– He oido hablar del tema y me interese.

– Pero ese tipo esta en la trena. En el corredor de la muerte.

– Hay ciertos interrogantes sobre como fue a parar alli. Algunas contradicciones.

La mujer echo la cabeza atras y solto una carcajada.

– Hombre -dijo-, apuesto a que eso no va a cambiar demasiado las cosas. Buena suerte, Miami.

Y se alejo para atender a otro cliente, dejando a Cowart a solas con su cerveza. No regreso.

La manana despunto despejada. El sol del amanecer parecia decidido a borrar de la calle cualquier vestigio de charco dejado por la lluvia del dia anterior. El calor se fue intensificando a lo largo del dia, mezclandose con una persistente humedad. En el trayecto del hotel al coche de alquiler, Cowart noto que la camiseta se le pegaba a la espalda. Decidio dar una vuelta en coche por Pachoula.

Aquella poblacion parecia haberse asentado con tenacidad: emplazada en una extensa llanura a escasa distancia de la interestatal y rodeada de campos de cultivo, tendia una especie de puente entre ambos mundos. Aunque quedaba demasiado al norte para dar buenos naranjales, Cowart paso por unas cuantas granjas con hileras bien alineadas de arboles y otras cuyo ganado pastaba en los prados. Le parecia que estaba entrando en la zona prospera; las casas eran bloques de hormigon de una planta o construcciones de ladrillo, los consabidos chalets indicativos de cierta posicion social. Tenian enormes antenas de television; algunos, incluso parabolicas en el jardin. A medida que se aproximaba a Pachoula, al borde de la carretera empezaron a verse tiendas abiertas las veinticuatro horas y gasolineras. Paso por delante de un pequeno centro comercial compuesto por un supermercado, una tienda de postales, una pizzeria y un restaurante a ambos lados. Se fijo en las casas que habia desperdigadas en calles que iban a desembocar a la avenida principal, hogares unifamiliares bien cuidados y testimonios de un exito mediocre.

El centro del pueblo era solo una plaza y tres manzanas, con un cine, algunas oficinas, algunas tiendas y un par de semaforos. Las calles estaban limpias, y Cowart se pregunto si las habria barrido la tormenta de la noche anterior o la diligencia del ayuntamiento.

Siguio conduciendo por una pequena calzada de dos carriles, alejandose de las ferreterias, tiendas de recambios de coche y restaurantes de comida rapida. El terreno circundante cambiaba ligeramente: un veteado marron y virgen opuesto al exuberante verde visto momentos antes. La calzada se iba poblando de baches y las casas ya eran construcciones de madera desconchada por el paso del tiempo, todas encaladas y pintadas de deslucidos colores palidos. La carretera paso entre un grupo de arboles que envolvieron a Cowart en la oscuridad. La luz que se colaba entre los sauces y pinos dificultaba la visibilidad; de hecho, casi paso de largo el desvio de tierra que quedaba a su izquierda. Los neumaticos derraparon ligeramente en el barro antes de ganar impulso. Cowart enfilo el camino dando botes en el coche. Bordeaba un largo seto; aqui y alla asomaban pequenas granjas. Aminoro la marcha y paso por tres cabanas apinadas al borde del camino. Un anciano negro se quedo mirandolo a su paso. Cowart avanzo otros ochocientos metros, hasta otra cabana asentada al borde del camino; se detuvo enfrente y bajo.

La casucha tenia un porche delantero con una mecedora. En un lado habia un gallinero con aves que picoteaban la tierra. Delante de la cabana habia un viejo Chevy familiar con el capo levantado.

Cowart oyo a un perro ladrar a lo lejos. La fertil tierra marron que hacia de patio delantero estaba compactada, lo bastante solida para sobrevivir a los temporales. Se volvio y vio que la casa daba a un extenso prado, flanqueado de bosque sombrio.

Tras pensarselo, se acerco al porche.

Cuando apoyo el pie en el primer escalon, una voz dijo desde el interior:

– Le estoy viendo. ?Que cono quiere?

Cowart se detuvo y respondio:

– Busco a la senora Emma Mae Ferguson.

– ?Y para que la busca?

– Necesito hablar con ella.

– Eso no me aclara nada. ?Hablar de que?

– Sobre su nieto.

La puerta principal, con una mosquitera cuarteada, se entreabrio. Una anciana negra con el pelo cano recogido austeramente se asomo a la puerta; era menuda y nervuda, y se movia lentamente con un porte firme que parecia sugerir que la edad y la osteoporosis no eran mas que leves molestias.

– ?Es policia?

– No. Soy Matthew Cowart, del Miami Journal. Soy periodista.

– ?Quien le envia?

– Nadie. He venido por mi cuenta. ?Es usted la senora Ferguson?

– Puede.

– Por favor, senora Ferguson, quiero que me hable sobre Robert Earl.

– Es un buen muchacho, y ellos me lo han robado.

– Lo se. Trato de ayudarle.

– ?Ayudarle? ?Es abogado? Los abogados ya le hicieron bastante dano.

– No, senora. ?Podemos hablar unos minutos? Solo quiero ayudar a su nieto. El me dijo que viniera a verla.

– ?Ha visto a mi nieto?

– Si.

– ?Como lo tratan?

– Parecia estar bien. Triste pero bien.

– Bobby Earl es un buen chico, muy buen chico.

– Lo se. Por favor…

– Esta bien, senor periodista. Me sentare y lo escuchare. Digame que quiere saber.

La anciana se dirigio a la mecedora. Luego senalo el ultimo peldano del porche y Matthew Cowart tomo asiento, casi a sus pies.

– Bien, senora. Quiero que me hable acerca de tres dias de hace casi tres anos. Necesito saber que estaba haciendo Robert Earl el dia en que la nina desaparecio, el dia siguiente y el tercer dia, cuando lo arrestaron. ?Recuerda aquellos dias?

La anciana bufo.

– Senor periodista, puede que sea vieja, pero no tonta. Mi vista no sera tan fina como antes, pero mi memoria si. Por el amor de Dios, ?como iba a olvidar aquellos dias, despues de lo ocurrido desde entonces?

– Bueno, precisamente por eso he venido.

Ella lo miro entornando los ojos, a la sombra del porche.

– ?Esta seguro de que quiere ayudar a Bobby Earl?

– Si, senora. En todo lo que pueda.

– ?Y como va a hacerlo? ?Que puede hacer usted que no pueda ese abogado tan sarcastico?

– Escribir un articulo para el periodico.

– Los periodicos ya han escrito un monton de articulos sobre Bobby Earl. Por lo que se, la mayoria contribuyo a meterlo en el corredor de la muerte.

– No creo que esta vez sea asi.

– ?Y por que no?

No tenia una respuesta preparada para aquella pregunta. Contesto:

– Mire, senora Ferguson, me resultaria dificil complicar aun mas las cosas. Y, si quiero ayudar, necesito respuestas.

La anciana sonrio.

– Eso es cierto. Esta bien, senor periodista. Pregunte.

– El dia que mataron a la nina…

– El estuvo aqui conmigo, todo el dia. No salio de casa; a no ser por la manana, para pescar unas lubinas. Me acuerdo porque las freimos para cenar aquella misma noche.

– ?Esta segura?

– Claro que lo estoy. ?Adonde iba a ir si no?

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