Detras de mi, una voz dijo:
– ?Donde?
Di media vuelta y apunte con la 45. Pero no aprete el gatillo.
– ?Por Dios, hombre! ?Cuidado con lo que hace!
Era uno de los vecinos, en pijama, con un bate de beisbol en la mano. Me miraba fijamente. Se encendieron varias luces y otras voces llegaron a mis oidos.
– ?Se encuentra bien? -pregunto el hombre-. ?Quien andaba por alli?
– Estoy bien -respondi.
Pero en el fondo no lo creia.
19
La carta llego al dia siguiente, el octavo desde la desaparicion del asesino.
Estaba escrita en el mismo tipo de papel comun y corriente, y el sobre no llevaba remite. Al agarrarlo, supe que contenia una sola hoja. Mire el matasellos: era de Miami, pero el resto estaba borroso. Mi nombre figuraba en grandes letras negras, trazadas con esmero. Espere hasta regresar a mi escritorio para abrirlo. Nolan estaba hablando por telefono, de espaldas a mi. Abri el sobre con cuidado. La escritura de la carta era la misma.
ANDERSON:
He aqui una cita para usted.
A veces es tan razonable representar una clase de encarcelamiento con otra como simbolizar cualquier cosa que realmente existe con aquello que no existe.
Pienselo. Y he aqui un mensaje para usted.
No crea todo lo que ve.
?Entiende? Y esto es lo mas importante.
Estoy vivo.
No estaba firmada.
No se por que no le mostre la carta a Nolan ni a la policia. La deje en el primer cajon de mi escritorio, junto con la ultima grabacion, y lo cerre con llave. Se que parece extrano; podria haber escrito un articulo sobre la carta y la cinta. Podria haber puesto de relieve la relacion entre el asesino y yo; habria sido otro detalle, tal vez crucial, para los lectores, otra pincelada en el retrato pintado en el transcurso de ese verano. Me sente, pensando que habia docenas de razones para mostrar la carta, para sacada a la luz. Pero no lo hice.
«Estoy vivo.»
?Que es lo que no debia creer?
La respuesta llegaria cinco dias mas tarde.
Yo habia vuelto a escribir sobre el estado de la investigacion policial: entre ocho y diez parrafos que informaban de que no habia nada nuevo sobre lo que informar. Sali y volvi a entrevistarme con el psiquiatra. Llame a las familias de las victimas, pero ninguna quiso hablar conmigo. Hice entrevistas en la calle. Las reacciones eran, en general, las mismas: la tension de la espera unida al alivio de saber que el asesino tenia nombre, fotografia y pasado. Una mujer dijo: «Solo es cuestion de tiempo. -Me sonrio-. Pero creo que se ha ido muy lejos. A California, probablemente.» No le pregunte por que a ese estado en particular.
Comenzo a llegar informacion sobre el asesino. Su historial del ejercito: nada excepcional. Su expediente academico en los colegios publicos de Illinois y Ohio. Nunca sobresalio; sus profesores no recordaban nada. Intente hallar a alguien que lo conociera. No tuve exito. Lo mismo ocurrio con los vecinos del edificio de apartamentos en que habia vivido. Era un solitario, dijeron. Podria haber adivinado sus palabras. Pero incluso la falta de informacion era noticia: la gente que declaraba que no conocia al asesino era tan digna de citarse como alguien que si lo conociera. A los jefes les gusto ese articulo. Lo publicaron en la parte inferior de la primera pagina.
Nolan recibio la llamada en su oficina.
Giro en su silla, levanto el brazo y me hizo senas para llamar mi atencion y para que me reuniera con el.
Era septiembre; agosto ya se desvanecia. Hacia mas calor, habia mas tormentas en el Caribe, azotando las islas. Aun faltaba mas de un mes para el fin de la temporada de huracanes. Algunos de los empleados mas antiguos de la redaccion hablaban de las tormentas tardias que parecian tomarse su tiempo durante el opresivo verano y luego, cuando el tiempo daba muestras de cambiar, se formaban y se desplazaban sobre el mar. Sin embargo, el calor seguia imperando en la ciudad, agobiada bajo el aire sofocante.
Yo dormia poco. Desde la noche en que habia oido la mano en mi puerta, me habia acostumbrado a mantenerme despierto hasta la madrugada. Conservaba la pistola cerca de mi; no estaba seguro sobre lo que habia oido esa noche. Martinez y Wilson habian sacudido la cabeza al mismo tiempo al ver la puerta destrozada.
– Hace calor -comento Wilson-. Hace un calor bochornoso aqui, ?verdad?
No comprendi adonde queria llegar.
Pulse la tecla del telefono correspondiente a la extension de Nolan y levante el auricular. Nolan gesticulaba freneticamente: queria que hablara yo.
– ?Si? -dije.
– ?Es usted Anderson? ?El periodista?
El acento delataba el origen sureno del hombre.
– Asi es.
– Tengo una carta para usted -dijo-. La he encontrado esta manana en una de mis barcas. Sobre el asiento, muy a la vista. Diablos, hacia casi tres dias que buscaba ese maldito bote. Al final lo he encontrado y ahi estaba esta maldita carta. ?Quiere que la abra?
– Si.
Mire a Nolan y me encogi de hombros. El estaba inclinado sobre el escritorio, pendiente de las palabras del hombre.
– Diablos -farfullo el hombre-. No dice gran cosa.
– ?Que?
– Dice… dejeme ver… solo esto: «Estoy aqui, esperandole.» Eso es todo. No hay firma ni nada mas. Me parece bastante raro.
Me volvi hacia Nolan. Tenia los ojos muy abiertos, clavados en los mios. Se echo atras en su silla, con el rostro encendido de entusiasmo, y levanto una mano en senal de victoria.
– ?Eso es! -exclamo-. ?Maldicion, es el!
El puno cerrado de Nolan se agito en el aire.
Dejamos atras la ciudad, envuelta en una bruma calida, bajo el sol. Porter conducia; Nolan iba en el asiento trasero, mirando por la ventanilla con una media sonrisa. Yo observaba la carretera que se internaba en la maleza hacia el oeste mientras atravesabamos la enorme extension pantanosa de los Everglades.
– ?Sabeis? El podria esconderse aqui durante meses si quisiera -dijo Porter-. Yo solia venir a pescar lubinas. Una vez me perdi. Habia lagartos y serpientes en el agua. Pense que iba a morir; no habia nadie. Estaba tan solo que concebi la absurda idea de que no habia civilizacion, de que estaba solo en el mundo. Los guardabosques me encontraron hacia la medianoche. No hacia frio, pero yo estaba tiritando. Si el ha estado por aqui, no me extrana que nadie lo haya encontrado.
– Nosotros tampoco lo hemos encontrado aun -dijo Nolan-. ?Crees que planea emprenderla a tiros?
No respondi. Porter se encogio de hombros.
– Tal vez -dijo-. ?Mirad!
Se inclino y senalo por el parabrisas. Por encima de nosotros, un helicoptero policial surcaba el aire: el ruido de las helices lleno el automovil, haciendonos estremecer. Porter acelero.
Una hora despues, salimos de la autopista y tomamos una carretera secundaria de dos carriles, llena de baches. Los gigantescos cipreses y palmeras se encorvaban sobre nosotros; avanzabamos entre colores
