manera que Robert Earl Ferguson se transformaba en la imagen que proyectaba con su voz.

– Impresionante -reconocio Cowart-. Tiene buen oido.

Ferguson asintio con la cabeza.

– Mire, los tres acentos reflejan mis tres origenes. Naci en Newark, Nueva Jersey. Mi madre era una criada. Cada dia a las seis de la manana solia hacer un largo recorrido de ida en autobus hasta los barrios residenciales y de vuelta por la noche, dia si, dia no, para limpiar las casas de los blancos. Mi padre estaba en el ejercito, y desaparecio cuando yo tenia tres o cuatro anos. De todas formas, no estaban casados. Luego, con siete anos, mi madre murio. Nos dijeron que habia sido un ataque de corazon, pero nunca lo supe a ciencia cierta. Solo se que un dia le costaba respirar y fue caminando al hospital, y esa fue la ultima vez que la vimos. Yo tuve que irme a Pachoula, a vivir con mi abuela. No tiene idea de lo que aquello representaba para un nino. Salir de aquel gueto e ir a parar a un lugar con arboles y rios y aire puro. Creia estar en el paraiso, aunque no tuvieramos agua corriente ni electricidad. Aquellos fueron los mejores anos de mi vida. Solia ir caminando a la escuela; de noche leia a la luz de las velas; comiamos los peces que yo pescaba en los arroyos. Era como vivir en el siglo pasado. Pensaba que nunca me marcharia de alli, hasta que mi abuela enfermo. Temia no poder cuidar de mi, asi que se decidio que regresara a Newark, donde viviria con mi tia y su nuevo marido. Ahi acabe el instituto para entrar en la universidad. Pero me encantaba visitar a mi abuela. En vacaciones solia viajar en el autobus nocturno de Newark a Atlanta, donde hacia transbordo al que se dirigia a Mobile, para luego tomar el que iba a Pachoula. Podia prescindir de la ciudad. De hecho, supongo que me consideraba un tipo de pueblo. Newark no me entusiasmaba. -Sacudio la cabeza y esbozo una sonrisa-. Esos malditos viajes en autobus -murmuro-. Ahi empezaron todos mis problemas.

– ?A que se refiere?

– Para cuando llegaba a mi destino, habian pasado casi treinta interminables y extenuantes horas. Aquello no me gustaba nada, por eso me compre el coche; un Ford Granada verde oscuro de segunda mano. Se lo compre a otro estudiante por mil doscientos pavos. Solo tenia unos cien mil kilometros de rodaje. Joder, me encantaba conducir aquel coche, pero… -La voz de Ferguson sonaba suave y ausente.

– Pero…

– De no haber sido por aquel coche, jamas me habrian detenido por ese crimen.

– Hableme de eso.

– Tampoco hay mucho que contar. La tarde del asesinato yo estaba en casa con mi abuela. Ella lo habria confirmado si alguien hubiera tenido el detalle de preguntarselo…

– ?Alguien mas le vio? ?Alguien que no fuera de la familia?

– No recuerdo a nadie. Solo estabamos ella y yo. Si va usted a verla, sabra por que. Vive en una vieja barraca a casi un kilometro del resto de las casuchas; en una calle humilde y polvorienta.

– Continue.

– Bueno, al poco rato de hallar el cuerpo de la nina, aparecieron dos detectives. Yo estaba en la entrada, lavando el coche. ?Me encantaba ver relucir aquella maquina! Alli estaba yo, a mediodia, hasta que llegaron ellos y me preguntaron que habia hecho un par de dias antes. Empezaron a mirarnos al coche y a mi, sin escuchar realmente mis palabras.

– ?Que detectives?

– Brown y Wilcox. Conocia a esos hijos de perra y sabia que me odiaban. Deberia haber imaginado que no eran de fiar.

– ?Por que le odiaban?

– Pachoula es un lugar pequeno. A algunos les gusta que todo siga igual, como suelen decir. Me refiero a que sabian que yo tenia un futuro; sabian que iba a ser alguien, y eso no les gustaba. Supongo que no les gustaba mi actitud.

– Continue.

– Me dijeron que necesitaban tomarme declaracion en comisaria; asi que fui con ellos sin rechistar. ?Joder! Si hubiera sabido entonces lo que se ahora… Pero ya ve, senor Cowart, no creia que tuviera nada que temer. Me dijeron que era por el caso de una persona desaparecida. No por asesinato.

– ?Y?

– Como le explique en mi carta, aquella fue la ultima vez que vi la luz del dia en treinta y seis horas. Me metieron en un cuartucho como este y me preguntaron si queria un abogado. Todavia no sabia lo que estaba ocurriendo, asi que conteste que no. Me entregaron un impreso con mis derechos constitucionales y me dijeron que lo firmara. ?Joder, que tonto fui! Deberia haber sabido que, cuando sientan a un negro en una de esas salas de interrogatorio, la unica manera que tendra de volver a salir es diciendoles lo que quieren oir, lo haya hecho o no.

La voz de Ferguson habia perdido toda jocosidad, reemplazada por un tono de ira debido a la tension contenida. Cowart se sintio arrastrado por la historia que estaba escuchando, como atrapado en una marejada de palabras.

– Brown era el poli bueno; Wilcox, el malo. La rutina mas vieja del mundo. -Torcio el gesto.

– ?Y?

– Entonces empiezan a preguntarme esto, a preguntarme lo otro, a preguntarme sobre la nina desaparecida. Les repito que no se nada, pero ellos insisten. Asi todo el dia, hasta entrada la noche. Las mismas preguntas una y otra vez, e igual que cuando les dije «No», mis contestaciones no valen una mierda. No puedo ir al lavabo. No me dan de comer ni de beber. Solo me hacen preguntas sin parar. Por fin, despues de muchas horas, pierden la paciencia. Empiezan a gritarme con rabia y Wilcox me da una bofetada en la cara. ?Zas! Luego, con su cara a unos centimetros de la mia, me dice: «?Me prestaras atencion ahora, chaval?»

Ferguson miro a Cowart como para valorar la impresion que estaban causando sus palabras, y prosiguio con voz pausada y llena de amargura.

– Si, en efecto, no dejaba de gritarme. Recuerdo haber pensado que le iba a dar un infarto o un derrame cerebral o algo asi, tan colorada tenia la cara. Parecia un poseso. Entonces va y me grita: «?Quiero saber que hiciste con esa nina! ?Dime lo que le hiciste!» No deja de vociferar y Brown abandona la sala, asi que me quedo a solas con ese energumeno. Insistio durante horas: «Dime, ?te la follaste primero y luego la mataste, o fue al reves?» Yo negaba y volvia a negar, decia cosas como ?a que se refiere?, ?de que me habla? El me mostraba las fotos de la nina y me preguntaba una y otra vez: «?Estuvo bien? ?Te gustaba que se resistiera? ?Te excitaban sus gritos? ?Sentiste placer la primera vez que la rajaste? Y cuando la rajaste por enesima vez, ?tambien te gusto?» Asi una y otra vez, y otra mas, hora tras hora. -Respiro hondo-. Cuando necesitaba un descanso, me dejaba en aquel cuartucho, esposado a la silla. Quiza salia a respirar el aire fresco, echaba una cabezadita o iba a comer algo. A veces pasaba cinco minutos fuera y otras media hora o mas. En una ocasion me dejo alli sentado un par de horas; y yo permaneci alli sentado, ?sabe?, demasiado atontado y asustado para reaccionar.

«Supongo que al final se sintio frustrado por mis negativas, porque empezo a usar la fuerza. Al principio me pegaba bofetones en la cara y los hombros con mas frecuencia de lo habitual, hasta que me puso en pie para darme un punetazo en el estomago. Yo estaba temblando. Ni siquiera me habian metido en el trullo y ya me habia orinado en los pantalones. Cuando cogio la guia de telefonos y la enrollo no entendi que pretendia. Tio, era como si me aporrearan con un bate de beisbol; cai redondo.

Cowart asintio con la cabeza; habia oido hablar de aquella tecnica.

Hawkins se lo habia explicado una noche. Una guia de telefonos tiene la potencia de una correa de cuero, solo que el papel no rasga la piel ni deja hematomas.

– Como yo no abandono mi negativa, acaba desistiendo. Brown entra, tras horas de ausencia. Yo tiemblo, doy gemidos, y pienso que voy a morir alli mismo. Brown me levanta del suelo. Como la noche y el dia. Tio, me pide disculpas por lo que ha hecho Wilcox. Que sabe como duele. Me ayuda, me trae algo de comer y una Coca-Cola, me consigue ropa limpia y me deja ir al lavabo. Todo lo que tengo que hacer es confiar en el, confiar en el y confesar lo que le hice a aquella nina. Yo no le digo nada, pero el insiste. Me dice: «Bobby Earl, creo que estas malherido; vas a mear sangre. Me parece que necesitas un medico urgentemente, asi que dime que le hiciste y te llevaremos inmediatamente a enfermeria.» Yo le digo que no hice nada, y el pierde la paciencia. Me grita: «Sabemos que lo hiciste tu, ?solo tienes que decirnoslo!» Entonces saca el arma, no la de reglamento sino una del calibre 38 que lleva en una pistolera de tobillo. En ese momento entra Wilcox y me esposa las manos a la espalda, luego me empuja la cabeza justo delante del canon del arma. Brown dice: «?Confiesa ahora!» Yo repito que no he hecho nada, y entonces aprieta el gatillo. ?La hostia! Todavia veo ese dedo jalando el gatillo muy despacio. Pense

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