Por fin dejo la botella y las copas sobre la hierba alta y se acerco a mi.

– Giulietta -me dijo en voz baja-, no te he traido aqui para hacer de Nino. Ni de Paris. Te he traido aqui porque aqui fue donde termino todo. -Me acaricio el rostro con veneracion, como el arqueologo que encuentra al fin el valioso objeto que se ha pasado la vida buscando-. Me ha parecido un buen sitio para empezar de cero. -Sin saber como interpretar mi reaccion, anadio angustiado-: Siento no haberte dicho la verdad antes. Confiaba en no tener que hacerlo. No parabas de preguntar por Romeo, y yo esperaba que… -sonrio triste- me reconocieras.

Aunque ya sabia lo que queria contarme, con su solemnidad y la tension del momento, me impacto de verdad, me llego al alma, me afecto mas que si hubiese llegado alli -y escuchado su confesion- sin saber nada en absoluto.

– Giulietta… -intento mirarme a los ojos, pero no se lo permiti.

Habia esperado ansiosa esa conversacion desde el descubrimiento de su verdadera identidad, y ahora que al fin estaba ocurriendo, queria oirselo decir una y otra vez. Pero, como habia pasado un autentico calvario durante los ultimos dias -aunque el no lo supiera-, necesitaba hacerlo sufrir un poco.

– Me has mentido.

En lugar de retroceder, se acerco mas a mi. -Nunca te he mentido sobre Romeo. Te dije que no era el hombre que tu creias.

– Y que me mantuviese alejada de el -le recorde-. Dijiste que me iria mejor con Paris.

Mi acusacion lo hizo sonreir.

– Fuiste tu quien me dijo que yo era Paris…

– ?Y tu me dejaste que lo creyera!

– Si. -Me acaricio despacio la barbilla, como preguntandose por que no sonreia-. Porque era lo que querias. Querias que fuese el enemigo. Solo asi podias relacionarte conmigo.

Abri la boca para protestar, pero me di cuenta de que tenia razon.

– Llevo mucho tiempo esperando mi momento -prosiguio, consciente de que me tenia en el bote-. Y he pensado… Ayer, en Fontebranda, me parecio verte contenta. -Poso el pulgar en la comisura de mi boca-. Me parecio… que yo te gustaba.

Se hizo el silencio. Sus ojos confirmaban todo cuanto acababa de decirme y me rogaban una respuesta, pero, en lugar de hablar en seguida, le puse una mano en el pecho, y, al notar en ella el calido latido de su corazon, un gozo absoluto e irracional bullo en mi interior, en algun lugar de cuya existencia ni siquiera era consciente, un gozo que al fin hallaba su via de escape.

– Me gustas.

Jamas sabre cuanto duro el beso. Fue uno de esos momentos que no pueden cuantificarse aunque uno quiera, pero, al volver de ese remoto paraiso, todo era infinitamente mejor, como si el universo hubiera sufrido una transformacion integral desde la ultima vez que lo habia visto… O tal vez nunca lo habia visto bien.

– Me alegro mucho de que seas Romeo -le susurre con la frente pegada a la suya-, pero, aunque no lo hubieras sido…

– Aunque no lo hubiera sido, ?que?

Lo mire avergonzada.

– Seria feliz de todos modos.

Rio, consciente de que habia estado a punto de decir algo mucho mas revelador.

– Ven… -me sento en la hierba, a su lado-, que me lias y se me olvida mi promesa. ?Eso se te da de miedo!

Lo observe alli sentado, decidido a ordenar sus ideas. -?Que promesa?

– La de hablarte de mi familia -repuso, resignado-. Quiero contartelo todo…

– No hace falta que me lo cuentes todo -lo interrumpi, montando en su regazo-. Ahora no.

– ?Pero… espera un momento! -Trato en vano de pararme las manos traviesas-. Primero tengo que contarte lo de…

– ?Chis! -le tape la boca con los dedos-. Primero tienes que volver a besarme.

– …Carlomagno…

– Puede esperar… -Retire los dedos y le di un beso lento que no dejo lugar a dudas-. ?No te parece?

Me miro con el gesto de un guerrero solitario ante un ejercito de barbaros.

– Pero quiero que sepas donde te estas metiendo.

– Tranquilo -le susurre-, creo que se donde me estoy metiendo…

Tras resistirse durante tres nobles segundos, su voluntad flaqueo y me apreto contra si tanto como permitia el decoro italiano.

– ?Seguro? -Al poco estaba tendida boca arriba sobre un lecho de tomillo silvestre, riendo de sorpresa-. Bueno… -me miro muy serio-, confio en que no esperes versos rimados.

– Lastima que Shakespeare no escribiese indicaciones para la escena -dije riendo.

– ?Por que? -Me beso con ternura en el cuello-. ?En serio crees que el bueno de William era mejor amante que yo?

Al final no fue mi pudor femenino lo que puso fin a la diversion, sino el inoportuno fantasma de la caballerosidad sienesa.

– ?Sabias que a Colon le llevo seis anos descubrir America? -gruno Alessandro, inmovilizandome los brazos para que no le desabrochara la camisa. Mientras se alzaba sobre mi, todo contencion, el misil se disparo entre los dos como un pendulo.

– ?Como tardo tanto? -pregunte, saboreando su esfuerzo con el cielo azul de fondo.

– Era un caballero italiano, no un conquistador -replico, mas que nada para si.

– Iba a por el oro, como todos -repuse, intentando besarle la mandibula apretada.

– Al principio, a lo mejor. Pero luego… -alargo el brazo para recolocarme la falda- descubrio lo mucho que le gustaba explorar la costa y familiarizarse con aquella cultura nueva.

– Seis anos es mucho tiempo -proteste, en absoluto dispuesta a claudicar tan pronto-. Demasiado.

– No. -Sonrio a la tentacion-. Seiscientos anos es mucho tiempo. Asi que puedes esperar media hora mas a que te cuente mi historia.

Cuando fuimos a tomarnos el prosecco, ya estaba caliente, pero fue la mejor copa de vino que habia probado en la vida. Me supo a miel y a hierbas silvestres, a amor y a planes frivolos, y alli sentada, apoyada en Alessandro, que a su vez descansaba sobre una piedra, casi pude creer que la mia seria una vida larga y llena de alegrias, y que al fin podria olvidarme de mis fantasmas.

– Se que aun estas disgustada conmigo por no haberte dicho quien era -comento acariciandome el pelo-. Tal vez piensas que temia que te enamoraras del nombre y no del hombre, pero lo cierto es que fue al reves. Temia, y aun temo, que, al saber mi historia, la de Romeo Marescotti, desearas no haberme conocido nunca.

Abri la boca para protestar, pero no me dejo hacerlo.

– Todo lo que tu primo Peppo dijo de mi… es cierto. Seguro que los psicologos podrian explicarlo con unos graficos, pero en mi casa no hacemos caso de los psicologos, ni de nadie. Nosotros, los Marescotti, tenemos nuestras propias teorias, y estamos tan convencidos de que son las acertadas que, como tu dices, se convierten en los dragones que guardan nuestra torre y no dejan entrar ni salir a nadie. -Hizo una pausa para rellenarme la copa-. El resto para ti, que yo tengo que conducir.

– ?Conducir? -rei-. ?Eso no parece propio del Romeo Marescotti del que me hablo Peppo! Creia que eras un imprudente. ?Que decepcion!

– Tranquila… -Me estrecho entre sus brazos-. Te compensare de otras formas.

Mientras sorbia mi vino, me hablo de su madre, que se quedo embarazada a los diecisiete y no quiso decir quien era el padre. Como es logico, el suyo -el anciano Marescotti, abuelo de Alessandro- se puso hecho un basilisco y la echo de casa. Ella se fue a vivir con la amiga de la infancia de su madre, Eva Maria Salimbeni. Cuando Alessandro nacio, Eva Maria quiso ser su madrina, y fue ella quien insistio en que al nino se lo bautizara con el nombre tradicional de la familia, Romeo Alessandro Marescotti, aunque sabia que el anciano echaria espumarajos por la boca cuando se enterara de que un bastardo llevaba su apellido.

Al final, en 1977, la abuela de Alessandro logro convencer a su abuelo para que dejara que su hija y su nieto volvieran a Siena por primera vez desde el nacimiento de el, y se bautizo al nino en la fuente del Aquila justo antes del Palio. Sin embargo, ese ano la contrada perdio los dos Palios de forma dramatica, y el anciano Marescotti quiso buscar un culpable. Cuando se entero de que su hija habia llevado al nino a ver las cuadras antes de la carrera -y le

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