La caja pesaba lo suyo, y se la apoyo en la rodilla para abrir la puerta. Todavia tenia que descubrir algun indicio de alguna clase de conducta reveladora. Dentro del hospital, todos eran extranos. Era un mundo ajeno a la razon. En el mundo normal siempre habia algun vecino que observaba un comportamiento extrano. O un companero de trabajo que veia esto o aquello. Quizas un familiar que sospechaba ciertas cosas. Pero ahi era distinto. Tenia que descubrir nuevas vias. Se trataba de ser mas lista que el asesino que ella creia oculto en el hospital. En ese juego, estaba segura de salir victoriosa. No le parecia demasiado dificil superar tacticamente a un demente. O a un hombre que se hacia pasar por demente. En definitiva, el problema era saber como definir los parametros del juego.
Mientras subia la empinada escalera despacio, peldano a peldano, sintiendo la misma clase de agotamiento que tras una enfermedad larga y debilitante, penso que, cuando estuvieran establecidas las normas, venceria. Le habian ensenado que todas las investigaciones eran, en el fondo, iguales: una escena previsible interpretada en un escenario definido. Era asi cuando se trataba de alguna empresa evasora de impuestos o de buscar a un atracador de bancos, un pornografo infantil o un estafador. Una cosa enlazaba con otra, y eso conducia a una tercera, hasta que todo el rompecabezas, o por lo menos el suficiente, resultaba visible. Las investigaciones infructuosas, que todavia le eran ajenas a Lucy, eran la consecuencia de que uno de esos enlaces estuviera oculto, y de que ese vacio fuera aprovechado por el delincuente. Resoplo y se encogio de hombros. Se dijo que era fundamental crear la presion necesaria para que el hombre al que llamaban «el angel» cometiera algun error.
Seguro que cometeria alguno.
Lo primero era buscar pequenos actos violentos en los expedientes. No creia que un hombre capaz de aquellos asesinatos pudiera esconder del todo una propension a la ira, ni siquiera en aquel hospital.
Se dijo que habria algun indicio. Un arrebato. Una amenaza. Un estallido. Solo necesitaba reconocerlo al verlo. En el mundo peculiar de aquel hospital psiquiatrico, alguien tenia que haber visto algo que no encajara en ninguno de los modelos de conducta aceptables.
Tambien estaba segura de que, cuando empezara a hacer preguntas, encontraria respuestas. Lucy tenia gran confianza en su habilidad para repreguntar hasta alcanzar la verdad. En ese momento no se planteaba la diferencia entre hacer la misma pregunta a una persona cuerda y a una demente.
La escalera le recordo a algunas residencias de Harvard. Sus pasos resonaban en los peldanos, y de pronto fue consciente de que estaba sola en un espacio confinado y solitario. Un recuerdo espantoso se apodero de ella y contuvo el aliento. Exhalo despacio, como si de esa manera pudiese expulsar el mal recuerdo. Miro un instante alrededor pensando que ya habia vivido antes esa situacion. No habia ventanas y no llegaba ningun sonido del exterior. En el hospital se habia habituado a una cacofonia constante. Gemidos, gritos y murmullos.
Se dijo que el silencio era tan inquietante como un grito.
Se detuvo en seco y el eco de sus pasos se desvanecio. Escucho el sonido aspero de su propia respiracion. Espero hasta que un silencio total la envolvio. Se inclino sobre la barandilla de hierro y miro arriba y abajo para asegurarse de que estaba sola. No vio a nadie. La escalera estaba bien iluminada y no habia sombras donde esconderse. Espero un momento mas para superar la sensacion claustrofobica que la invadia. Era como si las paredes se hubieran acercado. Hacia un frio que le hizo pensar que la calefaccion no llegaba a esa zona, y se estremecio. Pero de repente noto sudor bajo los brazos.
Sacudio la cabeza, como si un movimiento energico pudiese acabar con aquella sensacion desagradable. Atribuyo el sudor de la palma de las manos al nerviosismo. Se tranquilizo pensando que ser una de las pocas personas cuerdas en aquel lugar probablemente la hiciera sentirse nerviosa y que solo habia revivido la acumulacion de todo lo que habia visto y sentido los primeros dias.
De nuevo, exhalo despacio. Movio el pie por el suelo provocando un chirrido, como si quisiera oir algo corriente y rutinario.
Pero el ruido que hizo le erizo la piel.
El recuerdo la abrasaba, como el acido.
Trago con fuerza y se recordo que tenia por norma no pensar en lo que le habia pasado hacia tantos anos. No ganaba nada con recordar el dolor, evocar el miedo o revivir una herida tan profunda. Recordo el mantra que habia adoptado despues de ser atacada: Solo sigues siendo una victima si lo permites. Sin darse cuenta, intento llevarse la mano a la cicatriz de la mejilla, pero el bulto de la caja la detuvo. Notaba donde habia sido lastimada, como si la cicatriz le pulsara, y recordo la sensacion tensa de los puntos en la sala de urgencias, cuando el cirujano le cosia la piel rasgada. Una enfermera la habia tranquilizado mientras dos detectives, un hombre y una mujer, esperaban al otro lado de una cortina blanca a que los medicos le atendiesen las heridas evidentes, las que sangraban, despues vendarian las mas dificiles, que eran internas. Habia sido la primera vez que habia oido la expresion «kit de violacion», pero no la ultima, y en los anos siguientes las conoceria tanto a nivel profesional como personal. Exhalo otra vez, despacio. La peor noche de su vida habia empezado en una escalera muy parecida a esa, pero al punto descarto ese espantoso pensamiento.
«Estoy sola -se recordo-. Totalmente sola.»
Apreto los dientes atenta a cualquier sonido, y siguio hasta la puerta de su habitacion, la antigua habitacion de Rubita, que estaba junto a esa escalera. Gulptilil le habia dado una llave, y dejo la caja en el suelo para sacarsela del bolsillo.
Fue a introducirla en la cerradura pero se detuvo.
La puerta estaba abierta, y se deslizo unos centimetros.
Lucy retrocedio de golpe, como si la puerta estuviera electrificada.
Volvio la cabeza a derecha e izquierda y se inclino un poco para intentar ver u oir algo revelador de que alli habia alguien. Pero de repente sus ojos parecian ciegos y sus oidos sordos. Sopeso con rapidez la informacion de todos sus sentidos, que le enviaban mensajes de advertencia.
Vacilo.
Los tres anos que habia pasado en la seccion de delitos sexuales de la oficina del fiscal del condado de Suffolk le habian ensenado mucho. Durante su rapido ascenso hasta ocupar el cargo de ayudante jefe de la seccion, se habia sumergido en un caso tras otro y seguido todos los detalles de los delitos atroces. La persistencia del delito habia creado en su interior una especie de mecanismo diario de comprobacion, en que hasta el ultimo acto de su existencia tenia que contrastarse con ciertas partes: «?Sera este el pequeno error que dara una oportunidad a alguien?» En un sentido mas concreto, eso significaba que era consciente de que no debia caminar sola por un estacionamiento a oscuras ni abrir la puerta a un desconocido. Significaba mantener las ventanas cerradas, estar alerta y siempre en guardia, y a veces empunar la pistola que la oficina del fiscal le autorizaba a tener. Tambien significaba no repetir los inocentes errores cometidos una terrible noche cuando aun era estudiante de derecho.
Se mordio el labio inferior. Tenia el arma enfundada dentro del bolso, en la habitacion.
Escucho de nuevo y se dijo que todo estaba bien, aunque el irracional terror que sentia lo negaba. Volvio a dejar la caja con los expedientes en el suelo y la empujo con suavidad hacia un lado. Su instinto le gritaba advertencias.
Las ignoro y alargo la mano hacia el pomo, pero se detuvo al tocar el metal.
Retrocedio respirando despacio.
Hablo consigo misma, como si eso fuera a imprimir mas consistencia a su pensamiento: «La puerta estaba cerrada y ahora esta abierta. ?Que vas a hacer?»
Retrocedio otro paso. De pronto, se volvio y echo a andar deprisa por el pasillo. Lanzaba miradas a derecha e izquierda, con los oidos atentos. Apreto el paso, casi corriendo, y sus zapatos resonaban quedamente en la moqueta. Las demas habitaciones de ese piso estaban cerradas y silenciosas. Llego al final del pasillo y empezo a bajar a toda velocidad la escalera, respirando con fuerza mientras sus pies tamborileaban sobre los peldanos. La escalera era identica a la que habia subido unos minutos antes por el otro extremo del pasillo. Abrio una pesada puerta y oyo voces. Avanzo hacia ellas y se encontro con tres mujeres jovenes, junto a la entrada de la planta baja. Llevaban el uniforme blanco de enfermera debajo de rebecas de distintos tonos, y alzaron los ojos sorprendidas.
– Perdonen… -dijo Lucy con ademanes algo exagerados tras recuperar el aliento.
Las tres enfermeras la miraron.
– Lamento interrumpirlas -se disculpo-. Soy Lucy Jones, la fiscal que esta aqui para…
– Sabemos quien es, senorita Jones, y por que esta aqui-la interrumpio una de las enfermeras. Era una mujer
