abigarrados y sombras. Vi el azul del cielo arriba, entre los arboles; parecia perderse en una extension de luz blanca. Divise un halcon volando en lentos circulos a lo lejos. Flotaba en el aire, dejandose llevar por la brisa, girando como suspendido de un movil invisible. Luego, justo antes de que lo perdieramos de vista, el ave se elevo de pronto; plego las alas contra su cuerpo y se lanzo en picado hacia abajo, hacia alguna presa que habia avistado. Imagine su grito asesino al bajar desde el cielo claro hacia las sombras.

Seguimos avanzando. Mas adelante, vi un claro, algunas cabanas construidas al borde del pantano, con toscos carteles pintados a mano que anunciaban cerveza, carnada y botes de alquiler, Detras de las cabanas habia algunas barcas de pesca amarradas a la orilla y un par de lanchas inflables.

– ?Debe de ser alli! -senalo Nolan.

Al otro lado, acercandose a gran velocidad ahora que Porter habia pisado el acelerador de nuevo, centelleaban las luces azules familiares de los coches de policia. Otro helicoptero nos sobrevolo, y la presion de las aspas parecio aplastarnos contra el suelo. Yo me agache en un acto reflejo.

– Joder -exclamo Porter por lo bajo-, tienen todo un ejercito.

Fuera se arremolinaban equipos de operaciones especiales que habian descendido de dos enormes furgones azules. Muchos de ellos comprobaban que sus armas y municiones estuviesen a punto. A un lado vi el vehiculo del forense. «Esperan que haya cadaveres», pense. Se habia colocado una barrera en el camino y detuvimos el coche al llegar a ella. Porter comenzo a cargar sus camaras con rapidez. Nolan bajo de un salto y yo lo segui. El calor se cino a mi cuerpo como un lazo corredizo.

Otro helicoptero paso por encima, levantando nubes de polvo. Me cubri la cara y vi a Martinez y a Wilson junto a los botes, hablando con un viejo curtido. El cartero, pense.

Los dos detectives nos indicaron por senas que nos acercaramos. Martinez me entrego un trozo de papel. Vi las letras de imprenta iguales a las de cartas anteriores.

– ?Te resulta familiar? -pregunto.

– Es el.

– No os movais de aqui -nos advirtio el detective-. Esto se va a poner interesante.

Esperamos con el viejo en una de las cabanas. Un gastado acondicionador de aire refrescaba ligeramente el ambiente con un ruido lastimero. El hombre me conto que habia descubierto hacia varios dias que faltaba uno de sus botes; habia salido a buscarlo pero no habia tenido exito. La barca habia aparecido unos dias despues con la carta sobre el asiento, dentro de una bolsa de plastico.

– Lo mas extrano de todo -dijo- es que estaba seguro de haber buscado en ese lugar. No lo entiendo, creanme.

«Ha vuelto a la selva -pense-. La selva en la que antes tenia miedo de luchar.»

– ?Puede sobrevivir mucho tiempo alli? -pregunto Nolan.

– Diablos, si se empena… -respondio el hombre-. Pero no es nada agradable.

Espere. En mi mente se agolparon imagenes de la guerra: barro, sol, sangre y muerte. «Eso es», pense. Nolan dijo las mismas palabras en voz alta:

– Eso es lo que esperaba. Eso es.

Paso una hora. Dos. Continuamos esperando. Los policias salian en equipos; oia crepitar sus radios mientras coordinaban sus posiciones con los helicopteros que daban vueltas en lo alto.

Otros treinta minutos.

– Diablos, nunca van a pescar a ese tipo.

La situacion cambio de repente: oi que un policia gritaba a una unidad de operaciones especiales que estaba descansando: «?Es el!» Los hombres se pusieron de pie de un salto y empunaron sus armas. Porter maldecia.

– Joder, tengo que ir alli, tengo que conseguir una buena foto.

Nolan aferro mi brazo, pero no para detenerme sino para tranquilizarse.

Entonces, al igual que en el apartamento del asesino, el ambiente se relajo.

– ?Que ocurre? -pregunto Nolan.

No hubo respuesta. Intente preguntarselo a algunos de los policias, pero sacudieron la cabeza. Martinez y Wilson se habian marchado, y tambien el medico forense. Seguimos esperando al borde del pantano. Transcurrieron otros treinta minutos. El tiempo parecia estirarse como el cuero: correoso, no elastico.

Vi que un bote con dos agentes uniformados se dirigia a la orilla. Sus trajes especiales estaban ennegrecidos por el sudor y el lodo. Uno de ellos nos miro y condujo la pequena fueraborda hacia nosotros.

– ?Es usted Anderson? -grito, desde cierta distancia. Asenti.

– Suba. Los detectives lo necesitan. El cadaver esta a un kilometro mas o menos.

– ?Cadaver? -pregunto Nolan.

El policia no respondio. Volvio a poner en marcha el motor. Los tres nos apinamos al frente; los asientos de metal quemaban.

– No logro entenderlo -dijo el policia mientras hacia virar el bote-. No pudo haber llegado a nado desde donde dejo el bote hasta donde esta ahora.

Maniobro para esquivar una masa de malezas y troncos. A mi derecha, una bandada de garcetas levanto el vuelo. Recorde la descripcion que habia hecho el asesino de su cuarta victima, la mujer, cerca de los Glades. Nosotros estabamos internandonos mucho mas, hacia un lugar mucho mas oculto.

– Vera -prosiguio el policia-, no se puede nadar en medio de toda esta mierda. Te enredas en las malezas y te hundes. Las serpientes pueden matarte. Los caimanes… ?Eh, miren alli!

Me di la vuelta y divise un caiman de un metro ochenta de largo que reptaba entre las matas…

– ?Les gustaria verselas con ese bicho en la oscuridad? A mi no.

Porter tomaba fotografias.

Tras doblar una curva en el pequeno canal vi un promontorio que sobresalia del agua, un islote de barro y arbustos. Habia algunos policias en la orilla, en el centro estaban Martinez y Wilson junto con el forense. No alcance a distinguir lo que examinaban.

– Lo han avistado desde el helicoptero -dijo el policia-. Habria sido imposible verlo desde el agua, aunque pasaramos justo al lado.

El bote toco fondo.

– Fin del recorrido -anuncio el policia.

Baje y me hundi unos tres centimetros en el barro. Martinez nos hizo senas de que nos acercaramos.

No percibi el hedor hasta que estuvimos casi encima del cadaver, gracias a un ligero cambio en la direccion de la brisa. Por un segundo pense que iba a vomitar; luego la sensacion paso y quedamos inmersos en el horrible olor dulzon de la muerte. Pense por un instante en la casa de Miami Beach. Wilson advirtio en mi rostro el efecto del olor y le dijo algo al medico forense. Ambos rieron, pero yo no capte el chiste. Martinez fue el primero en hablar.

– Echale un vistazo -dijo.

El forense estaba encendiendo su pipa y seguia mis movimientos con la mirada.

– ?Un vistazo a que?

– Aqui -dijo Wilson, senalando algo a sus pies-. No es una vision agradable.

Me acerque a los tres hombres y observe la figura en el suelo.

A primera vista costaba creer que habia sido un hombre. La carne se habia vuelto blanca y pastosa, como un pescado que se deja demasiado tiempo en el horno. Tenia los parpados abiertos, pero los globos oculares habian desaparecido. La piel parecia estirada, agrietada y quemada en los bordes por el sol. La mitad inferior de la cara del hombre estaba destrozada; donde debia estar la mandibula, sobresalian algunos huesos mellados. La parte posterior del craneo habia volado en pedazos. Me aparte, asqueado.

– Miralo bien -dijo Wilson.

Tome aliento y eche un nuevo vistazo. El cadaver estaba vestido con botas militares especiales para la selva, hechas de lona y goma. Los pantalones vaqueros se habian destenido bajo el sol. Tenia manchas de sangre seca en la camiseta, a la altura del pecho.

– ?Que se supone que debo ver? -pregunte.

Martinez senalo algo y vi la pistola. La 45 de metal gris destello al sol por un instante, iluminando la maleza verde y pardusca. La automatica se hallaba a pocos centimetros de la mano extendida del cadaver, como si la hubiese dejado caer en el momento de la muerte.

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