pequena Joanie tenia un rostro. No era un anonimo narcotraficante colombiano. Era diferente.

Hizo una pausa y se quedo pensativo. Despues anadio:

– Era como nuestra hermana pequena.

El detective parecia disponerse a decir algo mas cuando sono el telefono de la mesa. Contesto, gruno un saludo y luego se lo paso a Cowart.

– Es el jefe. Quiere hablar con usted.

– ?Si?

– ?Senor Cowart? -Oyo una voz distante y pausada; una voz que no revelaba ninguna de las convenciones surenas con que empezaba a familiarizarse-. Soy el teniente Brown. Voy a tener que quedarme mas tiempo en el lugar del siniestro.

– ?Hay algun problema?

El hombre solto una amarga carcajada.

– Supongo que depende de como se mire. Se trata de un avion calcinado, un piloto y un estudiante sepultados en el pantano a tres metros de profundidad, un par de esposas histericas, el propietario de una academia de vuelo furioso y un par de forestales cabreados porque este aterrizaje se ha realizado en medio de una reserva ornitologica.

– Bueno, esperare con mucho gusto…

El detective lo interrumpio:

– Lo mejor seria que el detective Wilcox lo acompanara hasta el sitio donde hallaron el cadaver de Joanie Shriver. Tambien existen otros lugares de interes que creemos le ayudarian a escribir su historia. En otro momento podremos hablar largo y tendido sobre Robert Earl Ferguson y su crimen.

Cowart escucho aquella voz metodica. El teniente parecia el tipo de hombre capaz de transformar una recomendacion en una exigencia con solo bajar la voz.

– Me parece bien.

Cowart devolvio el auricular a Wilcox, que escucho un momento y luego respondio: «?Estas seguro? Me gustaria…» Luego empezo a asentir con la cabeza, como si el teniente Brown pudiera verle, y colgo.

– De acuerdo -dijo-. Es hora de hacer una visita. ?Tiene unas botas y unos vaqueros en la habitacion del hotel? El lugar al que vamos no es muy agradable.

Cowart asintio y siguio al rechoncho detective, que avanzaba por el pasillo dando brincos con una suerte de malicioso entusiasmo.

Dejaron atras el radiante sol de la manana en el coche del detective. Wilcox bajo su ventanilla para que el aire tibio ventilase el interior. Iba tarareando compases de musica country; de vez en cuando canturreaba letras planideras, como «Madres, no dejeis que vuestros hijos sean detectives de homicidios…», y sonreia a Cowart. El periodista contemplo el paisaje, sintiendose un poco desconcertado. Habia esperado que el detective mostrara rabia, un estallido de odio y frustracion. Ellos sabian a que habia venido; sabian lo que pensaba hacer. Su presencia solo les traeria problemas, especialmente cuando el escribiera que habian torturado a Ferguson para obtener su confesion; pero el detective solo tarareaba.

– Entonces, digame -pregunto por fin Wilcox al enfilar una calle sombreada-. ?Que opina de Bobby Earl? Ha estado usted en Starke, ?no?

– Me ha contado una historia muy interesante.

– Apuesto a que si. Pero ?usted que opina?

– Todavia no lo se -mintio Cowart, aunque no sabia en que medida.

– Bueno, yo lo cale en cuanto lo vi.

– Eso me dijo el.

El detective solto una risotada.

– Por supuesto; aunque seguro que no le dijo que yo tenia razon, ?eh?

– No.

– Ya. En cualquier caso, ?como le va?

– Parece encontrarse bien. Esta resentido -contesto Cowart.

– Normal. ?Tiene buen aspecto?

– No se ha vuelto loco, si se refiere a eso.

El detective rio.

– No, jamas pensaria que Bobby Earl puede volverse loco; ni siquiera en el corredor de la muerte. Siempre fue un hijoputa sin sentimientos. Conservo la frialdad hasta el final, cuando aquel juez le dijo donde iba a acabar sus dias.

Parecio que Wilcox reflexionaba en algo, y de repente sacudio la cabeza al evocar un recuerdo.

– ?Sabe, senor Cowart? Fue asi desde el primer minuto de su detencion. No pestaneo, no dijo nada, hasta que acabo contandonos lo ocurrido. Y cuando confeso lo hizo con serenidad. ?Por el amor de Dios!, se limito a los hechos. Era como si hablara de matar una mosca. Aquella noche volvi a casa, pero me habia emborrachado tanto que Tanny tuvo que acompanarme y meterme en la cama. Estaba horrorizado.

– Estoy interesado en esa confesion -declaro Cowart.

– Eso espero. ?Acaso no esta ahi toda la historia? -Se echo a reir-. Bueno, va a tener que esperar a que llegue Tanny. Entonces se lo explicaremos todo.

«Apuesto que lo haran», penso Cowart, y pregunto:

– ?Que lo horrorizo tanto?

– No tanto el como lo que presenti que podia llegar a hacer.

El detective no entro en detalles y giro en una esquina. Cowart vio que se acercaban al colegio donde se habia producido el secuestro.

– Empezaremos por aqui -indico Wilcox, y paro bajo un oscuro sauce-. Aqui mismo es donde ella subio al coche. Ahora observe.

Reemprendio la marcha suavemente, tomo una curva rapida a la derecha y luego otra a la izquierda, en direccion a una larga avenida con chalets apartados de la calzada y camuflados entre pinos y arbustos.

– Mire, nos dirigimos a casa de Joanie, asi que de momento ella no tenia nada que temer, aunque ya estamos lejos del colegio. Ahora fijese en esto.

Llevo el coche hasta un stop que habia en una bifurcacion. En una direccion habia otras casas, aun mas dispersas; en la otra, unas decrepitas barracas delante de un henar abandonado tenido de un amarillo verdoso y de un derrengado granero marron al linde de un oscuro tunel de frondosidad construido por el bosque y el sinuoso pantano.

– Ella habria querido ir hacia alli -dijo el detective, senalando las casas-. Pero el tomo la otra direccion. Yo diria que aqui fue donde le puso la mano encima por primera vez… -Cerro el puno y amago a Cowart-. Es un tipo fuerte, fuerte como un toro. A lo mejor no impone, pero es lo bastante grande para destrozar a una nina de once anos. La pequena debio de llevarse un buen susto. El probablemente la obligo a agacharse y piso el acelerador…

En ese instante, toda la jocosidad que habia marcado el comportamiento del detective se desvanecio. Con un gesto brutal, Wilcox se acerco bruscamente a Cowart y le agarro el brazo a la altura del hombro; mientras lo hacia, dio un aceleron y el coche salio lanzado hacia delante, coleando brevemente sobre la gravilla suelta y la tierra. Wilcox pellizcaba con los dedos los musculos de Cowart y lo zarandeo hasta hacerle perder el equilibrio en el asiento; dio un volantazo a la izquierda. Cowart dejo escapar un grito, un alarido de miedo y estupor, mientras luchaba por asirse al apoyabrazos. El coche viro entonces bruscamente, derrapo en una esquina y Cowart dio bandazos contra la puerta. El detective lo agarro con mas fuerza. El tambien gritaba, y proferia palabras sin sentido con la cara enrojecida por el esfuerzo. En cuestion de segundos, habian pasado las barracas y daban botes sobre un camino salpicado de baches, perdiendose en el frescor de las sombras proyectadas por el envolvente bosque. Los oscuros arboles parecian abalanzarse sobre ellos mientras el coche avanzaba a velocidad de vertigo. El motor rugia y Cowart se quedo petrificado, esperando empotrarse en la muerte.

– ?Grite! -le ordeno de pronto el detective.

– ?Que?

– Vamos, ?grite! -chillo-. ?Grite pidiendo auxilio, maldita sea!

Cowart se quedo mirando su cara rubicunda y sus ojos enajenados. Las voces de ambos hombres eclipsaron

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