Senalo la orilla del lago.
– La sumergio en el agua y la escondio bajo esas raices de ahi. Nadie la veria hasta tenerla justo debajo de los pies. Ademas, camuflo la superficie con broza suelta. Tuvimos suerte de encontrarla con tanta rapidez. Vaya si tuvimos suerte. Los muchachos habrian pasado de largo si no hubiera sido porque a uno de ellos se le engancho la gorra en una rama baja. Cuando alargo la mano para recogerla, la vio ahi abajo. Realmente fue como encontrar una aguja en un pajar.
– ?Y no habia ningun indicio en la ropa de Ferguson? ?Sangre, pelo o algo asi?
– Registramos su casa poco despues de que confesara, pero no hallamos nada.
– Lo mismo con el coche. Tenia que haber algo.
– Cuando detuvimos a ese cabronazo, estaba acabando de limpiar el coche. Lo dejo como una patena. Le faltaba un trozo a la alfombrilla del pasajero, aunque desde hacia algun tiempo. Como le digo, el jodido coche estaba reluciente. No encontramos nada. -Se enjugo la frente y miro el sudor recogido en los dedos-. De todas formas, no disponemos de los mismos equipos forenses que los colegas de la gran ciudad. Quiero decir que no es que estemos en la prehistoria o algo asi, pero aqui el trabajo de laboratorio va lento y no es del todo fiable. Tal vez hubiera algo que un autentico profesional habria encontrado con uno de esos espectrografos del FBI. Nosotros no encontramos nada. Lo intentamos por todos los medios, pero en vano. -Hizo una pausa-. Bueno, en realidad hallamos una cosa, aunque no sirvio de nada.
– ?Que cosa?
– Un unico pelo pubico. El problema es que no coincidia con los de Joanie Shriver, y tampoco era de Ferguson.
Cowart meneo la cabeza. Notaba el bochorno, el aire pesado que lo ahogaba.
– Si confeso, ?por que no dijo donde estaba la ropa? ?Por que no dijo donde habia escondido el cuchillo? ?De que sirve una confesion si no incluye todos los detalles?
Wilcox lo fulmino con la mirada. Iba a decir algo, pero se trago las palabras, dejando las preguntas en el aire calido y apacible del claro.
– Vamos -dijo. Dio media vuelta y se dispuso a salir del claro, sin volver la vista atras para comprobar que Cowart le seguia-. Aun tenemos que ir a otro sitio.
Cowart se quedo contemplando la escena del crimen; queria grabarla en su memoria. Luego, con una mezcla de entusiasmo e indignacion, siguio los pasos del detective.
Wilcox detuvo el coche frente a una casita similar a todas las casas de aquella manzana. Era un chalet blanco con el cesped cuidado y un garaje anexo; un sendero de ladrillo rojo llevaba hasta el porche. Cowart observo que tenia un patio trasero con una barbacoa negra en un rincon. Un pino alto mantenia la mitad de la casa fresca en las horas de mas calor, y proyectaba una amplia sombra sobre la fachada. No sabia donde estaban ni por que se habian parado alli, de manera que miro al detective.
– Su proxima entrevista -dijo Wilcox, que habia guardado silencio desde que abandonaran la escena del crimen-. Si se atreve.
– ?Quien vive en esta casa? -pregunto Cowart con inquietud.
– Los padres de Joanie Shriver.
Cowart respiro hondo.
– Aqui es…
– Aqui es a donde Joanie se dirigia. Y a donde nunca llego. -Echo un vistazo al reloj-. Tanny les dijo que estariamos aqui hacia las once y llegamos un poco tarde, asi que demonos prisa. A menos que…
– ?Amenos que?
– Que no desee hacer esta entrevista.
Cowart lo miro, luego a la casa y de nuevo al detective:
– La hare -dijo-. Le gustaria ver lo comprensivo que soy con ellos, ?verdad? Le parece que voy a ser mas que indulgente con Ferguson, de manera que esto es parte de alguna clase de prueba, ?no?
El detective aparto la mirada.
– ?No?
Wilcox se removio en el asiento y lo miro fijamente.
– Lo que usted aun no sabe, senor Cowart, es que ese hijoputa mato a la nina. Ahora, ?quiere ver lo que eso significa o no?
– Normalmente mis entrevistas las programo yo -respondio Cowart, con mas afectacion de la deseada.
– Entonces, ?quiere irse? ?Volver en mejor ocasion?
Tuvo la sensacion de que eso era lo que el detective buscaba. Wilcox ansiaba tener todos los motivos del mundo para odiarle, y este no estaria mal para empezar.
– No -dijo Cowart, y abrio la puerta del coche-. Hablemos con esa gente.
Cerro de un portazo y recorrio el sendero a paso ligero. Llamo al timbre con Wilcox a su espalda. Oyo unos pasos pesados en el interior; a continuacion, la puerta se abrio. Se vio reflejado en los ojos de una mujer madura con un inconfundible aspecto de ama de casa. Llevaba poco maquillaje, aunque parecia haber pasado horas arreglandose su pelo castano. Eso realzaba la expresion de su rostro. Llevaba un sencillo vestido color habano de andar por casa y unas sandalias. Sus ojos eran azules y, por un momento, Cowart vio el menton, las mejillas y la nariz de la nina en la madre, que lo observaba con expectacion. Aparto aquella vision de su mente y dijo:
– ?Senora Shriver? Soy Matthew Cowart, del
Ella asintio con la cabeza.
– Si, si; pase, senor Cowart. Por favor, llameme Betty. Tanny dijo que el detective Wilcox le traeria por aqui esta manana. Sabemos que esta escribiendo un articulo sobre Ferguson. Aprovechando que mi marido esta en casa, nos gustaria hablar con usted.
Su voz tenia una calmada simpatia que no lograba ocultar su angustia. «Elige sus palabras con cuidado porque no quiere que la emocion la traicione, al menos de momento», penso Cowart. Siguio a la mujer hasta el interior, pensando: «Pero lo hara.»
La madre de la nina asesinada lo condujo por un breve pasillo hasta el salon. Cowart era consciente de que Wilcox iba a la zaga, pero no le hizo caso. Nada mas entrar, un corpulento hombre calvo y barrigudo se levanto de un sillon reclinable. Por un momento le costo, pero finalmente logro ponerse en pie y se adelanto para estrechar la mano de Cowart.
– Soy George Shriver -dijo-. Me alegra tener esta oportunidad.
Cowart asintio y echo un rapido vistazo alrededor, procurando retener los detalles. El salon, al igual que el exterior, era moderno y elegante; los muebles, en cambio, eran sencillos, y en las paredes colgaban cuadros de vivos colores. Tenia algo de acogedor y a la vez de caprichoso, como si cada detalle de aquel salon lo hubieran dispuesto sin tener en cuenta los demas, por mero deseo, no necesariamente porque combinara con otra cosa. La impresion general era un poco incoherente, pero bastante acogedora. Una pared estaba dedicada a retratos de familia, y Cowart los contemplo. La fotografia de Joanie que habia visto en el colegio colgaba en el centro de la pared, rodeada de otras. Reparo en un hermano y una hermana mayores, y en los habituales retratos de familia.
George Shriver siguio su mirada y dijo:
– Los dos mayores, George Junior y Anne, estudian en la Universidad de Florida… Seguramente habrian preferido estar aqui.
– Joanie era la pequena -anadio Betty Shriver-. Se estaba preparando para ir al instituto… -De repente se quedo sin aliento, con los labios temblorosos, y se aparto de las fotografias.
Su marido le tendio una mano y la llevo al sofa para que se sentara un rato. Pero enseguida se levanto y dijo:
– Senor Cowart, disculpe mis modales. ?Le apetece algo de beber?
– Agua con hielo, gracias -contesto el, mientras se retiraba de los retratos para quedarse en pie al lado de una butaca.
La mujer desaparecio unos instantes, y Cowart aprovecho para hacerle a George Shriver una pregunta inofensiva, algo con lo que disipar la triste atmosfera que de pronto envolvia el salon:
– ?Es usted concejal de la ciudad?
– Ex -respondio-. Ahora me paso el tiempo en la tienda. Soy dueno de un par de ferreterias, una de ellas esta
