«Pero para entonces ya estaba muerta -penso-. Estaba muerta cuando abandono la curva en ese coche.»
La busqueda habia continuado con focos y un helicoptero que aquella misma noche trajeron del cuartel de la policia estatal cercano a Pensacola. Habia pasado zumbando, con los rotores vibrando y el reflector barriendo la oscuridad, entrada ya la medianoche. Con las primeras luces del alba, vinieron los perros rastreadores y la partida de busqueda se disperso. Hacia mediodia la poblacion se habia dispuesto cual campamento militar que se prepara para una larga marcha, y todo ello era registrado por los camaras de television y los periodistas que iban llegando. Entrada la tarde, dos bomberos que peinaban con diligencia la orilla del pantano habian descubierto el cuerpo sin vida de la nina, mientras avanzaban por el lodo espeso con botas de pescador, espantando los mosquitos y llamando a la nina. Uno de los hombres habia visto un mechon de cabello rubio al borde del agua, iluminado por la luz mortecina del atardecer.
Cowart imagino que las noticias debieron de crispar a la poblacion, ya que la nina habia sido violada. Se percato de dos cosas: de que ser detenido e interrogado por la muerte de Joanie Shriver era verse atrapado en el ojo del huracan, y de que la presion a que se habian visto sometidos aquellos dos detectives tenia que haber sido tremenda. «Tal vez insoportable», penso.
Hamilton Burns era un hombre bajito, rubicundo y de pelo cano; su voz, como tantas otras de Pachoula, tenia el dejo de las ritmicas locuciones surenas. Caia la tarde, y mientras indicaba a Matthew Cowart que tomara asiento en un mullido sillon de cuero rojo, dijo algo como «el sol sobre el penol» y se sirvio un vaso de bourbon tras haber sacado como por arte de magia una botella de uno de los ultimos cajones del escritorio. Cowart nego con la cabeza cuando Burns le tendio la botella.
– Necesito un poco de hielo -dijo Burns, y fue hasta una esquina del pequeno despacho, donde una nevera pequena con una pila de documentos encima ocupaba un precioso espacio de suelo. Cowart observo que cojeaba al caminar.
Echo un vistazo al despacho: revestido con paneles de madera y una pared repleta de libros de derecho. Habia varios diplomas enmarcados y un certificado de los Caballeros de Colon de la zona; tambien vio algunas fotografias de un sonriente Hamilton Burns mano a mano con el gobernador y otros politicos. El abogado bebio un largo sorbo de su vaso, se recosto, haciendo girar su silla tras la mesa ante la que se encontraba Cowart, y dijo:
– Asi que quiere que le hable de Robert Earl Ferguson. ?Que le puedo decir? Creo que ha dado en el blanco al solicitar un nuevo juicio, sobre todo con ese bastardo de Roy Black llevandole el caso.
– ?En que se basa?
– Pues en esa maldita confesion, ?que mas quiere? El juez deberia haberla desechado.
– Ya hablaremos de eso. ?Puede empezar diciendome como llego el caso a sus manos?
– Bueno, por designacion judicial. El juez me telefoneo y me pregunto si podia encargarme. Por entonces los abogados de oficio estaban desbordados de trabajo, como siempre, aunque supongo que aquello habria sido demasiado delicado para ellos. La gente pedia a gritos la cabeza del chico. No creo que los de oficio estuvieran interesados en representar a Ferguson, en absoluto.
– ?Y usted lo acepto?
– Cuando el juez llama, uno responde. Diablos, la mayoria de mis casos son por designacion judicial; razon de mas para no rechazar este.
– Despues usted cobro veinte mil dolares a los tribunales.
– Lleva mucho tiempo defender a un asesino.
– ?A cien pavos la hora?
– Joder, pero si fui yo el que salio perdiendo. ?Madre mia!, pasaron semanas hasta que la gente volvio a dirigirme la palabra. Actuaban como si yo fuera una especie de paria, un Judas. Y todo por representar legalmente a ese muchacho. Iba por la calle y ya nadie me decia: «Buenos dias, senor Burns», «Que tenga un buen dia, senor Burns»; cambiaban de acera para no hablar conmigo. Esto es un pueblo. Imaginese cuantos casos llegue a perder a manos de otros abogados, solo porque yo habia defendido a Bobby Earl. Piense en ello antes de criticarme por lo que me pagaron.
El abogado parecia indignado. Cowart se pregunto si pensaba que el condenado habia sido el y no Ferguson.
– ?Habia llevado antes un caso de asesinato?
– Un par de veces.
– ?Casos de pena capital?
– No. La mayoria se derivaban de disputas domesticas. Ya sabe, marido y mujer empiezan a discutir y uno de ellos decide hacer valer sus razones con una pistola… -Solto una carcajada-. Eso seria homicidio sin premeditacion, como mucho asesinato en segundo grado. Llevo muchos casos de muerte por atropello y demas. El hijo del alcalde se emborracha y destroza un coche. Pero ?que demonios!, a la larga es lo mismo defender a un acusado de provocar un accidente que a un acusado de asesinato. Los abogados tenemos que cumplir con nuestra obligacion.
– Ya -dijo Cowart, escribiendo rapidamente en su libreta-. Hableme de la defensa.
– No hay mucho que decir. Propuse un traslado de jurisdiccion. Denegado. Propuse excluir la confesion. Denegado. Fui a ver a Bobby Earl y le dije: «Muchacho, tienes que declararte culpable. Asesinato en primer grado. Vamos, acepta los veinticinco anos, sin fianza. Salvate la vida.» De esta manera, todavia le quedaria algo de tiempo cuando saliera en libertad. Me contesto que ni hablar. Se mantuvo en sus trece y adopto aquella jodida pose chulesca. No dejo de repetir que el no lo hizo. Asi pues, ?que mas podia hacer yo? Intente conseguirle un jurado sin prejuicios. Hubo suerte. El juicio siguio adelante. Argumente duda razonable hasta la saciedad. Perdimos. ?Que quiere que le diga?
– ?Como es que no llamo a la abuela para que confirmara su coartada?
– Nadie la hubiese creido. ?Ha hablado con esa vieja sargenta? Lo unico que sabe es que su querido nieto es casi perfecto y que no mataria una mosca; claro que es la unica que lo cree asi. Si la hubiera subido al estrado y hubiera empezado a soltar mentiras, solo habria empeorado las cosas… mucho mas.
– No creo que pudiesen ir peor.
– Bueno, eso lo dice ahora, senor Cowart, a toro pasado.
– Supongamos que Ferguson dijera la verdad.
– Podria ser. Era una declaracion bajo juramento.
– ?Y el coche?
– Esa maldita maestra llego a admitir que podria ser de otro color. ?Joder! Lo dijo justo en el estrado. No entiendo por que el jurado no lo tuvo en cuenta.
– ?Sabe que la policia le enseno una fotografia del coche despues de decirle que Ferguson habia confesado?
– ?De decirle que? No. Ella no declaro eso cuando la interrogue.
– Me lo dijo a mi.
– Pues ahi me vendio.
El abogado se sirvio otro vaso y se lo bebio de un trago. «No, a usted no -penso Cowart-, a Ferguson.»
– Y las muestras de sangre, ?que?
– Tipo cero positivo. Apuesto a que la mitad de los hombres de este pais tiene ese grupo sanguineo. Lo contraste con los peritos, y les pregunte por que no habian analizado la sangre hasta llegar a la base enzimatica y por que no habian hecho una prueba de ADN o alguna otra mierda de prueba. Claro que conozco la respuesta. Tenian una buena cabeza de turco y no querian hacer nada que lo estropeara todo. Asi que, ?cono!, todo parecia encajar. Y ahi estaba Robert Earl, sentado en el banquillo de los acusados, sin saber donde meterse, abatido y mas culpable que el mismisimo diablo. Sencillamente, aquello no sirvio de nada.
– ?Y la confesion?
– Deberia haber sido desechada. Estoy convencido de que al pobre muchacho se la hicieron escupir a golpes. Si, senor, totalmente convencido. Pero, mire usted por donde, cuando la sacaron a colacion fue la piedra de toque, ya sabe a que me refiero. Ningun miembro del jurado iba a poner en duda las palabras que habian salido de boca del muchacho. Cada vez que le preguntaban: «?hiciste esto?» o «?hiciste lo otro?», el respondia: «si, senor», «si, senor». Todos esos «si, senor»… no se podia hacer demasiado al respecto. Eso era todo lo que decia la declaracion. Yo lo intente, vaya si lo intente, hice todo lo que pude. Argumente duda razonable, argumente falta
