aqui, en Pachoula, y la otra de camino a Pensacola. Eso me mantiene ocupado; sobre todo ahora que se acerca la primavera. -Hizo una pausa, y prosiguio-: Solia interesarme el mundillo de la politica municipal, pero lo deje cuando nos arrebataron a nuestra Joanie; luego perdimos tanto tiempo con lo del juicio, y todo parecia pasar tan rapido, que nunca mas volvi a la concejalia. Si no hubiera sido por nuestros otros hijos, George Junior y Anne, me temo que nos habriamos derrumbado. No se lo que podria habernos pasado.
La senora Shriver regreso con el vaso de agua con hielo. Cowart observo que habia aprovechado la ausencia para recobrar la compostura.
– Lamento tener que removerles cosas dolorosas -dijo.
– Preferimos mostrar nuestros sentimientos que ocultarlos -respondio George Shriver. Acto seguido, se sento junto a su esposa en el sofa y le paso el brazo por los hombros-. El dolor nunca se va, ?sabe? A veces se calma un poco, pero hay detalles que lo avivan. Cuando estoy sentado y oigo a algun nino del vecindario, aunque solo sea por un instante, pienso que es ella. Y eso duele, senor Cowart, duele mucho. O cuando bajo aqui por la manana para servirme un cafe, y me siento a contemplar todas esas fotografias, como ha hecho usted. Lo unico que puedo pensar es que aquello no ocurrio, que va a salir de su habitacion dando brincos, como siempre, alegre y radiante y dispuesta para un nuevo dia, porque era esa clase de nina. Un sol.
Los ojos de aquel hombreton estaban arrasados en lagrimas, pero su voz permanecia serena.
– Voy a misa algo mas de lo que solia; me da consuelo. Y los sucesos mas lamentables, senor Cowart, solo consiguen que me resienta. Hace un ano vi un programa especial sobre los ninos que mueren de hambre en Etiopia. Pues eso queda en la otra punta del mundo y, bueno, yo nunca he salido del norte de Florida, salvo para hacer el servicio militar. Pero ahora cada mes envio dinero a las organizaciones de ayuda humanitaria. Cien dolares aqui, cien dolares alla. No podia soportarlo, ?sabe? Pensar que unos bebes iban a morir solo por falta de alimento… me repugnaba la idea. Tenia presente lo mucho que queria a mi nina, y que me la habian robado. Asi que supongo que lo hago por ella. Debo de estar loco. Cuando voy a la tienda, me pongo a echar cuentas y empieza a hacerse tarde, entonces recuerdo que a veces me quedaba a trabajar hasta las tantas y me perdia la cena con los ninos. Volvia a casa cuando ya estaban dormidos, sobre todo mi pequena; subia a su habitacion y estaba alli acostada… Odio ese recuerdo, odio haberme perdido una de sus carcajadas o una de sus sonrisas; eran tan pocas y tan preciosas, como pequenos diamantes.
George Shriver recosto la cabeza y se quedo mirando el techo. Respiraba con dificultad y el movimiento de su camisa blanca acompanaba cada aliento y cada recuerdo.
Su esposa se habia quedado en silencio, pero los ojos se le habian enrojecido y las manos le temblaban en el regazo.
– Somos gente normal y corriente, senor Cowart -dijo lentamente-. George ha trabajado duro y ha llegado a ser alguien en la vida para que nuestros hijos lo tengan mas facil. George Junior sera ingeniero, y a Anne se le dan muy bien las ciencias. Puede que vaya a la facultad de medicina. -De repente sus ojos brillaron de orgullo-. ?Se lo imagina? Un medico en la familia. ?Sabe?, hemos trabajado duro para que ellos puedan llegar mas lejos.
– Quisiera preguntarles que opinan de Robert Earl Ferguson -dijo Cowart con tacto.
Hubo un largo silencio. Betty Shriver respiro hondo antes de responder:
– Es un odio que va mas alla del odio. Es una espantosa ira contraria al espiritu cristiano, senor Cowart; es solo una ira oscura y terrible que llevamos dentro y que nunca desaparece.
Su marido sacudio la cabeza.
– Hubo un tiempo en que lo habria matado con mis propias manos sin vacilar. No se si todavia pienso lo mismo. ?Sabe, senor Cowart?, esta es una comunidad conservadora: la gente va a misa, saluda la bandera, bendice la mesa antes de comer y vota al partido republicano ahora que los democratas han olvidado sus principios. Yo diria que, si parara al azar a diez tipos en la calle y se lo preguntara, le dirian: «No, no lleven a ese tio a la silla electrica; traiganlo de vuelta aqui y dejen que nosotros nos encarguemos de el.» Hace cincuenta anos lo habrian linchado; ?que digo?, hace menos de cincuenta. Supongo que las cosas han cambiado. Pero cuanto mas se alarga esto, mas convencido estoy de que nosotros tambien hemos sido condenados, no solo el. Pasan los meses y los anos. El tiene a todos esos abogados a su servicio, y nosotros nos enteramos de que hay otra apelacion, otra vista, otro algo, y eso nos lo trae todo de vuelta a la memoria. Nunca tendremos la oportunidad de superarlo, que no es que se pueda, pero al menos deberiamos tener la oportunidad de seguir adelante con lo que nos queda de vida, aunque todo carezca ya de sentido. -Suspiro y sacudio la cabeza-. Es como si vivieramos con el en una especie de prision.
Al cabo de unos segundos, Cowart pregunto:
– Pero ?ustedes saben cual es mi proposito?
– Si, senor -contestaron al unisono.
– Diganme, ?que saben? -quiso saber.
Betty Shriver se inclino hacia delante.
– Sabemos que esta investigando el caso; comprobando que no se cometiera ninguna injusticia al respecto. ?Me equivoco?
– Algo asi.
– ?Y cual cree que fue la injusticia? -indago George Shriver, en un tono afable, curioso y exento de ira.
– Bueno, eso mismo les pregunto yo. ?Que les parecio el juicio?
– Ese bastardo fue condenado, y eso es lo unico que… -respondio alzando la voz. Pero su esposa le puso la mano en la pierna y el parecio calmarse.
– Presenciamos todo el juicio, senor Cowart -dijo Betty Shriver-. Cada minuto. Lo vimos alli sentado. En sus ojos habia una especie de miedo, una especie de terrible ira hacia todos. Me dijeron que odiaba Pachoula, que odiaba a todos sus habitantes, blancos y negros, sin distincion. Podia percibirse ese resentimiento cada vez que se removia en su asiento. Supongo que el jurado tambien lo percibio.
– ?Y las pruebas?
– Le preguntaron si lo habia hecho y dijo que si. ?Quien diria algo asi si no fuese cierto? Confeso que lo habia hecho el. Esas fueron sus palabras. Fueron sus palabras, maldita sea.
Se hizo de nuevo el silencio, antes de que George Shriver anadiera:
– Bueno, la verdad es que a mi me preocupaba que no tuvieran mas pruebas contra el. Hablamos horas y horas con Tanny y el detective Wilcox sobre eso. Tanny se sentaba justo donde ahora esta usted, noche tras noche. Nos explicaba lo ocurrido, y que el caso era peliagudo. Por suerte, por un cumulo de circunstancias termino ante los tribunales. ?Dios mio!, puede que nunca hubieran encontrado a Joanie; eso tambien fue una suerte. Ojala hubieran tenido mas pruebas, si senor, ojala. Pero basto con eso. Tenian su declaracion y eso ya era mucho para mi.
«Ya», penso Cowart.
Al cabo de un momento, la mujer pregunto en voz baja:
– ?Va a escribir un articulo?
Cowart asintio con la cabeza y respondio:
– Aun no se muy bien que clase de articulo.
– ?Que ocurrira?
– No lo se.
Ella fruncio el entrecejo e insistio:
– Le ayudara, ?no?
– Eso no lo se.
– Pero dificilmente lo perjudicara, ?verdad?
Cowart volvio a asentir.
– Eso es cierto. Despues de todo, esta en el corredor de la muerte. No tiene nada que perder.
– Me gustaria verlo alli -dijo Betty Shriver. Luego se puso en pie y le pidio que la siguiera.
Recorrieron un pasillo y llegaron a un ala de la casa. Ella se detuvo ante una puerta y cogio el pomo, sin abrirla.
– Ojala yo estuviera alli hasta que lo juzgue el Creador. Entonces tendria que responder por todo ese odio con que nos robo a nuestra nina. No le desearia la vida, no senor, no se la desearia. Es mas, ni siquiera desearia su muerte. Pero usted haga lo que tenga que hacer, senor Cowart. Solo recuerde esto. -Y abrio la puerta.
Cowart miro el interior y vio la cama de una nina. Las paredes estaban empapeladas de rosa y blanco y un
