alta, de raza negra, con los hombros atleticos y pelo oscuro-. ?Se encuentra bien?

Lucy asintio, e inspiro para serenarse.

– No estoy segura -dijo-. Me he encontrado con la puerta de mi habitacion abierta, pero estoy segura de que esta manana, cuando sali para el edificio Amherst, la cerre con llave…

– Eso no es normal -dijo otra enfermera-. Aunque el encargado de mantenimiento o el servicio de limpieza hubieran entrado, tienen que cerrar al salir. Es la norma.

– Lo siento -comento Lucy-, pero estaba sola alla arriba y…

– Todos estamos un poco nerviosos, senorita Jones -asintio la primera enfermera, comprensiva-, a pesar de la detencion de Larguirucho. Esta clase de cosas no pasan en el hospital. ?Que le parece si la acompanamos a la habitacion y echamos un vistazo?

– Gracias -dijo Lucy tras suspirar-. Son muy amables. Se lo agradeceria mucho.

Las cuatro mujeres subieron las escaleras, un poco como un grupo de zancudas chapoteando en un lago a primera hora de la manana. Las enfermeras seguian hablando, cotilleando en realidad, sobre un par de medicos que trabajaban en el hospital, y bromeando sobre el aspecto de comadrejas de los abogados que habian llegado esa semana para una ronda de vistas cuasi judiciales. Lucy iba a la cabeza, y se dirigio con rapidez hacia la puerta.

– Se lo agradezco mucho -repitio, y guio el pomo.

La puerta temblo un poco pero no se abrio.

Volvio a empujar.

Las enfermeras la miraron con cierta extraneza.

– Estaba abierta -dijo Lucy-. Se lo aseguro.

– Ahora parece cerrada -comento la enfermera negra.

– Estoy segura de que estaba abierta. Sujete el pomo con la mano, y al ir a meter la llave la puerta se abrio unos centimetros -explico Lucy. A su voz, sin embargo, le falto conviccion. De repente dudaba.

Se produjo una pausa incomoda hasta que Lucy saco la llave del bolsillo, la metio en la cerradura y abrio la puerta. Las tres enfermeras seguian detras de ella.

– ?Entramos y echamos un vistazo? -sugirio una.

Lucy empujo la puerta y entro en la habitacion. Acciono el interruptor de la lampara del techo y el reducido espacio se ilumino. Era un dormitorio estrecho, tan austero como el de un convento, con las paredes desnudas, una comoda robusta, una cama individual y un pequeno escritorio con una silla. Su maleta seguia abierta en medio de la cama, sobre una colcha de pana roja, la unica salpicadura de color vivo en la habitacion. Todo lo demas era marron o blanco, como las paredes. Ante las tres enfermeras, Lucy abrio el pequeno armario de la pared y observo su interior, vacio. Comprobo despues el pequeno cuarto de bano. Incluso miro bajo la cama. Luego se levanto, se sacudio la falda y se volvio hacia las tres enfermeras.

– Lo siento -dijo-. Estoy segura de que la puerta estaba abierta, y tuve la sensacion de que habia alguien dentro. Les he ocasionado molestias y…

Las tres mujeres menearon la cabeza.

– No tiene por que disculparse -dijo la enfermera negra.

– No me estoy disculpando -replico Lucy-. La puerta estaba abierta y ahora esta cerrada. -Pero en el fondo no estaba segura de que fuera cierto.

Las enfermeras guardaron silencio hasta que una se encogio de hombros y dijo:

– Como comente antes, todos estamos nerviosos. Es mejor asegurarse que lamentarse. -Las otras dos asintieron-. ?Esta bien?

– Si. Muy bien. Gracias por su interes -dijo Lucy con cierta frialdad.

– Bueno, si vuelve a necesitar ayuda, pidala a quien sea. No dude en hacerlo. En momentos como este lo mejor es fiarse de la intuicion. -No explico a que se referia con «momentos como este».

Lucy cerro la puerta cuando se marcharon. Se volvio y se apoyo contra ella un poco avergonzada. Miro alrededor y penso: «No te equivocaste. Aqui habia alguien. Alguien te estaba esperando.»

Miro su maleta y su bolso. «O alguien estaba simplemente echando un vistazo.» Se acerco a la escasa ropa y los articulos de tocador que habia llevado consigo e intuyo que faltaba algo. No sabia que, pero sabia que se habian llevado algo de su habitacion.

Fuiste tu, ?verdad?

Ahi, en ese momento, intentaste decirle a Lucy algo importante sobre ti, pero ella no lo capto. Era algo fundamental y algo aterrador, mucho mas aterrador que lo que pudo sentir al cerrar la puerta de su habitacion. Todavia pensaba como una persona normal, y eso era perjudicial para ella.

Peter el Bombero contemplaba el otro lado de la habitacion, cavilando sobre la tarea que tenia entre manos. La incertidumbre erosionaba sus pensamientos, y sentia la amargura que la indecision puede alimentar. Se consideraba un hombre decidido y las dudas lo incomodaban. Habia sido un impulso lo que lo animo a ofrecer sus servicios y los de Pajarillo a Lucy Jones, pero estaba seguro de que habia sido lo correcto. Sin embargo, su entusiasmo no habia contemplado el fracaso, y ahora se esforzaba por encontrar una forma de lograr su objetivo. En todo lo referente a la investigacion veia restricciones y limitaciones, y no sabia como podrian superarlas.

En el mundo de aquel hospital psiquiatrico se consideraba el unico pragmatista.

Suspiro. Era bien entrada la noche y estaba apoyado contra la pared con las piernas extendidas en la cama, escuchando los sonidos nocturnos. Penso que ni siquiera la noche concedia una tregua al dolor. Los pacientes eran incapaces de liberarse de sus problemas por muchos narcoticos que Tomapastillas les recetara. Eso era lo insidioso de la enfermedad mental; se necesitaba tanta fuerza de voluntad e intensidad de tratamiento para conseguir una mejoria que la tarea era casi titanica para la mayoria y practicamente imposible para algunos. Oyo un largo gemido de Francis. Le entristecia que su amigo se agitase en su sueno, porque aquel joven no se merecia el dolor que le acechaba en la oscuridad.

Trato de relajarse, pero no pudo. Se pregunto si, cuando cerraba los ojos, la misma agitacion se apoderaba de su sueno. Pero la diferencia entre el y los demas, incluido su joven amigo, era que el era culpable, mientras que ellos probablemente no.

De pronto, noto el olor denso y dulce de algun producto inflamable. La primera vaharada fue de gasolina; la segunda, de un liquido mas ligero con base de bencina.

Sorprendido, se levanto de la cama. La sensacion era tan fuerte que su primera reaccion fue la de dar la alarma, organizar a los hombres y sacarlos de alli antes de que se produjera el inevitable incendio. Imagino lenguas rojas y amarillas de fuego engullendo la ropa de cama, las paredes, el suelo. Imagino la horrible asfixia que provocaria el humo. La puerta estaba cerrada con llave, como todas las noches, y oyo gritos de socorro y golpes en las paredes. Se le tensaron todos los musculos y, con la misma rapidez, se le relajaron al inspirar y darse cuenta de que aquel olor era una alucinacion similar a las que asediaban a Francis o Nappy, o incluso a las particularmente espantosas que aquejaban a Larguirucho.

A veces creia que toda su vida estaba definida por olores. El tufo de cerveza y whisky que acompanaba a su padre, mezclado con el olor a sudor rancio y a veces el fuerte olor a diesel de la maquinaria pesada que arreglaba. Hundir la cabeza en su pecho significaba aspirar la peste de los cigarrillos que terminaron matandolo. Su madre, en cambio, siempre olia a manzanilla, en su intento de contrarrestar la aspereza de los detergentes que usaba para lavar la ropa que le encargaban. A veces, bajo el intenso aroma de los jabones que ella usaba, podia captar un tufillo a lejia. Olia mucho mejor los domingos, cuando se banaba y luego pasaba un rato horneando en la cocina, temprano, de modo que, con sus mejores galas para ir a misa, combinaba el aroma a pan recien hecho con la fragancia del champu, como si eso fuera lo que Dios queria. En la iglesia, con atuendo de monaguillo, el incienso a veces lo hacia estornudar. Recordaba todos esos aromas como si estuvieran con el en el hospital.

La guerra le habia aportado un mundo de olores totalmente nuevo. Las emanaciones de la vegetacion y el calor de la selva, la cordita y el fosforo blanco de los tiroteos. El hedor pegajoso del humo y el napalm a lo lejos, que se mezclaba con las esencias embriagadoras de los arbustos que lo rodeaban. Se acostumbro a la pestilencia de la sangre, los vomitos y los excrementos que tan a menudo se mezclaban con la muerte. Tambien habia los exoticos aromas culinarios de los pueblos por los que pasaban y los olores peligrosos de los pantanos y los campos inundados por los que avanzaban dificultosamente. Ademas, estaba el conocido olor acre de la marihuana

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