– Confia en mi -dijo Janice, guinandome un ojo para animarme.

A pesar de sus defectos, mi hermana siempre habia sido muy perseverante, y ella sola se hizo mas de una hora de guardia, mientras yo me agazapaba en un banco al fondo del local, muerta de verguenza de que alguien pudiera vernos.

De pronto, Janice tiro de mi para que me levantara. No dijo nada; no hizo falta. Al mirar por la puerta de cristal, vimos a Alessandro cruzar a pie la piazza Salimbeni y seguir por el Corso.

– ?Va al centro! -observo Janice-. ?Lo sabia! Los tios como el no viven en las afueras. O a lo mejor… -me puso ojitos- va a ver a su amante. -Estiramos el cuello para ver mejor, pero Alessandro se habia evaporado-. ?Mierda!

Salimos disparadas de la heladeria y echamos a correr por la calle lo mas discretamente posible, procurando no llamar mucho la atencion, algo casi imposible en compania de Janice.

– ?Espera! -la cogi del brazo para frenarla-. ?Ya lo veo! Esta ahi… ?Huy!

En ese preciso momento, Alessandro se detuvo y tuvimos que escondernos en un portal.

– ?Que hace? -susurre, demasiado asustada para averiguarlo por mi misma.

– Esta hablando con un tio -contesto Janice, asomandose-. Un tio con una bandera amarilla. ?De que va el rollo este de las banderas? Aqui todo el mundo tiene una-Al poco reanudamos la persecucion y, ocultandonos entre escaparates y portales, seguimos a nuestra presa por toda la calle y cruzamos el Campo en direccion a la piazza Postierla. Ya se habia detenido varias veces para saludar a alguien a su paso, pero, a medida que aumentaba la pendiente de la calle, crecia tambien el numero de amistades que se cruzaban en su camino.

– ?Madre mia! -exclamo Janice cuando Alessandro paro a hacerle cucamonas a un bebe en una sillita-. ?Que pasa con ese tio?, ?que va para alcalde o que?

– Se llama relacionarse con otros seres humanos -murmure-. Deberias probarlo.

Janice puso los ojos en blanco.

– ?Vaya, hablo la sociable!

Buscaba una replica ingeniosa cuando nos dimos cuenta de que nuestro blanco habia desaparecido.

– ?Ay, no! -exclamo Janice-. ?Donde se ha metido?

Corrimos a donde lo habiamos visto por ultima vez -casi enfrente del local de Luigi- y alli descubrimos la entrada a la callejuela mas oscura de toda Siena.

– ?Lo ves? -le susurre a Janice escondiendome detras de ella.

– No, pero no ha podido ir a otro sitio. -Me cogio de la mano y tiro de mi-. ?Vamos!

Mientras recorriamos el pasaje de puntillas, no pude evitar reirme como una boba. Alli estabamos las dos, curioseando de la mano como cuando eramos ninas. Janice me miro muy seria, preocupada por el ruido, pero, cuando vio mi cara risuena, se ablando y empezo a reir tambien.

– ?No puedo creer que estemos haciendo esto! -le susurre-. ?Que verguenza!

– ?Chis! -me espeto furiosa-. No creo que este sea un buen barrio. -Senalo el grafiti de una de las paredes-. ?Que esgalleggiante? Suena a palabrota. ?Y que cono paso en el 92?

Al fondo, el callejon doblaba a la derecha; nos paramos un instante en la esquina, escuchando los pasos que se extinguian. Janice incluso asomo la cabeza para evaluar la situacion, pero la oculto de inmediato.

– ?Te ha visto? -le susurre.

Janice respiro profundamente.

– ?Ven! -Me cogio del brazo y me hizo doblar la esquina sin darme tiempo a rechistar.

Por suerte, Alessandro ya no estaba y pudimos avanzar en sigiloso nerviosismo hasta que vimos, de pronto, a un grupo de personas que cuidaban de un caballo al fondo del angosto callejon.

– ?Para! -La eche contra la pared con la esperanza de que nadie nos hubiera visto-. Esto no me gusta. Esos tios…

– Pero ?que haces? -Se se aparto de la pared y enfilo el callejon hacia el caballo y sus cuidadores.

Al ver que, por fortuna, Alessandro no estaba entre ellos, corri tras ella, tirandole del brazo para detenerla.

– ?Estas loca? -le dije furiosa-. Ese caballo debe de ser para el Palio y a esos tios no les va a hacer gracia que unas guiris los anden espiando…

– Yo no soy guiri, soy periodista -repuso, se zafo de mi y siguio caminando.

– ?No! ?Jan! ?Espera!

Al verla acercarse a los hombres que custodiaban el caballo me invadio una mezcla de admiracion y deseos de matarla. La ultima vez que me habia sentido asi habia sido en el instituto, cuando se le habia ocurrido llamar a un chico de clase porque yo habia dicho que me gustaba.

En ese instante, alguien abrio unas contraventanas encima de nosotras y, al ver que era Alessandro, me pegue en seguida a la pared y arrastre a Janice conmigo, desesperada por que no nos viese husmeando por el barrio como adolescentes enamoradizas.

– ?No mires! -le susurre, aun conmocionada-. Creo que vive ahi arriba, en el tercero. Mision cumplida. Caso cerrado. Hora de largarse.

– ?Como que «mision cumplida»? -Se echo hacia atras y miro a la ventana de Alessandro con los ojos brillantes-. Hemos venido a averiguar que se trae entre manos. No podemos irnos. -Probo la puerta de al lado y, al ver que se abria sin problemas, meneo las cejas y entro-. ?Vamos!

– ?Estas grillada? -Mire nerviosa a los hombres que nos observaban fijamente, que debian de estar preguntandose que haciamos-. ?No pienso entrar en ese edificio! ?Vive ahi!

– Por mi, genial -replico encogiendose de hombros-. Quedate aqui con ellos, no creo que les importe.

Resulto que no estabamos en una escalera. Mientras avanzaba en la penumbra detras de Janice, habia temido que me llevara a la carrera hasta el tercero, decidida a irrumpir en el piso de Alessandro y acribillarlo a preguntas, pero, cuando vi que no habia escaleras, empece a relajarme.

Al final del largo pasillo habia una puerta entreabierta y nos asomamos a ver que habia al otro lado.

– ?Banderas! -espeto Janice, visiblemente decepcionada-. Mas banderas. Me parece que a alguien le obsesiona el amarillo por aqui. Y los pajaros.

– Es un museo -dije al ver algunoscencios colgados de las paredes-. Un museo de contrada, como el de Peppo. Me pregunto…

– Genial -repuso Janice, empujando la puerta sin que me diera tiempo a rechistar-, echemos un vistazo. Siempre te han gustado las chatarras polvorientas.

– ?No! ?Por favor, no…! -Trate de retenerla, pero se zafo y entro decidida en la sala-. ?Vuelve aqui! ?Jan!

– ?Que clase de hombre vive en un museo? -mascullo, echando un vistazo a los objetos alli expuestos-. ?Que grima!

– «En», no -la corregi-, «encima de». Ademas, tampoco tiene momias aqui metidas.

– ?Como lo sabes? -Le levanto la visera a una armadura para curiosear-. A lo mejor tiene momias de caballo. Tal vez es aqui donde celebran esos rituales secretos con los que convocan a los espiritus de los muertos.

– Si. -La mire furiosa-. Gracias por llegar al fondo del asunto cuando tuviste ocasion.

– ?Eh! -Casi me hizo un corte de mangas-. ?Que Peppo no sabia mas ?vale?!

Durante cosa de un minuto la vi pasearse de puntillas por la exposicion, fingiendose interesada. Las dos sabiamos que lo hacia solo por fastidiarme.

– Bueno -le susurre al fin-, ?has terminado de ver banderas? -En vez de contestar, entro en otra sala y me dejo alli sola, medio escondida.

Tarde un rato en encontrarla; estaba curioseando en una capilla diminuta con velas encendidas en el altar y magnificas pinturas al oleo en las paredes.

– ?Vaya! -exclamo cuando por fin nos encontramos-. ?Que te pareceria esto como salon? ?Que se hace en un sitio asi? ?Examinar entranas?

– ?Espero que sean las tuyas! ?Te importa si nos vamos?

Pero antes de que pudiese responderme alguna groseria, oimos pasos. Casi chocandonos, presas del panico, salimos de la capilla a toda prisa, buscando un escondite en la otra sala.

– ?Aqui! -Arrastre a Janice a un rincon, tras una vitrina llena de gorros de equitacion deslustrados y, al cabo de cinco segundos, paso por nuestro lado una anciana cargada de panos amarillos muy bien doblados. La seguia un nino de unos ocho anos, cenudo, con las manos en los bolsillos. La mujer cruzo la habitacion sin detenerse; el nino se quedo a tres metros de nuestro escondite, contemplando las espadas antiguas de la pared.

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