solo. Una noche se produjo un enorme incendio en el palacio y creyo que se trataba de la maldicion de fray Lorenzo, por la que su familia «pereceria entre sangre y fuego».
Fue por entonces cuando llegaron a Siena los primeros rumores de la peste negra. Venian los peregrinos de Oriente con relatos de una plaga terrible que habia asolado mas pueblos y ciudades que un poderoso ejercito, pero muchos pensaron que afectaria solo a los paganos.
Estaban convencidos de que la Virgen tenderia su manto protector sobre Siena -como lo habia hecho tantas otras veces- y de que las oraciones y las velas mantendrian a raya aquel mal si llegaba a cruzar el oceano.
Cuando empezaron a sucederse los desastres, Salimbeni, que siempre habia creido que todo lo bueno que ocurria a su alrededor era fruto de su genialidad, comenzo a pensar que tambien aquello era obra suya, y a obsesionarse con la idea de que el y solo el era culpable de que la peste amenazara con llegar a Siena. Presa de esa locura, exhumo los cuerpos de Romeo y Giulietta de la tierra impia en que los habia enterrado y les preparo una tumba santisima para acallar las voces de la gente o, mejor dicho, las de su propia cabeza, que lo culpaban de la muerte de dos jovenes cuyo amor habia bendecido el cielo.
Tan empenado estaba en hacer las paces con el fantasma de fray Lorenzo que paso muchas noches estudiando la maldicion escrita en un pergamino, tratando de encontrar un modo de satisfacer la peticion de «redimir sus pecados y arrodillarse ante la Virgen». Incluso pidio ayuda a sabios profesores universitarios sobre como conseguir que Giulietta «despertase para contemplar a su Romeo», y fueron ellos quienes finalmente dieron con una solucion.
Para librarse de la maldicion debia empezar a entender que las riquezas no son buenas, y que un hombre que posee oro no es un hombre feliz. Aceptado eso, no le doleria otorgar grandes sumas de su fortuna a quienes lo ayudasen a redimirse, como los sabios profesores universitarios. Ademas, un hombre asi estaria encantado de encargar una carisima escultura que, sin duda, acabaria con la maldicion y le permitiria descansar al fin por las noches, sabedor de que el solo, sacrificando su maldito dinero, habia llevado el perdon a toda la ciudad, amen de la salvacion de la temida plaga.
La estatua -le dijeron- debia colocarse junto a la tumba de Romeo y Giulietta y recubrirse del oro mas puro. Debia representar a los jovenes amantes de modo que constituyese un antidoto a la maldicion de Lorenzo. Salimbeni usaria las joyas de la tiara nupcial de Giulietta como ojos de la escultura: las dos esmeraldas para Romeo, los zafiros para Giulietta. A los pies de la estatua debia figurar la siguiente inscripcion:
De ese modo, Salimbeni pudo recrear artificialmente su resurreccion, haciendo posible que los amantes se vieran una vez mas y para siempre, y permitiendo que todos los habitantes de Siena contemplaran la escultura y creyeran generoso y piadoso a Salimbeni.
Sin embargo, para favorecer esa impresion, debia hacer perdurar la historia de su liberalidad y encargar un relato que lo exculpara por completo. Seria el de Romeo y Giulietta y tendria que contener mucha poesia y confusion, como todo buen arte, pues un autor avezado que desborda de llamativos enganos capta mucho mas la atencion que el honrado aburrido.
A quienes, aun asi, siguieran proclamando la culpa de Salimbeni, habria que acallarlos poniendo oro en sus manos o acero en sus espaldas, pues solo deshaciendose de las malas lenguas podria Salimbeni redimirse a los ojos del pueblo, volver a formar parte de sus oraciones y llegar asi a los santos oidos del cielo.
Esas fueron las encomiendas de los profesores, que Salimbeni quiso llevar a la practica de inmediato. Primero, siguiendo su consejo, se ocupo de silenciarlos para que no lo difamaran. Despues, encargo a un poeta que inventara un relato sobre los desdichados amantes, cuya tragica muerte no era culpa sino de ellos, y que lo divulgaran entre las clases lectoras, no como ficcion, sino como verdad vergonzosamente ignorada. Por ultimo encomendo al gran maestro Ambrogio que supervisara la creacion de la estatua. Una vez terminada, con las valiosas joyas en las cuencas de los ojos, aposto a cuatro guardias armados en la capilla para que protegiesen a la inmortal pareja a todas horas.
Pero ni la estatua ni los guardias pudieron evitar la peste. La terrible enfermedad asolo Siena durante mas de un ano, cubriendo de pustulas negras los cuerpos sanos y acabando con casi todo lo que tocaba. Perecio la mitad de la poblacion: por cada uno que vivia, moria otro. No hubo bastantes supervivientes para enterrar a los muertos; las calles se llenaron de podredumbre y quienes aun podian comer morian de inanicion.
Cuando acabo, el mundo habia cambiado. La historia de la humanidad empezaba de cero, para bien o para mal. Quienes habian logrado sobrevivir estaban demasiado ocupados rehaciendo su vida para prestar atencion al arte y a los viejos chismorreos, y la historia de Romeo y Giulietta se convirtio en poco mas que un leve eco de otro mundo, recordada alguna vez, fragmentada. Respecto a la tumba, desaparecio para siempre bajo una montana de muerte, y quedaron pocos que conociesen el valor de la estatua. El maestro Ambrogio, que habia colocado personalmente las piedras preciosas y sabia lo que eran, fue uno de los miles de sieneses que perdieron la vida como consecuencia de la peste.
Cuando Mina hubo escuchado toda la historia de la anciana Cecilia sobre Lorenzo, decidio que aun podia hacerse algo para aplacar al fantasma del fraile. Y asi, un buen dia, cuando su amantisimo esposo partio a hacer sus negocios, ordeno a seis criados fornidos que la siguieran al sotano y levantaran el suelo de la celda de tortura.
Como es logico, a los criados no les entusiasmo la macabra tarea, pero al ver a su senora esperando pacientemente junto a ellos mientras trabajaban, animandolos con promesas de dulces y pasteles, no se atrevieron a protestar.
En el transcurso de la manana encontraron los huesos, no de una, sino de varias personas. Al principio, el descubrimiento de tanta muerte y tantos abusos les produjo un gran malestar, pero, al ver que la senora Mina - aunque palida- no flaqueaba, se sobrepusieron de inmediato, cogieron las herramientas y prosiguieron su trabajo. A medida que iba avanzando el dia aumento su admiracion por aquella joven, tan decidida a librar a la casa de aquel mal.
Una vez recuperados todos los huesos, Mina les pidio que los envolvieran en sudarios y los llevaran al cementerio, salvo los mas recientes, que, estaba segura, debian de ser los de Lorenzo. Sin saber muy bien que hacer, paso un rato sentada junto a los restos, mirando el crucifijo de plata que Lorenzo llevaba en la mano, hasta que se le ocurrio un plan.
Antes de casarse, Mina habia tenido un confesor, un hombre santo y extraordinario, procedente del sur, de Viterbo, que a menudo le habia hablado de su catedral, la de San Lorenzo. ?No seria ese el lugar perfecto para enviar los restos del pobre fraile y que sus santos hermanos lo ayudaran a encontrar al fin la paz lejos de la Siena que le habia causado indecibles penurias?
Cuando regreso su esposo esa noche, Mina lo tenia todo listo. Los restos del monje se encontraban en un ataud de madera, preparados para cargarlos en un carro, junto con una carta que habia escrito a los monjes de San Lorenzo, donde les contaba lo justo para que entendieran que aquel hombre merecia el fin de sus sufrimientos. Solo faltaba la autorizacion de su esposo y un punado de dinero para iniciar la empresa, pero Mina, en un par de meses de matrimonio, habia aprendido que con una velada agradable podian conseguirse esas cosas de un hombre.
A primera hora del dia siguiente, antes de que levantara la bruma de la piazza Salimbeni, Mina, de pie ante la ventana de su alcoba mientras su esposo dormia tranquilo a su espalda, vio partir el carro con el ataud rumbo a Viterbo. Colgado del cuello llevaba el crucifijo de Lorenzo, limpio y pulido. Su primer impulso habia sido meterlo en el ataud, junto con los restos del fraile, pero al final habia decidido quedarselo como recuerdo de su conexion mistica.
Aun no comprendia por que el fraile habia decidido hablar a traves de ella y escribir con su mano la maldicion que anunciaba la desgracia de los suyos, pero creia que lo habia hecho por bondad, para advertirla de que debia encontrar un remedio. Hasta entonces llevaria consigo el crucifijo para no olvidar las palabras del muro ni al hombre que no habia muerto pensando en si mismo, sino en Romeo y Giulietta.
VII. I
