Cowart vacilo un instante, pero al punto la duda desaparecio. Se levanto.

– Dese prisa, Cowart. Venga, rapido. No queda mucho tiempo.

Sullivan se recosto en el catre. Aparto la vista de Cowart y bramo:

– ?Sargento Rogers! ?Llevese a este hombre fuera de mi vista! -Sus ojos se posaron en Cowart una vez mas-. Hasta manana. Sera el sexto dia.

Cowart asintio con la cabeza y se marcho a paso ligero.

Consiguio coger el ultimo vuelo de regreso a Miami. Pasaba de la medianoche cuando entro exhausto en su apartamento y se tendio vestido sobre la cama. Se sentia inquieto, presa de un extrano miedo escenico. Se veia como un actor arrojado al escenario, ante un publico, pero sin conocer su papel, su personaje, ni siquiera el titulo de la obra. Aparto aquellos pensamientos y se concedio unas horas de sueno intermitente.

Pero a las ocho de la manana ya estaba en la carretera de camino a los Cayos Altos. Amanecia un dia claro, solo habia algunas nubes rezagadas en el cielo que resplandecian con el sol de la manana. Dejo atras el transito de la hora punta que congestiona la autopista South Dixie en direccion a Miami, circulando a toda velocidad en direccion contraria. Miami se extiende mas alla de la ciudad en si, hasta poligonos de centros comerciales con letreros chillones y aparcamientos vacios. El trafico disminuia al atravesar las urbanizaciones, luego llegaban las hileras de concesionarios con cientos de banderas norteamericanas y enormes pancartas anunciando rebajas de ocasion y pulidas flotas de vehiculos aparcados en fila en los que se reflejaba el sol. Observo un par de cazas plateados columpiandose en el cielo cristalino, esperando aterrizar en la base de la fuerza aerea; los dos aviones rugian a la vez que evolucionaban armonicamente como una pareja de bailarines de ballet.

Unos kilometros mas alla, cruzo el puente de Card Sound, que conducia a los cayos. La carretera surcaba monticulos de mangles y cienagas pantanosas. Vio el nido de una ciguena en un poste de telefono y un pajaro blanco que, al paso del coche, alzo el vuelo con un batir de alas. Los primeros kilometros se vio rodeado de un mundo verde y llano. Luego el paisaje a su izquierda dio lugar a calas y finalmente a la kilometrica bahia de Florida. Un ligero viento encrespaba la superficie de un mar azul y turgente. Siguio adelante.

La carretera hacia los cayos serpentea entre mar y humedales, y de vez en cuando se eleva un poco para que pueda asentarse la civilizacion. Esa tierra dura, con incrustaciones de coral, alberga puertos deportivos y bloques de pisos donde tiene suficiente solidez para soportar construcciones. En ocasiones parece como si los bloques cuadrados hubieran desovado: una gasolinera se amplia a estacion de servicio; una tienda de camisetas echa raices y florece como establecimiento de comida rapida; un muelle da lugar a un restaurante, que incuba un motel al otro lado de la carretera. Donde el terreno es extenso, colegios, hospitales y campings para caravanas se aferran a la gravilla, a la tierra y a fragmentos de conchas descoloridos por el sol. El oceano, siempre cerca, parpadea con el reflejo solar y su vasta extension se mofa de los pateticos y persistentes esfuerzos de la civilizacion. Cowart paso por Marathon y por delante de la entrada del parque subacuatico estatal John Pennekamp. En el puerto deportivo de Whale Harbor observo que en la entrada al muelle de pesca deportiva habia un gigantesco marlin azul de plastico, mayor que cualquier otro pez que jamas haya cruzado la corriente del Golfo. Luego dejo atras un grupo de tiendas y un supermercado, cuyas paredes blancas se iban deteriorando bajo el inexorable sol de los cayos.

Era mediodia cuando encontro Tarpon Drive.

La calle estaba en la punta meridional del islote, a un kilometro y medio de donde el oceano penetra en la tierra y hace imposible la edificacion. La carretera se desviaba a la izquierda, en un solo carril de conchas trituradas que discurria entre caravanas y pequenos chalets; era una carretera irregular, como trazada sobre la marcha. Una oxidada furgoneta Volkswagen, pintada con desvaidos colores psicodelicos al estilo hippie, descansaba sin ruedas sobre unos bloques de hormigon en un patio delantero. No lejos de alli, dos ninos en panales jugaban en un improvisado cajon de arena, vigilados por una joven de cenidos vaqueros cortos y camiseta, sentada en un balde de pescador volcado. Fumaba, y cuando vio a Matthew Cowart lo miro con estudiada dureza. Frente a otra casa habia una barca encima de un caballete. En el exterior de una caravana, una pareja de ancianos sentada en unas tumbonas baratas a rayas verdes, al amparo de una sombrilla rosa, no se inmuto al verlo pasar. Cowart bajo la ventanilla y sintonizo en la radio un programa de entrevistas; voces incorporeas discutian vivamente sobre cuestiones absurdas. Antenas de television dobladas y retorcidas plagaban los techos. Cowart sintio que se adentraba en un mundo de esperanzas perdidas y miserias encontradas.

A medio camino calle abajo, tras una alambrada oxidada, habia una solitaria iglesia de madera blanca. En el patio delantero se leia en un enorme letrero escrito a mano: «Primera Iglesia Baptista de los Cayos. Entrad y hallareis la Salvacion.» La verja que daba a la calle estaba desencajada y los peldanos de madera que llevaban a las puertas, cerradas con candado, estaban rotos y astillados.

Cowart siguio conduciendo, buscando el numero 13.

La casa estaba retirada casi treinta metros de la calzada, bajo un mangle nudoso que proyectaba una sombra abigarrada sobre la fachada. Sus viejas ventanas estaban abiertas para dejar entrar la brisa que corria entre la marana de arboles y maleza. Las persianas estaban desconchadas y de la puerta colgaba un crucifijo. Era una casa pequena, con un par de depositos de propano apoyados contra una pared. El patio era de tierra y grava, y al caminar hacia la puerta Cowart removio el polvo. En la puerta de madera estaban grabadas las palabras «Jesucristo vive en nuestro interior.»

Un perro ladro a lo lejos. El mangle se movio ligeramente al recibir una pequena rafaga de viento perseguida por el calor. Llamo a la puerta. Una, dos y hasta tres veces. No hubo respuesta. Retrocedio y grito:

– ?Hola! ?Hay alguien en casa?

Espero a que alguien respondiera. Nada. Volvio a llamar a la puerta. Nada.

Se retiro de la puerta, y escruto alrededor. No vio ningun coche, ninguna senal de vida. Probo a gritar de nuevo.

– ?Hola! ?Hay alguien?

Una vez mas, nada.

No sabia que hacer.

Camino de vuelta a la calle y se volvio para echar otro vistazo a la casa. «?Que cono estoy haciendo aqui? -se pregunto-. ?De que va todo esto?»

Oyo detenerse un coche y vio que un cartero se apeaba de un jeep blanco. El hombre metio correspondencia primero en un buzon, y despues en otro. Luego se dirigio calle abajo hacia el numero 13.

– Hola, ?como esta? -le dijo Cowart.

Era un hombre maduro, llevaba pantalones cortos grises y la camisa azul palido del servicio postal. Lucia una larga coleta bien recogida y un mostacho que le daba expresion compungida; unas gafas de sol ocultaban sus ojos.

– Tirando. -Se puso a hurgar en la saca de correo.

– ?Quien vive aqui? -pregunto Cowart.

– ?Quien quiere saberlo?

– Soy del Miami Journal. Me llamo Cowart.

– Leo su periodico -respondio el cartero-. Mas que nada la seccion de deportes.

– ?Puede ayudarme? Busco a las personas que viven en esta casa. Pero nadie da senales de vida.

– ?No le responden? Pues yo nunca los he visto ir a ninguna parte.

– ?A quienes?

– El senor y la senora Calhoun. Los viejos Dot y Fred. Solian sentarse a leer la Biblia y esperar a que llegara el dia del juicio final o a que llegara el catalogo de Sears. Los de Sears son gente seria.

– ?Llevan mucho tiempo aqui?

– Seis o siete anos, tal vez mas. Ese es el tiempo que llevo yo aqui.

Cowart estaba confuso, pero se le ocurrio otra pregunta:

– ?Reciben correo de Starke? ?De la prision estatal?

El cartero dejo caer la saca en el suelo, suspirando:

– Claro. Quizas una vez al mes.

– ?Sabe usted quien es Blair Sullivan?

– Por supuesto. Lo van a electrocutar. Lo lei el otro dia en su periodico. ?Tiene esto algo que ver con el?

– Tal vez. No lo se -contesto Cowart, y echo otro vistazo a la casa mientras el cartero sacaba un fajo de sobres y abria el buzon.

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