Observe a Alessandro cerrar la caja fuerte y volver al museo con la cajita. Poco despues se cerro la reja metalica con un fuerte sonido que resono por el pasadizo -y en nuestros oidos- mas tiempo del deseado.

– ?Ay, no! -exclamo Janice.

– ?No me digas que…? -Me volvi hacia ella, esperando que me tranquilizara, pero aun en la oscuridad pude ver su cara de panico.

– Ya me extranaba a mi que no estuviese cerrada… -dijo, defensiva.

– Pero eso no te ha impedido bajar, ?no? -espete-. ?Y ahora estamos atrapadas!

– ?Donde esta tu espiritu aventurero? -Janice tenia por costumbre disfrazar de virtud la necesidad-. Esto es genial. Siempre me ha llamado la atencion la espeleologia. Por algo sera. -Me miro bromeando para aliviar su inquietud-.?O guiza Biulieda breberiria gue da resgadase Drobeo?

Umberto nos habia descrito una vez las catacumbas romanas, despues de que pasamos la tarde preguntandole a tia Rose por que no podiamos ir a Italia y bombardeandola con consultas sobre dicho pais. Tras darnos un pano de cocina a cada una para que lo ayudaramos a secar los platos que el lavaba, nos habia explicado que los primeros cristianos se reunian en galerias subterraneas para celebrar la eucaristia donde nadie pudiera verlos ni informar de sus actividades al emperador pagano. Ademas, aquellos primeros cristianos, contrarios a la tradicion romana de la incineracion, envolvian a sus muertos en sudarios, los bajaban a las galerias, los depositaban en nichos abiertos en la roca y celebraban ritos funerarios anclados en la esperanza de otra vida.

Si nos empenabamos en ir a Italia, concluia Umberto, el mismo se encargaria de bajarnos a las catacumbas y ensenarnos aquellos interesantes esqueletos.

Mientras recorriamos a tientas los pasadizos, encabezando por turnos la procesion, recorde las fantasmales historias de Umberto. Como los protagonistas de su relato, nos moviamos furtivamente por el subsuelo para evitar que nos localizaran, e igual que los primeros cristianos tampoco sabiamos cuando ni donde saldriamos a la superficie, si es que lo haciamos.

Nos vino bien el mechero del cigarrillo de la semana de Janice; cada veinte pasos o asi, parabamos y lo encendiamos unos segundos, solo por asegurarnos de que no caiamos en un pozo sin fondo o -como dijo Janice lloriqueando cuando la pared del pasadizo se volvio pringosa- nos estampabamos contra una inmensa telarana.

– Las aranas son la menor de nuestras preocupaciones -espete, robandole el mechero-. No lo gastes. Quiza debamos pasar la noche aqui abajo.

Caminamos en silencio un buen rato -yo, delante; Janice, detras, murmurando algo de que a las aranas les gustaba la humedad-, hasta que tropece con una roca, cai al suelo desigual y me hice tanto dano en las rodillas y las munecas que me habria echado a llorar de no haberme agobiado mas comprobar que el mechero estuviera intacto.

– ?Estas bien? -pregunto Janice, aterrada-. ?Puedes andar? Yo no puedo contigo.

– ?Estoy bien! -gruni, oliendo la sangre en mis dedos-. Te toca ir delante. Toma… -Le di el mechero, nerviosa-. Rompete una pierna.

Mientras ella iba delante, pude rezagarme y mirarme las heridas -fisicas y mentales-, al tiempo que nos adentrabamos aun mas en lo desconocido. Tenia las rodillas mas o menos destrozadas, aunque nada comparable al caos en que se encontraba mi alma.

– ?Jan? -Le di un toquecito en la espalda-. ?Tu crees que no me dijo que era Romeo porque queria que me enamorara de el por quien es, no por su nombre?

Su bufido no me extrano.

– Vale… -prosegui-, no me dijo que era Romeo porque lo unico que le faltaba era que una pesadavirgetariana lo delatara…

– ?Jules! -Janice estaba tan concentrada en avanzar por la peligrosa oscuridad que apenas le quedaba paciencia para mis figuraciones-. ?Deja de torturarte! ?Y de torturarme a mi! Ni siquiera sabemos si es Romeo. Ademas, aunque lo fuera, lo voy a despellejar por tratarte asi.

A pesar de su tono airado, volvio a asombrarme que se preocupara de ese modo por mi, y comence a preguntarme si seria algo nuevo o quiza algo en lo que yo no habia reparado antes.

– El caso es que el nunca me ha dicho que fuese un Salimbeni -prosegui-. Ha sido cosamia… ?Oh! -A punto estuve de volver a caerme, y me agarre a Janice para recobrar el equilibrio.

– A ver si lo adivino… -dijo encendiendo el mechero para que pudiera verla arquear las cejas-. ?A que tampoco te ha dicho nunca que tuviese nada que ver con el robo del museo?

– ?Ese fue Bruno Carrera! -exclame-. ?Que trabajaba para Umberto!

– Ah, no, cielo -replico, imitando fatal a Alessandro-, yo no robe elcencio de Romeo. ?Por que iba a hacerlo? Para mi no es mas que un trapo viejo. Pero… deja que te guarde ese cuchillo, no te vayas a hacer dano. ?Como has dicho que se llama?… ?Daga?

– No, no fue asi -murmure.

– ?Te ha mentido vilmente, bonita! -Apago por fin el mechero y reanudo la marcha-. Cuanto antes te entre en la cabecita, mejor. Creeme, Jules, ese tio no siente nada de nada por ti. Solo esta haciendo teatro para llevarse… ?Ah! -A juzgar por como habia sonado, se habia dado un cabezazo contra algo, asi que volvimos a parar-. ?Que ha sido eso? -Para comprobarlo, encendio el mechero, despues de tres o cuatro intentos.

Asi, descubrio que yo estaba llorando. Sorprendida por lo inusual de la escena, me abrazo con una torpe ternura.

– Lo siento, Jules. Solo intentaba ahorrarte un disgusto.

– Pensaba que no tenias corazon.

– Huy… -me pellizco-, ?y tu has empezado a usarlo ahora! Una pena, la verdad, molabas mas antes. - Manoseandome la barbilla con una mano pringosa que aun olia a moca y vainilla, al final consiguio hacerme reir, y siguio, derrochando generosidad-. De todas formas, es culpa mia. Deberia haberlo visto venir. ?Conduce un maldito Alfa Romeo, joder!

De no haber parado alli mismo, con el ultimo destello debil del mechero moribundo, posiblemente jamas habriamos reparado en que el muro de la gruta se abria a nuestra izquierda. Apenas tenia medio metro de ancho, pero, por lo que vi al arrodillarme y asomar la cabeza, ascendia al menos diez metros -como el conducto de ventilacion de una piramide- y terminaba en un trozo de cielo azul en forma de concha. Incluso me parecio oir el trafico de la superficie.

– ?Vaya, esto va pintando mejor! -exclamo Janice-. Tu primero. Edad antes que belleza.

La angustia de recorrer el tunel a ciegas no fue nada comparada con la claustrofobia que senti al reptar por aquel pozo estrecho y el tormento de ir raspandome las rodillas y los codos. Cada vez que conseguia subir quince centimetros, con gran esfuerzo, ayudandome de los dedos de los pies y de las manos, resbalaba otro tanto.

– ?Vamos! -me insto Janice, pegada a mi-. ?Muevete!

– ?Por que no te has puesto delante? -replique-. Tu eres la superescaladora.

– Toma… -Puso una mano bajo mi sandalia de tacon-. Apoyate aqui.

Tras un ascenso lento y angustioso, logramos llegar al final del pozo y, aunque se ensanchaba bastante en la parte superior -permitiendo que Janice trepase a mi lado-, no dejaba de ser un lugar asqueroso.

– ?Puaj! -dijo al ver toda la porqueria que la gente habia tirado por la reja-. ?Que asco! ?Eso es… una hamburguesa con queso?

– ?Donde ves tu el queso?

– ?Ay, mira! -Cogio algo-. ?Un movil! Espera… Lastima, no le queda bateria.

– Si has terminado ya de revolver en la basura, ?te importa que sigamos?

Nos abrimos paso por un revoltijo de indescriptible repugnancia hasta llegar a la original tapa vertical de la alcantarilla que nos separaba de la superficie.

– ?Donde estamos? -pego la nariz a la reja de bronce y las dos miramos las piernas y los pies de los peatones-. Es una especie depiazza, pero enorme.

– ?Madre mia! -exclame, cayendo en la cuenta de que yo habia visto ese lugar antes, muchas veces, pero desde angulos muy distintos-. Se donde estamos. En el Campo. -Empuje la tapa de la alcantarilla-. ?Ah! Esta muy dura.

– ?Hola? ?Hola? -Se estiro para ver mejor-. ?Alguien me oye? ?Hay alguien ahi?

Al poco aparecio una adolescente alucinada, con un cucurucho de helado en la mano y los labios verdes, y se agacho para vernos.

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