las piernas.
Alessandro era Romeo.
Pues claro. ?Como no habia caido? ?No era ese el museo del Aguila? ?No habia visto ya la verdad en los ojos de Malena… y en los de el?
– ?Ostras, Jules, al loro! -me dijo Janice por senas.
Pero eso ya me daba igual. Todo cuanto creia saber de Alessandro paso por delante de mis ojos como los numeros de una ruleta, y supe que, en una sola conversacion con el, habia apostado todo mi haber al color equivocado.
No era Paris, no era un Salimbeni, ni siquiera era Nino. Siempre habia sido Romeo. No el juerguista seductor del sombrero de elfo, sino el Romeo exiliado al que los chismorreos y las supersticiones habian desterrado hacia tiempo y que habia dedicado su vida a ser otra persona. Segun el mismo me habia dicho, Romeo era su rival. Romeo tenia las manos malditas y la gente preferia creerlo muerto. Romeo no era quien yo creia; nunca me rondaria con versos rimados. Claro que Romeo tambien era el hombre que visitaba el taller del maestro Lippi por las noches para tomarse un vaso de vino y contemplar el retrato de Giulietta Tolomei. Eso, para mi, valia mucho mas que la mas exquisita poesia.
Aun asi, ?por que no me habia contado la verdad? Yo le habia preguntado por Romeo una y otra vez, pero todas y cada una ellas me habia respondido como si se tratase de otro, alguien a quien no me conviniera conocer en absoluto.
De pronto recorde cuando me habia ensenado la bala que llevaba colgada del cuello y cuando Peppo, postrado en la cama del hospital, me habia dicho que Romeo habia muerto. Recorde tambien el gesto de Alessandro cuando Peppo comento que Romeo era un hijo bastardo. Solo entonces entendi su rabia hacia la familia Tolomei, que, ignorando su verdadera identidad, se habian complacido en tratarlo como a un Salimbeni y, por tanto, como a un enemigo. Igual que lo habia hecho yo.
Cuando, al fin, salieron todos de alli -la abuela y Enrico en una direccion, Alessandro en la otra-, Janice me cogio por los hombros, con los ojos encendidos.
– ?Quieres calmarte de una vez?
Pero eso era pedir demasiado.
– ?Romeo! -proteste, llevandome las manos a la cabeza-, ?como puede ser Romeo? ?Mira que soy imbecil!
– Si, pero eso no es ninguna novedad. -Janice no estaba de humor para ser simpatica-. No sabemos si es Romeo.
Trague saliva un par de veces.
– No me encuentro muy bien.
– Venga, larguemonos de aqui. -Janice me cogio de la mano y tiro de mi, pensando que nos llevaba hacia la entrada principal del museo.
En cambio, fuimos a parar a una parte de la exposicion que todavia no habiamos visto, una sala de luz muy tenue, con las paredes forradas de
– ?Que habra ahi abajo? -me susurro Janice, asomandose.
– ?Olvidalo! -le espete, recobrando un poco el animo-. ?No nos vamos a quedar atrapadas en alguna mazmorra!
No obstante, la diosa Fortuna preferia sin duda la audacia de Janice a mi canguelo, porque, al poco, volvimos a oir voces -en apariencia, procedentes de todas las direcciones- y casi rodamos por la escalera en nuestro afan de ocultarnos. Jadeando de miedo, nos agazapamos al fondo; las voces se acercaron y los pasos se detuvieron justo encima de nosotras.
– ?Ay, Dios, es el! -le susurre a Janice antes de que me tapara la boca con la mano.
Nos miramos con los ojos como platos. En ese instante, acurrucadas como estabamos en el sotano de Alessandro, ni siquiera a Janice parecia apetecerle la perspectiva de un encuentro.
Justo entonces se encendieron las luces a nuestro alrededor y vimos que Alessandro empezaba a bajar la escalera, luego se detenia.
– Ciao, Alessio, come stai?… -lo oimos saludar a alguien.
Janice y yo nos miramos, conscientes de que nuestra humillacion se habia pospuesto, aunque solo fuese unos minutos.
Al mirar histericas alrededor en busca de opciones, descubrimos que estabamos verdaderamente atrapadas en aquel callejon sin salida subterraneo, como yo habia predicho. Aparte de los tres orificios cavernosos de la pared - las oscuras bocas de lo que, sin duda, eran los
Pero un Tolomei nunca se rinde. Horrorizadas ante la idea de quedarnos alli atrapadas, nos levantamos y empezamos a inspeccionar las rejas con dedos temblorosos: yo, emperrada en ver si podriamos colarnos por alli a la fuerza; Janice, palpando con pericia cierres y bisagras, resistiendose a creer que aquello no pudiera abrirse. Para ella, todas las paredes tenian puertas y estas, llave; en definitiva, todos los entuertos tenian remedio. Solo habia que encontrarlo.
– ?Pst! -Me hizo una sena nerviosa para demostrarme que, en efecto, la tercera reja se abria, como una puerta y sin rechinar-. ?Vamos!
Nos adentramos en el pasadizo tanto como nos lo permitieron las luces, luego avanzamos algunos metros mas a tientas, en la mas absoluta oscuridad, hasta que nos detuvimos.
– Si tuvieramos una linterna… -senalo Janice-. ?Joder! -Casi nos abrimos la cabeza la una a la otra cuando, de pronto, un rayo de luz ilumino el pasadizo hasta apenas unos metros de donde estabamos y despues se retrajo, como la resaca de las olas en el mar.
Escarmentadas, nos adentramos un poco mas, hasta que topamos con algo que parecia un nicho lo bastante grande para que cupieramos las dos.
– ?Viene? ?Viene? -me susurro Janice, que no veia porque yo la tapaba-. ?Es el?
Asome la cabeza y volvi a esconderla en seguida. -?Si, si y si!
Resultaba dificil ver otra cosa mas que la luz de la linterna bamboleandose de un lado a otro, pero, de repente, todo se estabilizo y me atrevi a mirar de nuevo. Efectivamente era Alessandro -o mejor deberia decir Romeo- y, al parecer, se habia parado a abrir una puerteara en la pared de la cueva, sosteniendo con fuerza la linterna bajo el brazo.
– ?Que hace? -quiso saber Janice.
– Parece una especie de caja fuerte… Esta sacando algo. Una caja. Mi hermana, histerica, me dio un zarpazo. -?Tal vez sea el
– No, es pequena. Como una caja de puros. -?Lo sabia! Es fumador.
