– ?Y con mi abuela?
– Tambien.
– ?No reviso el caso?
– No habia demasiado que revisar.
– ?No vio por que necesitaban aquella confesion?
– Si.
– ?No vio la pistola?
– Si, la vi.
– ?No leyo aquella confesion?
– Si, la lei.
– Esos cabronazos me dieron una paliza.
– Reconocieron haberle abofeteado un par de veces…
– ?Un par de veces? ?Joder, tio! Seguramente dijeron que habian sido unas palmaditas carinosas o algo asi, ?no? Mas un pequeno desliz que una verdadera paliza, ?eh?
– Eso dieron a entender.
– ?Hijos de puta!
– Calmese…
– ?Que me calme? ?Como quiere que me calme! Esos mentirosos hijos de puta pueden sentarse ahi fuera y decir lo que les venga en gana. Y a mi, todo lo que me espera es una celda y la silla electrica.
Su voz habia subido de tono y ya iba a anadir algo, cuando de pronto guardo silencio y se detuvo en medio de la sala. Volvio a fijar la mirada en Cowart, como tratando de recuperar parte de la calma que habia perdido con tanta rapidez. Parecia estar pensando bien lo que iba a decir.
– Senor Cowart -dijo por fin-, ?sabe que hasta esta misma manana estabamos confinados en las celdas? Sabe lo que eso significa, ?no?
– Digame, ?que significa?
– El gobernador firmo una orden de ejecucion. Nos tuvieron a todos encerrados en las celdas hasta que la orden se revocara o se llevara a cabo la ejecucion.
– ?Y que paso?
– El tribunal de apelaciones del distrito cinco suspendio la sentencia. -Sacudio la cabeza-. Pero no definitivamente. Usted ya sabe como funciona esto. Primero uno agota todas las apelaciones normales. Luego pasa a las grandes cuestiones, como la constitucionalidad de la pena de muerte, o tal vez a la composicion racial del jurado; por aqui es una de las preferidas. A continuacion se debate sobre estas cuestiones y se intenta aportar algo nuevo. En ocasiones se trata de algo que todavia no se les habia ocurrido a todas esas mentes legales. Y mientras, tictac, tictac… el tiempo pasa.
Volvio a su sitio y se sento con cuidado, entrelazando las manos sobre la mesa, delante de Cowart.
– ?Sabe que le hace un confinamiento al alma? La congela. Te ves atrapado, como si cada tictac de ese puto reloj diera golpecitos en tu corazon. Sientes que eres tu el que va a morir, sabes que algun dia vendran y confinaran a los presos del corredor, y la orden firmada llevara tu nombre. Es como si te asesinaran poco a poco, dejando que la sangre se derrame gota a gota, desangrandote. Ese es el momento en que todo el corredor enloquece. Puede preguntar al sargento Rogers, el se lo explicara. Primero se oye una cacofonia de gritos tremebundos y chillidos, pero solo dura unos minutos. Luego el silencio invade el corredor. Es casi como si se oyera a los hombres sudar en un mar de pesadillas. Sin embargo, a veces el menor ruido lo rompe y el silencio se desvanece, porque algunos condenados vuelven a chillar. Un dia, un hombre se paso doce horas seguidas gritando antes de morir. El confinamiento nos hace perder hasta la ultima gota de sano juicio, para dejar solo odio y locura. Eso es todo lo que queda. Lo ultimo que nos quitan es la vida -acabo casi en susurros.
Se puso en pie y volvio a pasearse por la sala.
– ?Sabe que no me gustaba de Pachoula? Su autocomplacencia. Lo bonita que es. Sencillamente bonita y tranquila. -Apreto el puno-. Odiaba el hecho de que todo encajara y funcionara a la perfeccion. Todo el mundo se conocia y sabia exactamente como iba a ser su vida: levantarse por la manana, ir al trabajo, si senor, no senor, volver a casa en coche, tomarse una copa, cenar, encender la television, acostarse… Y al dia siguiente, lo mismo. El viernes por la noche, ir al partido del instituto; el sabado, ir de picnic; el domingo, ir a misa. No importaba ser blanco o negro, solo que los blancos mandaban y los negros hacian el trabajo duro, como en cualquier otro rincon del Sur. Y lo que mas odiaba es que todo el mundo lo aceptara. Maldita sea, cuanto adoraban aquella rutina. Empezar y acabar cada dia igual que el anterior, igual que el siguiente. Ano tras ano.
– ?Y usted?
– Yo no encajaba. Porque buscaba algo diferente. Iba a ser alguien en la vida, y mi abuela era como yo. Los negros del lugar solian decir de ella que, aunque vivia en una casucha sin agua y con un gallinero en la parte de atras, era una vieja cinica con aires de grandeza. Y los tipos como ese maldito Tanny Brown no soportaban el orgullo de mi abuela ni que ella no se rebajara ante nadie. Usted la ha conocido. ?Le parecio la clase de mujer que se aparta en la acera para dejar pasar a un blanco?
– No.
– Ha sido una luchadora toda su vida. Entonces llegue yo y como tampoco fui de su agrado, pues vinieron a por mi.
Parecia dispuesto a continuar, pero Cowart lo interrumpio:
– Vale, Ferguson, esta bien. Digamos que todo eso es cierto. Y digamos que escribo ese articulo: pruebas poco solidas, identificacion dudosa, mal abogado, confesion bajo coaccion. Pero eso es solo la mitad de lo que me prometio. Quiero un nombre. Usted sabe quien es el asesino. Dejese de rodeos.
– ?Que promesas le he hecho yo?
– Ninguna. En mi articulo contare lo que usted me haya explicado.
– Si, pero es mi vida. Tal vez mi muerte. -Ferguson se sento y lo miro-. ?Que sabe usted de mi? - pregunto.
Eso dio que pensar a Cowart. ?Que sabia el?
– Lo que usted me ha explicado. Y lo que otros me han contado.
– ?Cree que me conoce?
– Un poco, tal vez.
– Se equivoca. -Parecio vacilar, como si reconsiderara lo que acababa de decir-. Soy lo que ve. Puede que no sea perfecto, o que hiciera y dijera cosas indebidas. Tal vez no debi haber jodido tanto a todo ese pueblo para que, en cuanto surgiera un problema, solo se les ocurriera venir a por mi y dejaran pasar de largo el problema sin siquiera darse cuenta.
– No le entiendo.
– Ya me entendera. -Cerro los ojos-. Se que a veces puedo parecer un poco brusco, pero cada uno es como es, ?no?
– Supongo.
– Eso es lo que ocurrio en Pachoula, ?sabe? Llego el problema. Se paro un par de minutos y luego me dejo atras, para que me recogieran alli con los demas anicos de vida. -La expresion de perplejidad de Cowart lo hizo reir-. Se lo explicare de otra manera. Imaginese a un hombre, un hombre desalmado, que se dirige al sur en coche y hace un alto en Pachoula. Se detiene, tal vez a tomar una hamburguesa con patatas fritas bajo un arbol, justo a la salida de un colegio. Se fija en una nina y habla con ella porque le parece bonita. Usted ha visto ese lugar. No es dificil plantarse en el pantano en un par de minutos; un lugar tranquilo y solitario. La mata alli mismo y sigue adelante. Abandona para siempre aquel lugar, sin pararse a pensar en lo sucedido mas de unos minutos, y solo para recordar lo bien que se sintio al quitarle la vida a esa nina.
– Continue.
– Ese hombre recorre todo el estado en zigzag. Provoca pequenos altercados en Bay City y luego en Tallahassee, Orlando, Lakeland, Tampa. Todos en la direccion de Miami. Una colegiala, un par de turistas, la camarera de un bar. Las complicaciones vienen cuando llega a la gran ciudad: no es tan prudente y lo trincan… Bien trincado. Asesinato en primer grado. ?Me sigue?
– Tal vez. Siga.
– Despues de pasar un par de anos en los tribunales, el hombre en cuestion acaba justo aqui, en el corredor de la muerte. ?Y de que se entera al llegar aqui? De un buen chiste, el mejor chiste del mundo: el hombre de la
