suave volante rodeaba la cama. Habia munecos de peluche con grandes ojos tristones y dos moviles brillantes colgaban del techo; fotografias de bailarinas y un poster de Mary Lou Retton, la gimnasta, decoraban las paredes. Tambien habia un anaquel lleno de libros, entre ellos Misty de Chincoteague, Belleza negra y Mujercitas. Sobre el escritorio vio una graciosa fotografia de Joanie con un estrafalario maquillaje y vestida como una chica de los locos anos veinte; junto a la fotografia, una caja rebosaba bisuteria de colores chillones. En la esquina de la habitacion habia una casa de munecas grande repleta de figuras y una boa rosa de peluche asomaba por el borde de la cama.

– Estaba asi la manana en que se fue para no volver jamas. Y asi se quedara -dijo Betty Shriver.

Luego dio media vuelta de repente, con los ojos llenos de lagrimas, llorando desde lo mas hondo de su corazon. Por un instante se quedo mirando la pared, respirando agitadamente. Luego se alejo tambaleandose, para desaparecer por otra puerta que cerro tras ella, aunque no lo suficiente para acallar el doloroso llanto que resono en toda la casa. Cowart se asomo al pasillo y vio que el padre de la nina seguia sentado, mirando absorto al frente, inmovil, y que las lagrimas le resbalaban por las mejillas. Cowart quiso cerrar los ojos, pero se encontro contemplando con morbosa fascinacion el cuarto de la pequena. Todos los objetos infantiles, las chucherias y los adornos se le echaron encima y, por un instante, creyo que le faltaba la respiracion. Cada sollozo de la madre parecia oprimirle el pecho. Penso que se iba a desmayar, pero salio de la habitacion, convencido de que nunca iba a olvidarla, e hizo un gesto con la cabeza a Wilcox. Por un instante quiso disculparse y dar las gracias a George Shriver, pero supuso que sus palabras sonarian vacias como la agonia de aquellos padres. Asi que, de puntillas cual ladron de almas, se marcho sigilosamente.

Cowart tomo asiento sin mediar palabra en el despacho del teniente Brown. Wilcox se sento al otro lado de la mesa y se puso a hojear un grueso expediente marcado «Shriver». No se habian hablado desde que salieron de la casa. Cowart contemplo largamente un enorme roble cuyas ramas se agitaban bajo una repentina brisa mas alla de la ventana.

De pronto, Wilcox encontro lo que buscaba y arrojo un sobre de papel manila encima de la mesa, justo delante de el.

– Mire -le espeto a Cowart-. Le vi echar un buen vistazo a esa preciosa fotografia de Joanie que cuelga en el salon de los Shriver. Crei que tal vez le gustaria ver el aspecto que tenia despues de que Ferguson acabara con ella.

Cowart recogio el sobre sin responder y saco las fotografias. La peor era la primera: la nina tendida sobre una camilla en la sala del forense, antes de iniciarse la autopsia. Tierra y sangre todavia desdibujaban sus rasgos. Estaba desnuda, y su cuerpo apenas empezaba a dar muestras de madurez. Cowart vio unas heridas de arma blanca en el torax que le rebanaban los pechos en flor. El cuchillo tambien le habia perforado el estomago y la entrepierna en una docena de puntos. Temiendo marearse, siguio mirando, esta vez la cara de la nina. Parecia hinchada y la piel casi le colgaba, tantas horas habia pasado sumergida en la cienaga. Por un instante, Cowart penso en los muchos cadaveres que habia visto en diferentes lugares y en los cientos de fotografias de autopsia presentadas en los juicios que habia cubierto. Volvio a mirar los restos de Joanie y advirtio que, pese a todo el mal que le habian hecho, habia logrado conservar su identidad de nina. La llevaba grabada en el rostro, incluso despues de muerta. Y a Cowart eso parecio dolerle aun mas.

Empezo a ojear las demas, en su mayoria fotografias de la escena del crimen que mostraban su imagen tras haber sido rescatada del pantano. Asimismo, comprobo cuanto tenia de verdad lo que le habia explicado Bruce Wilcox: cientos de huellas embarradas rodeaban el cuerpo. Siguio examinando las fotografias, para descubrir mas senales de contaminacion del lugar del crimen, y solo levanto la mirada cuando oyo que la puerta se abria a su espalda y que Wilcox decia:

– Tanny, caramba, ?por que has tardado tanto?

Cowart se puso en pie, dio media vuelta y su mirada se encontro con la del teniente Theodore Brown.

– Encantado, senor Cowart -dijo el policia tendiendole la mano.

Cowart se la estrecho sin saber que decir. Asimilo el aspecto del policia en un segundo: Tanny Brown era del tamano de un defensa de futbol americano, muy por encima del metro ochenta, y tenia una constitucion robusta, de brazos largos y fuertes. Llevaba el pelo al rape y usaba gafas. Y era negro, de un llamativo e intenso onice oscuro.

– ?Algun problema? -pregunto Tanny Brown.

– No -respondio Cowart, recobrando la compostura-. No sabia que usted era negro.

– Vaya. Ustedes los tipos de ciudad se creen que aqui todos somos unos guaperas como Wilcox, ?no?

– No. Solo que me sorprende. Lo siento.

– Tranquilo. De hecho -prosiguio el policia con su voz firme y sin acento-, estoy acostumbrado al factor sorpresa. Pero si fuera a Mobile, Montgomery o Atlanta, se encontraria con que alli hay muchos mas rostros negros con uniforme de los que se imagina. Todo cambia, incluso la policia; aunque dudo que usted lo crea asi.

– ?Porque?

– Porque la unica razon que le trae aqui es que se ha tragado la mierda que ese cabronazo asesino y sus abogados le han contado.

Cowart se limito a tomar asiento y observar como el teniente cogia la silla que Wilcox habia ocupado, mientras el detective echaba mano de una plegable y se sentaba a su lado.

– ?Se lo cree? -pregunto Brown bruscamente.

– ?Por que? ?Es importante para usted saber si me lo creo?

– Bueno, podria simplificar las cosas. Si usted me dice que si, que cree que al muchacho le sacamos la confesion a golpes, entonces no tendriamos mucho de que hablar, porque yo le diria que no, que no lo hicimos, que es absurdo. Y usted podria escribir eso en su libretita y no se hablaria mas del tema. Publicaria su articulo y que sea lo que Dios quiera.

– No simplifiquemos tanto -replico Cowart.

– Ya. Bien, ?que quiere saber?

– Quiero saberlo todo. Desde el principio. Sobre todo, que les hizo ir a por Ferguson, pero tambien me gustaria saberlo todo sobre la confesion. Y no omita ningun detalle. ?No es eso lo que diria a alguien antes de tomarle declaracion?

Tanny Brown acomodo su corpachon en la silla y sonrio, pero no porque le hiciera gracia.

– Precisamente eso es lo que yo diria -confirmo. Se removio en la silla, pensativo, aunque sin apartar la vista de Cowart-. Robert Earl Ferguson encabezaba la reducida lista de sospechosos desde que descubrimos el cuerpo de la nina.

– ?Porque?

– Era sospechoso de otras agresiones.

– ?Que otras agresiones?

– Media docena de violaciones en el condado de Santa Rosa, y en la frontera con Alabama, cerca de Atmore y Bay Minette.

– ?Que pruebas tiene de ello?

Brown nego con la cabeza.

– No hay pruebas. Fisicamente, encajaba con el retrato robot que pudimos reconstruir, en colaboracion con detectives de esos lugares. Y las violaciones coinciden todas con momentos en los que el abandonaba la universidad para irse de vacaciones y visitar a su abuela.

– Si. ?Y que?

– Y eso es todo.

Cowart permanecio un instante en silencio.

– ?Eso es todo? ?No hay pruebas que lo vinculen a esas agresiones? Me imagino que mostrarian su fotografia a esas mujeres.

– Si, pero ninguna pudo identificarlo.

– Y el pelo que encontraron en su coche, que no pertenecia a Joanie Shriver, ?lo cotejaron con las victimas de esos otros casos?

– Si.

– ?Y?

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