No, no basta con un nombre para decir quien soy. Mi nombre -cielo mio- yo mismo lo detesto.

Cuando Lippi dejo de leer, nos quedamos en silencio. En principio, habia sacado el texto italiano para librarme del tema Alessandro-Romeo pero, de haberlo sabido tan lugubre, lo habria dejado en mi bolso.

– Pobre fray Lorenzo -dijo Janice, apurando su vaso de vino-, no tuvo un buen final.

– Siempre he pensado que Shakespeare fue muy clemente con el -observe por aligerar el ambiente-. En su obra se pasea como si nada por el cementerio, sembrado de cadaveres, incluso reconoce estar tras la cagada del somnifero…, y ya esta. Los Capuleto y los Montesco podrian haber intentado culparlo al menos.

– Tal vez lo hicieron despues -repuso Janice-. «Unos seran perdonados, otros tendran su castigo.» Parece que la historia no terminaba porque cayese el telon…

– Obviamente, no -dije mirando de reojo el texto que Lippi acababa de leernos-. Ademas, segun mama, aun no ha terminado.

– Esto es muy inquietante -senalo el maestro, aun cenudo por las maldades del anciano Salimbeni-. Si es cierto que fray Lorenzo escribio esa maldicion, con esas mismas palabras, perduraria, en teoria, para siempre, hasta que… -miro el texto para repetir las palabras exactas- «redimais vuestros pecados y os arrodilleis ante la Virgen… y Giulietta despierte para contemplar a su Romeo».

– Vale -dijo Janice, no muy dada a las supersticiones-, tengo dos preguntas: ?a quien se refiere ese «redimais»?…

– Esta claro -la interrumpi-, teniendo en cuenta que maldice a las dos familias. Habla de los Salimbeni y los Tolomei, que estaban alli, en el sotano, torturandolo. Y, como tu y yo, somos de la familia Tolomei, tambien estamos malditas.

– Pero ?que estas diciendo? -espeto Janice-. ?De la familia Tolomei! ?Que importara el nombre?

– No es solo un nombre -repuse-. Son los genes y el nombre. Mama tenia los genes, papa tenia el nombre. No tenemos escapatoria.

A Janice no le entusiasmo mi razonamiento, pero que le iba a hacer.

– Muy bien, perfecto -suspiro-, Shakespeare se equivocaba. Esta Mercucio, que moria por culpa de Romeo y maldecia a su familia y a la de Tebaldo; la maldicion venia de fray Lorenzo. Genial. Pero tengo otra pregunta, y es la siguiente: si te crees lo de la maldicion, ?entonces, que? ?Como va a haber alguien tan bobo que crea que puede pararla? No se trata de arrepentimiento, sino de un maldito «redimais vuestros pecados». ?Como? ?Desenterramos a Salimbeni, le hacemos cambiar de opinion y… lo llevamos a rastras a la catedral para que se arrodille ante el altar o que? ?Por favooor! -Nos miro beligerante, como si el maestro y yo fuesemos quienes la hubieramos metido en ese lio-. ?Por que no volvemos a casa y dejamos la condenada maldicion en Italia? ?Que nos importa?

– A mama le importaba -dije sin mas-. Esto es lo que pretendia: sacarlo a relucir y acabar con la maldicion. Tenemos que hacerlo nosotras, se lo debemos.

– Permiteme que me repita: si acaso, le debemos seguir con vida -senalo Janice apuntandome con una ramita de romero.

Me toque el crucifijo que llevaba colgado del cuello.

– A eso me refiero precisamente. Si queremos seguir viviendo tan felices, segun mama, tenemos que acabar con la maldicion. Tu y yo, Giannozza. Nadie mas puede hacerlo.

Por el modo en que me miro, tuve claro que se habia dado cuenta de que yo tenia razon o, por lo menos, mi teoria le resultaba convincente. Aunque no le gustara.

– Todo esto es absurdo -dijo-, pero, vale, supongamos por un momento que de verdad existe esa maldicion y que, si no acabamos con ella, nos va a matar, como mato a papa y a mama. La pregunta sigue siendo como. ?Como acabamos con ella?

Mire al maestro. Habia estado inusualmente atento toda la noche -y seguia estandolo-, pero ni siquiera el sabia la respuesta a la pregunta de Janice.

– No lo se -confeso-, pero creo que la estatua dorada desempena un papel importante. Y quiza la daga y elcencio tambien, aunque no veo como.

– ?Ah, bueno! -exclamo Janice, muy indignada-, ?entonces ya esta todo arreglado!… Salvo porque no tenemos ni idea de donde esta la estatua. La historia solo cuenta que Salimbeni les hizo una «tumba santa» y que «aposto guardias en la capilla»… ?podria estar en cualquier parte! Asi que… no sabemos donde esta la estatua, ?y tu has perdido la daga y elcencio!Me asombra que aun tengas el crucifijo, pero imagino que es porque no vale para nada.

Mire al maestro Lippi.

– El libro que usted tenia, el que hablaba de «los ojos de Julieta» y de la tumba…, ?seguro que no decia nada de donde esta? Cuando hablamos de ello, me dijo que le preguntase a Romeo.

– ?Y se lo has preguntado?

– ?No! ?Claro que no! -Me senti furiosa de pronto, aunque sabia que no tenia motivos para culpar al pintor de mi ceguera-. No he sabido que era Romeo hasta esta tarde.

– ?Por que no se lo preguntas la proxima vez que lo veas? -me propuso el maestro, como si fuese de lo mas normal.

Era ya medianoche cuando Janice y yo volvimos al hotel. En cuanto pisamos el vestibulo, el director Rossini aparecio de detras del mostrador y me entrego una pila de notas dobladas.

– El capitan Santini la ha llamado a las cinco de esta tarde -me comunico, culpandome sin duda de no haber estado en mi habitacion esperando a que me llamase-. Y muchas veces desde entonces. La ultima ha sido… -miro el reloj de la pared- hace diecisiete minutos.

Mientras subiamos en silencio, vi que Janice miraba furiosa los mensajes de Alessandro, prueba de su interes por mi paradero. Me prepare para el inevitable nuevo capitulo de la discusion pendiente sobre su caracter y sus razones, pero, en cuanto entramos en la habitacion, nos recibio una inesperada corriente de aire procedente del balcon, que se habia abierto solo sin indicios inmediatos de que nadie lo hubiese forzado. Aun asi aprensiva, en seguida comprobe que no faltaba ningun documento del cofre de mama; lo habiamos dejado alli mismo, encima del escritorio, porque estabamos convencidas de que no contenia ningun mapa del tesoro.

– «Por favor, llamame…» -canturreo Janice, repasando los mensajes de Alessandro uno por uno-. «Por favor, llamame. ?Tienes planes para esta noche? ?Estas bien? Lo siento. Llamame, por favor. Por cierto, soy un travesti…»

– ?No cerramos la puerta del balcon? -pregunte rascandome la cabeza-. Recuerdo claramente haberla cerrado.

– ?Falta algo? -Janice tiro a la cama los mensajes de Alessandro, de forma que quedaron esparcidos por todas partes.

– No -observe-. Los papeles estan todos.

– Ademas -dijo quitandose la camiseta delante de la ventana-, la mitad de las fuerzas del orden sienesas vigilan tu habitacion.

– ?Quieres quitarte de ahi? -le grite tirando de ella.

Janice rio encantada.

– ?Por que? ?Asi sabran que no te acuestas conun hombre!En ese instante sono el telefono.

– Ese tio esta zumbado -suspiro Janice, meneando la cabeza-. Escucha bien lo que digo.

– ?Por que? -espete, corriendo a por el telefono-. ?Porque le gusto?

– ?Que tu le gustas? -Janice parecia no haber oido cosa mas ingenua en toda su vida, asi que solto una prolongada y sonora carcajada, que no ceso hasta que le arroje una almohada.

– ?Diga? -Levante el auricular y lo aisle con cuidado del ruido de mi hermana, que se paseaba desafiante por la habitacion, tarareando la siniestra melodia de una peli de terror.

Era Alessandro, si, agobiado que me hubiera pasado algo porque no le habia devuelto las llamadas. Ya, claro, reconocio, era demasiado tarde para cenar juntos, pero ?podia confirmarle si de verdad tenia previsto asistir a la fiesta de Eva Maria al dia siguiente?

– Si, madrina… -se burlo Janice de fondo-. Lo que tu digas, madrina…

– Lo cierto es que no…

Вы читаете Juliet
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату