de pruebas concluyentes, pregunte a los miembros del jurado donde estaba el arma del crimen. Y algo que justifica la inocencia de Bobby Earl: les explique que uno no puede matar a una persona sin que le quede algun tipo de marca; cosa que el no tenia. Argumente a favor y en contra y de todas las maneras; se lo aseguro. Pero no sirvio de nada. Me quede mirando a esos tipos del jurado y enseguida supe que les importaba una mierda lo que yo dijera. Todo lo que oian era la maldita confesion. Sus propias palabras se salieron de la pagina para clavarse en el. Si, senor. Si, senor. Si, senor. El mismo se sento en la silla electrica, como quien se sienta a la mesa para cenar. Aqui la gente estaba muy disgustada por lo que le habia ocurrido a la pequena y todos querian acabar de una vez, echar tierra sobre el asunto y darle carpetazo ya, para que todo volviera a la normalidad. No sabria encontrar a nadie en este lugar que se hubiera levantado para decir algo bueno del muchacho. Algo sobre el, ya sabe, sobre su actitud y esas cosas. No senor, nadie lo apreciaba; ni siquiera los negros. Y con esto no digo que no hubiera prejuicios de por medio…
– Todo el jurado blanco. ?No encontro ningun negro capacitado?
– Lo intente, senor. Lo intente. Pero la acusacion uso sus perentorias recusaciones para descartar del jurado a todos y cada uno de ellos.
– ?Usted protesto?
– Protesta denegada. Se hizo constar en acta. Tal vez la acepten en la apelacion.
– ?Y eso no le fastidia?
– ?Por que lo pregunta?
– Bueno, lo que usted me esta diciendo es que Ferguson no tuvo un juicio justo y que tal vez sea inocente. Y resulta que ahora mismo esta en el corredor de la muerte.
El abogado se encogio de hombros.
– No se… -dijo-. Si, lo del juicio, bueno, eso si. Pero lo de su inocencia… ?Joder!, aquella maldita confesion contenia sus propias palabras.
– Pero usted acaba de decir que se la hicieron escupir a golpes.
– Asi es, senor. Pero…
– Pero ?que?
– Estoy chapado a la antigua. Me gusta creer que si uno es inocente, no hay nada en el mundo que le haga decir lo contrario. Eso me fastidia.
– Ya -repuso Cowart con frialdad-, pero la justicia esta repleta de ejemplos de confesiones coaccionadas y tergiversadas, ?no?
– Correcto.
– Cientos. Miles.
– Correcto. -El abogado aparto la mirada, ruborizado-. Supongo. Desde luego, ahora que Roy Black lleva el caso y que usted escribira algo que espabilara a ese juez o que el gobernador no pueda pasar por alto, bueno… las cosas tienen pinta de arreglarse.
– ?Se arreglaran?
– Todo se arregla, incluso la justicia. Aunque lleva su tiempo.
– Bueno, parece que el no tuvo demasiadas oportunidades la primera vez.
– ?Quiere saber mi opinion?
– Si.
– Pues no tuvo ninguna oportunidad.
«Sobre todo con usted en la defensa -penso Cowart-. Le preocupaba mas su prestigio en Pachoula que librar a alguien del corredor de la muerte.»
El abogado se retrepo en su silla y, nervioso, agito su bebida en la mano hasta hacer tintinear el bourbon con hielo.
La noche cubrio la ciudad con una densa oscuridad. Cowart recorria las calles lentamente, sorteando las ocasionales luces que arrojaban las farolas o los escaparates. Pero estos momentos de palido resplandor eran efimeros; como cuando se pone el sol. Pachoula acabo entregandose por completo a la oscuridad. En el aire se respiraba el frescor del campo y un silencio palmario. Solo oia sus propios pasos en la acera.
Aquella noche le costo conciliar el sueno. Los sonidos del hotel (la voz de un borracho, el crujir de una cama en la habitacion de al lado, un portazo, el ruido de las maquinas de hielo y refrescos) se filtraron en su imaginacion e interrumpieron el examen de lo que habia visto y oido. Era entrada la medianoche cuando el sueno por fin lo atrapo en sus redes, aunque apenas descanso.
En suenos conducia a medianoche por las calles de Miami, plagadas de disturbios. El resplandor de los edificios en llamas acariciaba el coche y proyectaba sombras al frente. Iba despacio, maniobrando con prudencia para evitar los cristales rotos y la basura que invadian la calzada, sabedor de que se acercaba al centro de los disturbios, pero ignorante de que su trabajo consistia en ver aquello y registrarlo. Cuando el coche giro en una esquina, vio una muchedumbre que bailaba, robaba, atravesaba el resplandor del fuego corriendo hacia el. Veia a la gente gritar y le parecia que decian su nombre. De repente, en el coche de al lado sono un alarido desgarrador. Se trataba de la nina asesinada y cuando Cowart se disponia a preguntarle que estaba haciendo alli, su coche se vio rodeado. Vio el rostro de Ferguson y, de pronto, docenas de manos lo arrancaron del volante mientras el coche se balanceaba como un barco a la deriva en medio de un huracan. Vio que sacaban a la nina del otro coche, pero, cuando se la arrebataron de las manos Cowart oyo el grito: «?Papi, salvame!»
Desperto jadeando. Se levanto tambaleando para servirse un vaso de agua y clavo la mirada en el espejo del bano, como en busca de alguna herida visible, pero solo vio el sudor que le empapaba el pelo y la frente. Luego se sento junto a la ventana, para recordar.
Unos seis anos atras se habia fijado en la furia con que una turba de negros sacaba a dos adolescentes blancos de una furgoneta. Sin darse cuenta, los adolescentes se habian metido en la zona de los disturbios y habian acabado en medio del caos. «Ojala fuera un sueno -pensaba-. Ojala no hubiera estado alli.» La multitud se habia aglomerado en torno a los jovenes que pedian ayuda a gritos, para agarrarlos y empujarlos, zarandeandolos hasta que ambos desaparecieron bajo una avalancha de patadas y punetazos, acribillados con piedras y balas. Cowart estaba a una manzana de distancia, no lo bastante cerca para servir de testigo a la policia, pero si para no olvidar jamas lo ocurrido; se habia escondido al abrigo de un edificio chamuscado, al lado de un fotografo que no dejaba de disparar su camara y de lamentar no haber llevado el zoom. Mientras los dos esperaban la llegada de la muerte, vieron como ambos cuerpos destrozados quedaban abandonados en la calle y la turba se alejaba en otra direccion. Cowart echo a correr de regreso al coche, consciente de que jamas lograria huir de aquella vision. Muchas personas habian perdido la vida aquella noche.
Cowart recordo haber escrito el articulo en la redaccion, tan impotente como los dos jovenes que habia visto morir, atrapado por las imagenes que recreaba en su articulo.
«Pero al menos no estoy muerto -penso-. Solo una parte de mi lo esta.»
Volvio a estremecerse y se encogio de hombros; luego se puso en pie, estirando y flexionando los musculos. «Tienes que estar alerta», se aconsejo. Iba a entrevistar a los dos detectives. Se pregunto que dirian. Y si el se lo creeria.
Despues fue a darse una ducha, como si el potente chorro de agua corriendo por su cuerpo pudiera limpiar tambien su memoria.
4
Una agente de la oficina de delitos mayores de la comisaria del condado de Escambia le indico a Matthew Cowart un sofa de cuero sintetico lleno de bultos y le dijo que esperara alli mientras localizaba a los dos detectives. Era una mujer joven, probablemente atractiva pero con un rostro marcado por un tedio cenudo, llevaba el cabello recogido severamente y mantenia una postura rigida bajo el marron apagado de su uniforme de policia. Cowart le dio las gracias y tomo asiento. La mujer marco un numero y hablo en voz baja para que el no oyese lo que decia.
