El mundo a mi alrededor parecia silencioso y tranquilo. Ni siquiera se oia el llanto lejano de algun nino en el piso de los Santiago. Al otro lado de la ventana estaba muy oscuro. Una noche tan densa como un telon. Intente captar el ruido del trafico, pero hasta eso se oia apagado. Ningun motor potente de algun camion al pasar. Me mire las manos y pense que faltarian un par de horas para el alba. Peter me dijo una vez que la ultima oscuridad de la noche antes del amanecer es la hora en que muere mas gente.

La hora del angel.

Me levante, cogi el lapiz y empece a dibujar. En unos minutos tenia a Peter tal como lo recordaba. Despues, me dispuse a dibujar a Lucy a su lado. Queria plasmar una belleza pura, asi que hice un poco de trampa con la cicatriz de su cara. La dibuje un poco mas pequena de lo que era. Pasados unos cuantos instantes, los tenia conmigo, tal como los recordaba de esos primeros dias. No como acabamos siendo despues.

Lucy Jones no encontraba un atajo que la acercara al hombre que buscaba. Por lo menos, ninguno sencillo y evidente, como una lista de pacientes que hubieran tenido claramente la ocasion de cometer los cuatro asesinatos. Asi que permitio que el doctor Gulptilil la acompanara de un edificio a otro, y en cada uno de ellos repaso la relacion de pacientes. Elimino a todos los que sufrian demencia senil y examino con criterio la lista de retardados mentales. Tambien suprimio de su creciente lista a los que llevaban mas de cinco anos en el hospital. Admitia que eso era una mera suposicion por su parte, pero creia que quienes hubieran pasado tanto tiempo en el centro estarian tan atiborrados de farmacos antipsicoticos y tan constrenidos por la locura que les seria dificil manejarse fuera del hospital. Estaba convencida de que el angel era una persona con capacidad para desenvolverse en ambos mundos.

Se percato de que no podia eliminar a los miembros del personal. El problema en ese aspecto seria conseguir que el director medico le entregara los expedientes de los empleados, para lo que necesitaria alguna prueba que sugiriera que un medico, una enfermera o un auxiliar estaba relacionado con el crimen. Mientras caminaba junto al pequeno medico indio, no escuchaba la perorata de este sobre las virtudes de los centros como el Western, sino que se preguntaba como proceder.

En Nueva Inglaterra, a finales de primavera, las tardes estan envueltas en penumbra, como si el mundo dudara sobre sustituir el frio y humedo invierno por el verano. Unas brisas calidas del sur empujadas por corrientes de aire mas altas se mezclan con otras frias procedentes de Canada. Ambas sensaciones son como inmigrantes inoportunos en busca de un nuevo hogar. Lucy adquirio conciencia de las sombras que cubrian los terrenos del hospital y avanzaban inexorablemente hacia los edificios. Tenia frio y calor a la vez, una sensacion parecida a la fiebre.

Tenia mas de doscientos cincuenta posibles sospechosos en la serie de listas que habia elaborado en cada edificio, y le preocupaba haber descartado unos cien nombres quiza demasiado deprisa. Ademas, habria unos veinticinco o treinta posibles sospechosos entre el personal, pero aun no podia abordar ese tema, porque sabia que perderia el apoyo del director medico, cuya ayuda todavia necesitaba.

Mientras se dirigian al edificio Amherst, se percato de que no habia oido ningun ruido ni ningun grito en las unidades por las que habian pasado. O tal vez si pero no los habia registrado. Tomo nota mental de ello, y penso lo rapido que el mundo del hospital convertia lo extrano en rutina.

– He leido un poco sobre la clase de hombre que esta buscando -dijo Gulptilil mientras cruzaban el patio interior. Sus pasos resonaban contra el pavimento. Lucy vio que un guardia de seguridad estaba cerrando la verja de hierro de la entrada-. Es interesante comprobar la escasa bibliografia medica dedicada a este tipo de asesino. Hay muy pocos estudios serios. Las autoridades policiales estan intentando elaborar perfiles pero, en general, no se han tenido en cuenta las ramificaciones psicologicas, los diagnosticos y los tratamientos indicados para esa clase de personas. Tiene que comprender, senorita Jones, que a la comunidad psiquiatrica no le gusta perder el tiempo con psicopatas.

– ?Y eso por que, doctor?

– Porque no pueden tratarse.

– ?En absoluto?

– En absoluto. Por lo menos, no el psicopata clasico. No responde a la medicacion antipsicotica como un esquizofrenico, ni como un bipolar, un obsesivo-compulsivo, un depresivo clinico u otro. Eso no significa que el psicopata no tenga una enfermedad identificable medicamente, al contrario. Pero su falta de humanidad, supongo que esta es la mejor manera de expresarlo, lo situa en una categoria escurridiza. Los psicopatas no responden a los tratamientos, senorita Jones. Son deshonestos, manipuladores, a menudo muy presuntuosos y extremadamente seductores. Siguen impulsos propios, ajenos a las convenciones de la vida y la moralidad. Debo anadir que son aterradores. Unos individuos muy inquietantes cuando se entra en contacto clinico con ellos. El astuto psiquiatra Hervey Cleckley ha publicado un interesante libro sobre esa clase de casos. Estaria encantado de prestarselo, puede que sea la mejor obra sobre estos psicopatas, pero le resultara una lectura de lo mas angustiante, porque las conclusiones sugieren que no podemos hacer gran cosa. Desde el punto de vista clinico, me refiero.

Se detuvieron frente al edificio Amherst y el medico ladeo la cabeza como para escuchar mejor. Un grito agudo rasgo el aire, procedente de uno de los edificios contiguos.

– ?Cuantos de sus pacientes han sido diagnosticados como psicopatas?-pregunto ella.

– Ah, una pregunta que habia previsto -dijo el medico a la vez que meneaba la cabeza.

– ?Y la respuesta es?

– Los tratamientos que ofrecemos aqui no serian adecuados para una persona con ese diagnostico. Ni tampoco la atencion residencial de larga duracion, la prolongada medicacion psicotropica, ni siquiera los programas mas radicales que, de vez en cuando, administramos, como la terapia electro convulsiva. Tampoco resultan utiles formas tradicionales de tratamiento como la psicoterapia -anadio con esa risita suya algo arrogante que Lucy ya encontraba irritante-. Ni siquiera el psicoanalisis clasico. No, senorita Jones, el Hospital Estatal Western no es lugar para un psicopata. Su lugar es la carcel, que es donde suelen estar.

– Pero eso no significa que aqui no pueda haber alguno, ?verdad? -repuso Lucy tras dudar un momento.

14

Esa noche, Lucy se dirigio a su pequena habitacion del primer piso de la residencia de las enfermeras en practicas. Era uno de los edificios mas sombrios del hospital, aislado en un rincon, cerca de la central de calefaccion y suministro electrico con su zumbido constante y su columna de humo, y con vistas al reducido cementerio del hospital. Se trataba de un bloque cuadrado de tres plantas, cubierto de hiedra, con unas gruesas columnas doricas blancas en el portico delantero. Habia sido reformado a finales de los cuarenta y principios de los sesenta, de modo que su concepcion original como mansion suntuosa y elegante en la colina era cosa del pasado. Lucy cargaba con una caja de carton que contenia unas tres docenas de historias clinicas seleccionadas entre la lista de nombres que estaba reuniendo. Incluia las historias tanto de Peter como de Francis, que habia tomado en un descuido de Evans para satisfacer cierta curiosidad personal sobre lo que habia llevado a sus dos companeros al hospital psiquiatrico.

Su idea era familiarizarse con la informacion incluida en los expedientes para luego interrogar a los pacientes. De momento, no se le ocurria otro enfoque. No disponia de pruebas fisicas, aunque era consciente de que las habia en algun sitio. Un cuchillo, u otra arma afilada, como una navaja o un cuter. Tenia que haber mas prendas ensangrentadas y quizas un zapato con la suela aun manchada con la sangre de la enfermera. Y en algun sitio estaban las cuatro falanges cercenadas.

Habia llamado a los detectives que detuvieron a Larguirucho por ti habian averiguado algo al respecto. Pero no era el caso. Uno creia que las falanges habian sido lanzadas al retrete. El otro sugirio que a lo mejor Larguirucho se las habia tragado.

– Despues de todo, ese tio esta como una cabra -sentencio el detective.

Lucy tuvo la impresion de que no estaban demasiado interesados en plantearse alternativas.

– Vamos, senorita Jones -habia comentado el otro detective-. Tenemos al culpable. Y un caso para el fiscal, salvo por el hecho de que esta loco.

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