calles y eran numerosos los hijos abandonados por sus padres y las esposas abandonadas por sus maridos; todos temian demasiado recordar lo que significa ser humano y no animal.

En una semana, el comandante habia perdido a su madre, a su esposa y a sus cinco hijos; solo el sobrevivio. Los lavo, los vistio, los puso a todos en una carreta y se los llevo a la catedral en busca de un sacerdote que pudiese oficiar un funeral, pero no hallo ninguno. Los que vivian andaban demasiado ocupados cuidando de los enfermos del hospital, el de al lado de la catedral, Santa Maria della Scala. Incluso alli tenian mas muertos de los que podian enterrar, asi que lo que hicieron fue levantar una pared hueca, echar alli los cuerpos y sellarla.

Cuando el comandante llego a la catedral de Siena, los misericordistas estaban cavando una fosa comun en lapiazza, y los soborno para que enterrasen a su familia en aquella tierra consagrada. Les dijo que aquellas eran su madre y su esposa, les dio los nombres y las edades de todos los ninos, y les explico que iban vestidos con sus mejores galas, pero a ellos les dio igual. Aceptaron el oro y volcaron la carreta, y el comandante vio a sus seres queridos -su futuro- caer a la fosa sin una oracion, una bendicion ni una esperanza.

Luego estuvo vagando sin rumbo por la ciudad, sin reparar en lo que tenia alrededor. Para el, aquello era el fin del mundo, asi que empezo a increparle a Dios, a preguntarle por que lo habia dejado vivir para ver aquella miseria y enterrar a sus propios hijos. Hasta se hinco de rodillas y, con las manos, cogio agua sucia del desague, rebosante de podredumbre y de muerte, se la echo por encima y la bebio, confiando en enfermar y morir como los demas.

Mientras estaba alli, arrodillado en el barro, de pronto oyo la voz de un nino que le decia:

– Ya lo he probado yo. No funciona.

El comandante miro al pequeno y creyo estar viendo un fantasma.

– ?Romeo! -dijo-. ?Romeo? ?Eres tu?

Pero no era Romeo, sino un nino de unos ocho anos, muy sucio y vestido de harapos.

– Me llamo Romanino-contesto el chico-. Puedo llevaros la carreta.

– ?Por que quieres llevarme la carreta? -pregunto el comandante.

– Porque tengo hambre -repuso Romanino.

– Toma… -El comandante saco el dinero que le quedaba-. Ve a comprarte comida.

El nino lo rechazo, apartandole la mano.

– No soy un mendigo.

Y asi el comandante le dejo tirar del carro de vuelta al palazzo Marescotti -ayudandolo de vez en cuando con un empujoncito- y, al llegar a la puerta, el nino, alzando la vista, contemplo las aguilas que decoraban los muros y dijo:

– Aqui es donde nacio mi padre.

Como es logico, el comandante se quedo pasmado al oir eso y le pregunto al nino:

– ?Como lo sabes?

– Madre solia contarme cosas -repuso el-. Decia que padre era muy valiente. Era un gran caballero con los brazos asi de grandes, pero tuvo que irse a luchar con el emperador en Tierra Santa y jamas regreso. Madre me decia que un dia vendria a buscarme y, que si lo hacia, solo tendria que decirle una cosa para que supiese en seguida quien era yo.

– ?Que es lo que tendrias que decirle?

El nino sonrio y, en ese mismo instante, por su sonrisa, el comandante supo lo que iba a decirle antes de oir siquiera sus palabras:

– Que soy un aguilucho, unaquilino.

Esa noche, el comandante Marescotti se encontro sentado frente a la mesa vacia de los criados, en la cocina, comiendo por primera vez en dias. Frente a el, Romanino roia los huesos de pollo, demasiado atareado para hacer preguntas.

– Dime -lo insto el comandante-, ?cuando murio tu madre, Rosalinda?

– Hace tiempo -respondio-. Antes de todo esto. El le pegaba, hasta que un dia ella ya no se levanto. Le grito y le tiro del pelo, pero no se movio. No se movio en absoluto. Luego el se echo a llorar. Yo me acerque a ella y le hable, pero no abrio los ojos. Estaba fria. Le toque la cara y lo note… Entonces supe que le habia pegado demasiado fuerte, y se lo dije, y el empezo a darme patadas e intento atraparme. Yo sali de alli corriendo… y no pare de correr. Aunque me seguia gritando, yo no pare de correr y correr, hasta que llegue a casa de mi tia; ella me acogio y me quede alli. Trabajaba. Ayudaba un poco. Ademas, me encargue del bebe cuando nacio, y la ayudaba a llevar comida a la mesa. Yo les gustaba, me parece que les gustaba tenerme por alli, cuidando del bebe, hasta que empezaron a morir todos. Murio el panadero, el carnicero y el agricultor que nos vendia la fruta. No teniamos suficiente comida, pero ella seguia dandome lo mismo que a los otros, aunque los demas se quedaran con hambre, asi que… hui.

El nino lo miro con unos sabios ojos verdes y el comandante se pregunto como podia aquel escuerzo de ocho anos ser mas integro que cualquier hombre que el hubiera conocido.

– ?Como has sobrevivido a todo esto? -tuvo que preguntarle.

– No se… -se encogio de hombros-, pero madre siempre decia que yo era diferente. Mas fuerte. Que no enfermaria ni me volveria lelo como los demas. Solia decirme que yo llevaba una cabeza distinta sobre los hombros, y por eso no les caia bien, porque sabian que yo era mejor. Asi he sobrevivido, pensando en lo que ella decia, de mi, de ellos. Me decia que yo sobreviviria, y eso es lo que he hecho.

– ?Sabes quien soy? -pregunto al fin el comandante.

El nino lo miro.

– Sois un gran hombre, creo yo.

– No lo se.

– Lo sois -insistio el nino-. Sois un gran hombre. Teneis una gran cocina. Y pollo. Me habeis dejado tirar de vuestra carreta todo el camino. Y compartis vuestro pollo conmigo.

– Eso no me convierte en un gran hombre.

– Bebiais agua de la alcantarilla cuando os encontre -observo-. Ahora bebeis vino. A mis ojos, eso os convierte en el hombre mas grande que he conocido.

A la manana siguiente, el comandante decidio llevar a Romanino a casa de sus tios. Mientras bajaban las empinadas calles hacia Fontebranda, esquivando la basura y los cadaveres, salio el sol por primera vez en dias. O quiza no, pero el comandante habia pasado todo ese tiempo en la penumbra de su casa, humedeciendose unos labios que ya no querian beber.

– ?Como se apellida tu tio? -inquirio, consciente de pronto de que habia olvidado preguntarle lo mas obvio.

– Benincasa-dijo el nino-. Mi tio hace colores. Me gusta el azul, pero es muy caro. -Miro al comandante-. Mi padre siempre llevaba colores muy bonitos. Sobre todo el amarillo, con una capa negra que, al galope, semejaba unas alas. Cuando se es rico, se puede hacer eso.

– Supongo -senalo el comandante.

Romanino se detuvo delante de la alta verja de hierro y contemplo el patio con tristeza.

– Aqui es. Esa es la senora Lappa, mi tia. En realidad, no lo es, pero quiso que la llamara asi.

Al comandante le extranaron las dimensiones del lugar; lo habia imaginado mas humilde. En el patio, tres ninos ayudaban a su madre a tender la colada mientras un bebe gateaba por ahi recogiendo el grano que se habia echado a los gansos.

– ?Romanino! -La mujer se levanto de golpe en cuanto vio al nino a traves de la verja y, tan pronto como levanto la barra con que estaba atrancada y se abrio la puerta, lo metio dentro y, entre lagrimas, lo lleno de besos y abrazos-. ?Te creiamos muerto, tontorron!

En medio de aquel alboroto, nadie vigilaba al bebe, y el comandante -que estaba a punto de retirarse de aquel feliz reencuentro familiar- fue el unico con la presencia de animo suficiente para verla gatear hacia la puerta abierta y agacharse a cogerla, algo violento.

Era una pequena preciosa -penso el comandante-, y mas simpatica de lo que podria esperarse de alguien de semejante tamano. De hecho, a pesar de su falta de experiencia con personitas tan diminutas, descubrio que le costaba devolversela a su madre y se quedo mirandole la carita, notando que algo le bullia en el pecho, como una flor primaveral que brotara del suelo helado.

La fascinacion fue reciproca y la pequena no tardo en empezar a toquetearle la cara al comandante, entusiasmada.

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