– Ciao! -dijo sonriendo como si aquello fuese una camara oculta-. Soy Antonella.

– Hola, Antonella -dije mirandola a los ojos-. ?Hablas nuestro idioma? Estamos atrapadas aqui abajo. ?Podrias… ir a por alguien que nos saque de aqui?

Despues de veinte minutos de lo mas embarazoso, Antonella aparecio con un par de pies con sandalias.

– ?Maestro Lippi? -Me sorprendio tanto ver a mi amigo el pintor que casi se me escapo la pregunta-. ?Hola! ?Se acuerda de mi? Dormi en su sofa.

– ?Claro que me acuerdo! -Sonrio-. ?Como estas?

– Eh… ?Cree que seria posible… quitar esto? -Agite los dedos por entre las barras de la tapa de la alcantarilla-. Estamos atrapadas aqui abajo. Por cierto… esta es mi hermana.

El maestro Lippi se arrodillo para vernos mejor.

– ?Has ido a algun sitio donde no debias ir?

Sonrei con toda la ingenuidad de que fui capaz.

– Me temo que si.

El artista arrugo el ceno.

– ?Has encontrado la tumba? ?Has robado los ojos? ?No te dije que no los tocaras?

– ?No hemos hecho nada! -Mire de reojo a Janice para asegurarme de que tambien ella parecia lo bastante inocente-. Nos hemos quedado atrapadas, eso es todo. ?Cree que habria alguna forma de… -volvi a empujar la tapa de la alcantarilla y una vez mas la note durisima- desatornillar esta cosa?

– ?Pues claro! -dijo sin dudarlo-. Es muy facil.

– ?Esta seguro?

– ?Claro que estoy seguro! -repuso, poniendose de pie-. ?La disene yo mismo!

La cena de esa noche consistio en pasta primavera de lata aderezada con romero del alfeizar del maestro Lippi y acompanada de una caja de tiritas para nuestras heridas de guerra. Apenas habia sitio para los tres en la mesa de su taller, dado que compartiamos el poco espacio con sus trabajos y con montones de plantas en distintas fases de deterioro. Aun asi, Janice y el lo estaban pasando en grande.

– Estas muy callada -observo el artista mientras se recuperaba de un ataque de risa y servia mas vino.

– Julieta ha sufrido un pequeno desengano con Romeo -explico Janice en mi nombre-. Lo habia comparado con la luna. Craso error.

– ?Ah! -dijo el maestro-. Estuvo aqui anoche. No estaba contento. Ahora lo entiendo.

– ?Estuvo aqui anoche? -repeti.

– Si -asintio el artista-. Dijo que no te pareces al retrato, que eres mucho mas guapa y mucho mas…?como lo dijo? Ah, si…?letal! -Lippi sonrio y alzo su vaso con complicidad.

– ?Por casualidad no le diria por que ha estado volviendome loca en lugar de decirme que esa Romeo desde el principio? -replique sin poder evitar el sarcasmo-. Pensaba que era otra persona.

El maestro se mostro sorprendido.

– Pero ?no lo reconociste?

– ?No! -Me lleve las manos a la cabeza, frustrada-. No lo reconoci. ?Y seguro que el tampoco me reconocio a mi!

– ?Que nos puede contar de ese tio? -le pregunto Janice a Lippi-. ?Cuantas personas saben que es Romeo?

– Yo lo unico que se es que no quiere que lo llamen de ese modo -respondio el artista encogiendose de hombros-. Solo su familia lo llama asi. Es un gran secreto. No se por que. Quiere que lo llamen Alessandro Santini…

– Y, si siempre lo ha sabido, ?por que no me lo dijo? -exclame, indignada.

– ?Crei que lo sabias! -replico el maestro-. ?Eres Julieta! ?Quiza necesites gafas!

– Perdone -intervino Janice, frotandose un aranazo del brazo-, pero ?como supo usted que era Romeo? El maestro Lippi se mostro perplejo. -Yo… yo…

Janice alargo la mano para coger otra tirita.

– Y no me diga que lo conocia de una vida anterior.

– No -repuso, algo cenudo-. Lo identifique por el fresco. El del Palazzo Pubblico. Luego le vi el aguila de Marescotti en el brazo… -me cogio la muneca y me senalo la cara interna del antebrazo-, justo aqui. ?Nunca se la has visto?

Por unos segundos volvi al sotano del palazzo Salimbeni y al momento en que trataba de ignorar los tatuajes de Alessandro mientras hablabamos de los que me seguian. Incluso entonces tuve claro que los suyos -a diferencia de las calcomanias de Janice- no eran meros souvenirs de una noche de borrachera primaveral en Amsterdam, pero tampoco pense que contuvieran pistas importantes sobre su identidad. En realidad, habia estado demasiado ocupada curioseando los diplomas y las reliquias de las paredes de su despacho para caer en la cuenta de que aquel era un hombre que no exhibia sus virtudes en un marco de plata, sino que las llevaba siempre encima.

– No son gafas lo que necesita, sino un cerebro nuevo -observo Janice, disfrutando de mi perplejidad.

– No es por cambiar de tema -dije cogiendo mi bolso-, pero ?podria traducirnos algo? -Le di al maestro Lippi el texto en italiano que habia en el cofre de nuestra madre y que llevaba dias paseando con la esperanza de toparme con alguien dispuesto a traducirmelo. Al principio, habia barajado la posibilidad de pedirselo a Alessandro, pero algo me habia echado atras-. Creemos que podria ser importante.

El maestro cogio el texto y examino el titulo y los primeros parrafos.

– Esto es un cuento -dijo, algo sorprendido-.La maledizione sul muro… La maldicion del muro. Es bastante largo. ?Seguro que quereis oirlo?

VI. II

Malditas sean vuestras familias. Carne para gusanos me hicieron.

La maldicion del muro Siena, 1370

Hay un relato que no muchos conocen, pues lo ocultaron las ilustres familias implicadas. Comienza con santa Catalina, conocida desde nina por sus poderes especiales. Gente de toda Siena acudia a ella con dolores y padecimientos, y ella los curaba con sus manos. De mayor, pasaba casi todo su tiempo cuidando de los enfermos del hospital situado junto a la catedral de Siena, el Santa Maria della Scala, donde tenia un cuarto propio con una cama.

Un buen dia le pidieron que fuera al palazzo Salimbeni y, al llegar, vio que todos estaban muy preocupados. Cuatro noches antes, le contaron, se habia celebrado alli una gran boda, la de la hermosa Mina, de los Tolomei. El banquete habia sido fantastico, porque el novio era uno de los hijos de Salimbeni, y las dos familias se habian reunido alli a celebrar una paz ya muy larga.

Pero, cuando el novio se dirigio a su alcoba nupcial a medianoche, la novia no estaba. Pregunto a los criados, pero ninguno la habia visto, y empezo a asustarse. ?Que le habria pasado a su Mina? ?Habria huido?, ?o la habrian secuestrado los enemigos? Pero ?quien se atreveria a hacerles algo asi a los Tolomei y a los Salimbeni? Imposible. El novio la busco por todas partes, arriba, abajo, pregunto a los criados, a los guardias, pero todos le decian que Mina no podia haber salido sin ser vista. ?Su corazon tambien le decia que no podia ser! El era joven, bueno y guapo. Ella jamas huiria de el. El joven Salimbeni se lo conto a su padre, y al de ella, y la casa entera empezo a buscar a Mina.

La buscaron durante horas -en las alcobas, en las cocinas, incluso entre los criados-, hasta que empezo a cantar la alondra y al fin se rindieron. Pero, al nacer el nuevo dia, la abuela mas anciana de la boda, la senora Cecilia, bajo y los encontro alli sentados, hablando entre lagrimas de declararle la guerra a tal o a cual. La anciana los escucho y les dijo:

– Tristes caballeros, venid conmigo, yo hallare a Mina. Hay un lugar en la casa donde no habeis mirado y presiento que esta alli.

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