oracion.
– Exacto. Excelente. ?Lo ve? Ya vamos progresando. Animese, senor Petrel. Y saque provecho de lo que el hospital le ofrece. -Se levanto y asintio en direccion del auxiliar-. Muy bien, senor Moses, ya puede liberar al senor Petrel. Acompanelo a la unidad, dele algo de ropa y muestrele la sala de actividades.
– Si, senor -contesto el auxiliar con vehemencia militar.
Gulptilil salio de la celda de aislamiento, y el auxiliar empezo a desabrocharle la camisa de fuerza y a descruzarle las mangas hasta dejarlo libre. Francis se estiro con torpeza y se froto los brazos, como si quisiera devolver algo de energia y vida a las extremidades que habian estado sujetas con tanta firmeza. Puso los pies en el suelo y se levanto inseguro. Noto una sensacion de mareo y el auxiliar lo agarro del hombro para impedir que se cayera. Se sintio un poco como un nino que da sus primeros pasos, solo que sin la misma sensacion de alegria y logro, provisto nada mas que de duda y miedo.
Siguio a Moses por el pasillo de la tercera planta del edificio Amherst. Habia media docena de celdas acolchadas, con un sistema de doble llave y ventanitas de observacion. No sabia si estaban ocupadas o no, excepto una, pues al pasar oyo tras la puerta cerrada un torrente de palabrotas apagadas que desemboco en un grito largo y doloroso. Una mezcla de agonia y odio. Se apresuro a seguir el ritmo del corpulento auxiliar, que no parecio inmutarse al oir ese grito desgarrador y siguio bromeando sobre la distribucion del edificio y su historia mientras cruzaban una serie de puertas dobles que daban a una amplia escalera central. Francis apenas recordaba haber subido esos peldanos dos dias antes, en lo que le parecia un pasado distante y cada vez mas fugaz, cuando todo lo que pensaba sobre su vida era totalmente diferente.
El diseno del edificio le parecio a Francis tan demencial como sus ocupantes. Los pisos superiores tenian oficinas que lindaban con trasteros y celdas de aislamiento. En la planta baja y en el primer piso, habia dormitorios amplios, repletos de sencillas camas metalicas, con algun que otro arcon para guardar pertenencias. Dentro de los dormitorios habia pequenos aseos y duchas, con compartimientos que, como vio de inmediato, no proporcionaban demasiada intimidad. Habia otros banos en los pasillos, repartidos por la planta, con la palabra HOMBRES o MUJERES senalada en las puertas. En una concesion al pudor, las mujeres se alojaban en un extremo del pasillo y los hombres en el otro. Un amplio puesto de enfermeria separaba las dos areas. Estaba rodeado de rejilla metalica, con una puerta igualmente metalica y cerrada con llave. Todas las puertas tenian dos, a veces tres, cerrojos dobles que se abrian desde el exterior; una vez cerradas, era imposible que alguien las abriera desde dentro, a menos que tuviera llave.
La planta baja tenia una gran zona abierta, la principal sala de estar comun, asi como una cafeteria y una cocina lo bastante grande para preparar y servir comidas a los ocupantes del edificio tres veces al dia. Tambien habia varias habitaciones pequenas, que se usaban para las sesiones de terapia de grupo. Por todas partes habia ventanas que llenaban de luz el edificio, pero cada una de ellas tenia una contraventana de barrotes y tela metalica cerrada con llave por la parte exterior, de modo que la luz del dia penetraba a traves de un entramado y proyectaba unas extranas sombras con forma de rejilla sobre el suelo pulido o las relucientes paredes blancas. Habia puertas que parecian situadas al tuntun, en ocasiones cerradas con llave, de modo que Moses tenia que usar el grueso llavero que llevaba colgado del cinturon, pero otras veces estaban abiertas y solo habia que empujarlas. Francis no consiguio descifrar que principio regia el cierre de las puertas con llave.
Penso que era una prision de lo mas curiosa.
Estaban recluidos pero no encarcelados. Sujetos pero no esposados.
Como Moses y su hermano pequeno, con quien se cruzaron en el pasillo, las enfermeras y los ayudantes vestian ropa blanca. Tambien se cruzaron con algun que otro medico, asistente social o psicologo. Estos llevaban chaquetas y pantalones informales, o vaqueros. Francis observo que casi todos llevaban sobres, tablillas y carpetas marrones bajo el brazo, y que todos parecian andar por los pasillos con decision y sentido de la orientacion, como si al tener una tarea especifica entre manos pudieran diferenciarse de los pacientes.
Estos abarrotaban los pasillos. Habia grupos apinados, mientras que algunos permanecian huranamente solos. Muchos lo miraron con recelo al pasar. Algunos lo ignoraron. Nadie le sonrio. Apenas tuvo tiempo de observarlos mientras seguia el paso rapido impuesto por Moses. Solo vio una especie de reunion variopinta y desordenada de gente de todas las edades y condiciones. Pelos que parecian explotar del craneo, barbas que colgaban alborotadas como las que se veian en fotografias descoloridas de un siglo atras. Parecia un lugar de contradicciones. Habia miradas alocadas que se fijaban en el y lo evaluaban al pasar, y tambien, en contraste, miradas apagadas y huidizas que se volvian hacia la pared y evitaban el contacto. Oia palabras y fragmentos de conversacion mantenida con otros o con un yo interno. Algunos pacientes llevaban camisones y pijamas holgados del hospital y otros vestian prendas mas de calle, unos lucian albornoces o batas y otros vaqueros y camisas de cachemir. Todo era un poco incongruente, desbaratado, como si los colores no estuvieran seguros de cual combinaba con cual, o las tallas no existieran: camisas demasiado holgadas, pantalones demasiado ajustados o demasiado cortos. Calcetines dispares. Rayas junto con cuadros. En casi todas partes se respiraba un olor acre a humo de cigarrillo.
– Hay demasiada gente -comento Moses cuando se acercaban a un puesto de enfermeria-. Tenemos unas doscientas camas, pero hay casi trescientas personas. Deberian haberse dado cuenta de eso, pero no, todavia no.
Francis no respondio.
– Pero tenemos una cama para ti -anadio Moses, y se detuvo al llegar al puesto-. Estaras bien. Buenos dias, senoras -saludo. Dos enfermeras de blanco situadas en su interior se volvieron hacia el-. Estais preciosas esta manana.
Una era mayor, de cabello canoso y una cara demacrada y arrugada que aun asi esbozo una sonrisa. La otra era una negra fornida, mucho mas joven que su companera, que resoplo su respuesta como una mujer harta de oir palabras bonitas que se las lleva el viento.
– Tan adulador como siempre. A ver, ?que necesitas ahora? -dijo en un tono entre bronco y burlon que arranco sonrisas socarronas a ambas mujeres.
– Solo trato de imprimir algo de alegria y felicidad a nuestras vidas -replico el auxiliar-. ?Que mas puedo necesitar?
Las enfermeras soltaron una carcajada.
– No hay ningun hombre que no busque algo mas -aseguro la enfermera negra.
– Acabas de decir una verdad como un templo, amiga mia -anadio la enfermera blanca.
Moses tambien rio, mientras Francis se sentia incomodo de repente, ya que no sabia que hacer.
– Me gustaria presentaros al senor Francis Petrel, que estara con nosotros. Pajarillo, esta joven tan guapa es la senorita Wright, y su encantadora companera, la senorita Winchell. -Les entrego el expediente-. El medico le ha recetado unos medicamentos, nada del otro mundo.
– ?Que opinas, Pajarillo? -dijo a Francis-. ?Crees que el medico puede haberte recetado una taza de cafe por la manana y una cerveza y un plato de pollo frito y pan de maiz al acabar la jornada? ?Crees que es eso lo que te receto?
Francis se quedo sorprendido, y el auxiliar anadio:
– Solo estoy bromeando. No hablo en serio.
Las enfermeras echaron un vistazo al expediente y lo dejaron junto a un monton que habia en una esquina de la mesa. Winchell, la mayor, alargo la mano bajo el mostrador y saco una pequena maleta de tela escocesa, de las baratas.
– Su familia dejo esto para usted, senor Petrel -dijo, y la paso por la ventanilla de la rejilla metalica. Se volvio hacia el auxiliar-. Ya la he registrado.
Francis tomo la maleta y contuvo el impulso de echarse a llorar. La habia reconocido al instante. Se la habian regalado unas Navidades, cuando era pequeno, y como no habia viajado nunca, la habia usado siempre para guardar cosas especiales o inusuales. Una especie de lugar secreto portatil para los objetos que habia coleccionado durante la ninez, porque cada uno de ellos era, a su propio modo, una especie de viaje en si mismo. Una pina recogida un otono, unos soldaditos de juguete, un libro de poesia infantil que no habia devuelto a la biblioteca local. Las manos le temblaron al recorrer la tela hasta tocar el asa. La cremallera de la maleta estaba abierta, y vio que todo lo que habia contenido en su dia habia desaparecido, sustituido por parte de su ropa. Supo de inmediato que habian vaciado todo lo que habia guardado en esa maleta y lo habian tirado. Era como si sus padres hubieran puesto en ella la poca opinion que tenian de su vida y se la hubieran mandado para enviarlo lejos tambien a el. Le temblo el labio inferior y se sintio total y absolutamente solo.
