a aquel hombre enjuto y mas pequeno que el. No dijo nada, ni siquiera cuando Wilcox se volvio hacia el farfullando con rabia apenas controlada. Luego se volvio hacia Cowart, pero acabo saliendo de la oficina, con los punos apretados y sin poder articular palabra.

Cowart se recompuso la chaqueta y se dejo caer en la silla pesadamente. Respiraba agitadamente y la adrenalina le palpitaba en las sienes. Tras unos momentos de silencio, lanzo una mirada a Brown.

– No ira a decirme ahora que no golpeo a Ferguson y que en las treinta y seis horas de interrogatorio en ningun momento perdio la paciencia.

El teniente arrugo el entrecejo, como intentando evaluar el dano causado por aquel arrebato de ira. Luego sacudio la cabeza y dijo:

– No, la verdad es que la perdio. Una o dos veces, antes de que yo lo refrenara. Pero solo abofeteo a Ferguson.

– ?No le dio ningun punetazo en el estomago?

– No que yo sepa.

– ?Y las guias de telefonos?

– Un viejo truco -dijo Brown enarcando las cejas-. Pero no las uso, pese a lo que diga Ferguson.

El teniente se volvio para mirar por la ventana. Al cabo de un rato dijo:

– Senor Cowart, creo que no se lo hare entender. La muerte de esa pequena ha sacado a todo el mundo de sus casillas y aun esta presente. Pero a nosotros, que tuvimos que llevar el caso a pesar del desastre emocional, nos ha tocado la peor parte. Ha sido un golpe durisimo. Nosotros no eramos ni buenos ni malos, solo queriamos atrapar al asesino. Yo me pase tres noches en vela, ninguno de nosotros podia pegar ojo. Pero lo atrapamos, y ahi estaba el, sonriendonos como si nada hubiera pasado. No culpo a Bruce Wilcox por haber perdido un poco la paciencia; es mas, creo que todos teniamos los nervios de punta. Y aun entonces, con esa confesion, que si bien, como usted dice, no es modelica, si fue lo maximo que pudimos arrancarle a ese hijo de puta; aun entonces, el asunto era muy delicado. Esta condena pende de un hilo muy fino, todos lo sabemos. Entonces aparece usted, haciendo preguntas, y como cada una de esas preguntas va desgastando un poco mas ese hilo, nos ponemos un poco furiosos. Oiga, le pido disculpas por el comportamiento de mi colega. No quiero que se revoque esta condena, porque entonces no podria mirar a los Shriver a la cara, ni a mi propia familia; ni siquiera podria mirarme a mi mismo. Quiero que ese hombre pague por lo que hizo.

El teniente espero la reaccion de Cowart. Este tuvo una repentina sensacion de exito y decidio consolidar su ventaja.

– ?Que politica siguen en su departamento respecto a entrar con armas en las salas de interrogatorios?

– No esta permitido, y todos los agentes lo saben. El sargento de servicio lo comprueba. ?Por que?

– ?Le importaria ponerse en pie un momento?

Brown se encogio de hombros y se levanto de la silla.

– Ahora enseneme los tobillos.

Parecio sorprendido.

– No entiendo…

– Con su permiso, teniente.

Brown lo miro con ceno.

– ?Es esto lo que quiere ver? -Levanto la pierna y puso el pie encima de la mesa, levantando la pernera del pantalon. En el tobillo, sujeta a la pantorrilla, llevaba una funda de piel marron con una pistola del calibre 38. Bajo la pierna.

– ?Apunto usted con esa arma a Ferguson y le dijo que lo mataria si no confesaba?

– En absoluto. -Una fria indignacion recorrio la voz del detective.

– ?Y nunca apreto el gatillo con la recamara vacia?

– No.

– Entonces, ?como podia saber Ferguson que usted llevaba esa pistola si no se la enseno?

Brown lo miro fijamente desde el otro lado de la mesa, con una gelida rabia en los ojos.

– La entrevista ha terminado -dijo, senalando la puerta.

– Se equivoca -replico Cowart, subiendo la voz-. Acaba de empezar.

5

DE NUEVO EN EL CORREDOR DE LA MUERTE

Para los periodistas, como para el tirador que trata de hacer punteria, existe una zona, mas alla de donde le alcanza la vista y del centro del blanco, en que los demas detalles de la vida se esfuman, y es entonces cuando el articulo empieza a tomar forma en su mente. Las lagunas narrativas, los puntos oscuros de su prosa, empiezan a hacerse obvios y el periodista, como un enterrador que arrojara paladas de tierra sobre un ataud, rellena los huecos.

Matthew Cowart habia llegado a esa zona.

Tamborileaba impacientemente con los dedos sobre la mesa de tablero de linoleo, mientras esperaba a que el sargento Rogers escoltara a Ferguson hasta la sala de entrevistas. Su viaje a Pachoula lo habia dejado lleno de preguntas y anegado en un mar de respuestas probables. La historia habia quedado instalada a medias en su mente, desde el preciso momento en que Tanny Brown reconocio a reganadientes que Wilcox habia abofeteado a Ferguson. Aquella pequena concesion habia abierto la perspectiva de una sarta de mentiras. Cowart no sabia muy bien que habia ocurrido entre los detectives y su presa, pero lo que si sabia era que habia suficientes interrogantes para justificar su historia, y tal vez para reabrir el caso. Ahora estaba pendiente del segundo factor: si Ferguson no habia matado a la nina, ?quien lo habia hecho? Cuando el condenado aparecio en la entrada, con un cigarrillo apagado en los labios y los brazos cargados de carpetas, a Cowart le entraron ganas de saltar de alegria.

Los dos hombres se dieron la mano y Ferguson se acomodo en la silla.

– Estare fuera -dijo el sargento, antes de dejar al periodista y al convicto encerrados en la salita. A continuacion se oyo el clic de un pasador.

El preso sonreia, no con alegria sino con petulancia, y solo por un momento, mientras comparaba aquella mueca con la fria ira que habia visto en los ojos de Tanny Brown, Cowart sintio un cambio de opinion en su interior. Luego aquella sensacion desaparecio y Ferguson dejo caer sobre la mesa los documentos, que hicieron un ruido sordo.

– Sabia que volveria -dijo Ferguson-. Sabia lo que descubriria alli.

– ?Y que cree que he descubierto?

– Que yo decia la verdad.

Cowart vacilo un momento y procuro que el preso perdiera parte de su confianza.

– Descubri que decia verdades a medias.

Ferguson se enfurecio al instante.

– ?Que demonios insinua? ?No hablo con esos polis? ?No vio ese pueblo sudista de racistas? ?No vio que tipo de lugar es ese?

– Uno de esos polis racistas era negro. Olvido decirmelo.

– Venga ya. ?Cree que porque somos del mismo color ese tio es legal? ?Acaso cree que es mi hermano? ?Que no es tan racista como ese pequeno gusano que tiene por companero? ?Donde ha estado usted, senor periodista? Tanny Brown es peor que el comisario mas racista que quepa imaginar. El hace el trabajo sucio para que esos otros polis del Sur profundo parezcan de la Union de Derechos Civiles. Es blanco hasta la medula y lo unico que odia mas que a si mismo es a los tipos de su propio color. Pregunteselo a quien quiera. Pregunte quien es la mano dura en Pachoula, y la gente le dira que es ese cerdo, se lo aseguro.

Ferguson se habia puesto en pie y se paseaba por la habitacion aporreandose la palma de una mano con el puno de la otra, y con eso enfatizaba sus palabras.

– ?No hablo usted con el viejo borracho que me vendio?

– Si, hable con el.

Вы читаете Juicio Final
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату