– Nadie quiere vestir de butano -dijo el sargento en voz baja-. Porque eso significa que el reloj de la vida ha empezado la cuenta atras.

Cowart se encamino hacia la jaula, pero el sargento lo retuvo por el hombro. Noto la fuerza en sus dedos.

– Se equivoca de camino. La sala de entrevistas esta ahi. Cuando alguien viene de visita, registramos al preso y hacemos una lista de todo lo que lleva: documentos, libros de derecho, lo que sea. Luego lo aislamos, alli mismo, antes de traerlo con usted. Al final, cuando queda todo dicho y hecho, invertimos el proceso. Se hace jodidamente eterno, pero es por seguridad, ya me entiende. Lo hacemos por nuestra propia seguridad.

Cowart asintio y fue conducido a la sala de entrevistas. Era una habitacion blanca, con una mesa de acero en medio y un par de viejas sillas marrones llenas de marcas. En una pared habia un espejo. En el centro de la mesa, un cenicero. Nada mas.

Senalo el espejo.

– ?Es de dos caras? -pregunto.

– En efecto -contesto el sargento-. ?Algun problema?

– No. Oiga, ?esta seguro de que esta es la suite para ejecutivos? -Se volvio hacia el sargento y sonrio-. Nosotros los tipos de ciudad estamos acostumbrados a mas comodidades.

Rogers solto una carcajada.

– Justo lo que pensaba. Perdone, pero esto es lo que hay.

– Ya esta bien -dijo Cowart-. Gracias.

Tomo asiento y espero a Ferguson.

A primera vista, el preso era un joven de unos veinticinco anos, metro ochenta y complexion menuda; no obstante, poseia una enganosa fuerza nervuda que le transmitio con su apreton de manos. Robert Earl Ferguson se habia remangado y lucia unos brazos fibrosos. Era delgado, de caderas estrechas y hombros de corredor de fondo, y con la gracia natural de un atleta en los andares. Llevaba el pelo corto. Su mirada era despierta, vivaz y penetrante; por un momento, Matthew Cowart tuvo la sensacion de que el preso lo estaba tanteando, juzgando, interpretando y grabando.

– Gracias por venir -dijo el preso.

– No hay de que.

– Lo habra -respondio Ferguson. Traia una pila de documentos legales que dispuso sobre la mesa. Cowart vio que le echaba una mirada al sargento Rogers, el cual asintio, se volvio y salio por la puerta, cerrandola de un golpe.

Cowart se sento, saco lapiz y papel, y coloco una grabadora en el centro de la mesa.

– ?Le importa? -pregunto.

– En absoluto.

– ?Por que me escribio? -quiso saber Cowart-. ?Y como sabia mi nombre?

El preso sonrio y se retrepo en la silla. Parecia curiosamente relajado para lo que deberia ser un momento critico.

– El ano pasado usted recibio un premio del Colegio de Abogados de Florida por sus editoriales contra la pena de muerte. Su nombre aparecio en el periodico de Tallahassee; me lo paso otro tipo del corredor. No me intimidaba que usted trabajara para el periodico mas importante e influyente del estado.

– ?Por que espero tanto para ponerse en contacto conmigo?

– Bueno, la verdad, confiaba que el tribunal de apelacion revocaria mi condena. Cuando vi que no era asi, contrate a un nuevo abogado, aunque contratar no es exactamente la palabra; me procure un nuevo abogado y empece a mostrarme mas agresivo respecto a mi situacion. Ya ve, senor Cowart, ni siquiera cuando me sentenciaron a muerte pensaba que iba conmigo. Todo me parecia un mal sueno o algo asi; como si fuera a despertar de un momento a otro para volver a la universidad. O como si alguien fuese a decirme: «?Eh, tu!, recoge tus cosas. Hemos cometido un error.» Por eso no pensaba con claridad. No sabia que hubiera que luchar tan duro para salvar la vida. No se puede confiar en el sistema.

«He aqui la primera cita de mi articulo», penso Cowart.

El preso se inclino hacia delante, puso las manos sobre la mesa y luego, con la misma rapidez, se reclino en la silla; asi podia gesticular con brevedad y precision, usando el movimiento para subrayar sus palabras. Tenia una voz suave y profunda, una voz que parecia transportar facilmente el peso de las palabras. Al hablar encorvaba los hombros, como empujado por la fuerza de sus convicciones. El efecto era instantaneo: reducia la salita al espacio entre ambos llenandolo de una especie de energia recalentada.

– Ya ve, pensaba que bastaria con ser inocente. Pensaba que asi funcionaban las cosas. Pensaba que no habia que hacer nada. Y entonces, cuando llegue aqui, empece a aprender, pero a aprender de verdad.

– ?A que se refiere?

– Bueno, los hombres del corredor de la muerte tenemos un sistema informal de pasarnos datos sobre abogados, apelaciones, o clemencia, como ustedes lo llaman. Mire, alli -senalo los principales edificios de la prision-, los reclusos piensan en lo que van a hacer cuando salgan en libertad. O tal vez piensan en huir, o en como aguantar la condena, en como sobrevivir aqui dentro. Se permiten el lujo de sonar con un futuro, aunque sea un futuro entre rejas. Siempre pueden sonar con la libertad. Y tienen el mayor don, el de la incertidumbre; no saben lo que la vida les deparara.

«Nosotros, no. Sabemos como vamos a acabar. Sabemos que llegara un dia en el que el estado nos metera dos mil quinientos voltios de electricidad en el cerebro. Sabemos que nos quedan cinco, tal vez diez anos. Es como llevar todo el tiempo un tremendo peso que luchas por arrastrar. A cada minuto que pasa piensas: ?he malgastado este tiempo? Cada noche piensas: otro dia que se va. Cada dia que amanece sabes que has perdido una noche mas. Ese peso que arrastras es la acumulacion de todos esos momentos que acaban de pasar, todas esas esperanzas que se desvanecen. Asi que ya ve, no tenemos las mismas inquietudes.

Ambos guardaron silencio un instante. Cowart oia su propia respiracion, como si acabara de subir corriendo un tramo de escaleras.

– Parece un filosofo.

– Todos los hombres del corredor de la muerte lo somos. Incluso los locos que no dejan de dar gritos y alaridos, o los tarados que apenas tienen idea de lo que les esta sucediendo. Son conscientes del peso. Los que tenemos un poco de formacion hablamos mejor, pero en el fondo somos todos iguales.

– ?Ha cambiado usted aqui?

– ?Y quien no?

Cowart asintio.

– Cuando mi apelacion inicial fue desestimada, algunos hombres que llevaban en el corredor cinco, ocho, tal vez diez anos, empezaron a hablarme de planear un futuro por mi cuenta. Soy joven, senor Cowart, y no queria pasarme el resto de mi vida aqui encerrado. Asi que consegui un abogado mejor y le escribi a usted. Necesito su ayuda.

– Ahora nos ocuparemos de eso.

Cowart no estaba seguro de que papel desempenar en la entrevista. Queria mantener cierta distancia profesional, pero desconocia hasta que punto. Habia tratado de imaginar como actuaria delante del preso, pero no lo habia logrado. Se sintio un poco idiota sentado frente a un hombre condenado por asesinato en una prision repleta de hombres que habian cometido los actos mas abominables, intentando hacerse el duro.

– Bien, ?por que no me habla un poco de usted? Por ejemplo, expliqueme como es que no habla como la gente de Pachoula.

Ferguson solto una risotada.

– Si quiere, puedo hacerlo. Mejor dicho zi quie le pueo habla com'el neglo mah paleto del pueblo… -Ferguson balanceo la silla como una mecedora. El lento acento de sus palabras parecio endulzar el aire enrarecido de la salita. De pronto se inclino bruscamente hacia delante y cambio de acento-: Eh, chupatintas, tambien te puedo soltar un rollo de chulo callejero, porque conozco esa puta mierda, ?vale, tio? -Y rapidamente volvio a asumir el papel del nervudo hombre serio que estaba sentado con los codos apoyados en la mesa, con voz normal y serena-. Y tambien puedo hablar como alguien que ha ido a la universidad y que se estaba forjando un futuro en la facultad de empresariales. Porque eso es tambien lo que era.

Cowart quedo desconcertado ante aquellos repentinos cambios. Parecian mas que simples variaciones de tono y acento. Los cambios de entonacion iban acompanados de alteraciones en el gesto y la expresion, de

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