– ?Oh, oh! -dijo.

– ?Que?

– No han recogido el correo. -El hombre contemplo la casa con gesto dubitativo-. Mala senal. Si los ancianos no recogen el correo, es que algo va mal. ?Sabe?, cuando era mas joven solia hacer el reparto en Miami Beach, y siempre sabia lo que me iba a encontrar cuando no recogian el correo.

– ?Cuantos dias hara?

– Parece que un par de dias. Esto no me gusta -dijo el cartero.

Cowart se encamino de nuevo a la casa y espio por una ventana. Todo lo que vio fueron muebles baratos colocados en una salita; de la pared colgaba un retrato de Jesus con un aura alrededor de la cabeza.

– ?Ve algo? -pregunto el cartero, que lo habia seguido y miraba por otra ventana haciendose visera con las manos.

– Aqui solo hay una habitacion vacia.

Ambos retrocedieron y Cowart grito:

– ?Senor y senora Calhoun! ?Hola!

Siguio sin haber respuesta. Se dirigio a la puerta principal y movio el pomo: no estaba echada la llave. Echo una mirada al cartero y este asintio. Entro.

Enseguida noto el olor.

El cartero gimio y toco el hombro de Cowart.

– Se lo que es esto -dijo-. Lo oli por primera vez en Vietnam y jamas lo olvidare. -Hizo una pausa y luego anadio-: Escuche.

A Cowart se le hizo un nudo en la garganta con el hedor y le entraron ganas de vomitar, como si estuviera rodeado de humo. A continuacion oyo un zumbido en la parte de atras de la casa.

El cartero retrocedio.

– Voy a llamar a la policia.

– Yo voy a echar un vistazo -dijo Cowart.

– No lo haga. No hay necesidad.

Cowart sacudio la cabeza y avanzo: el hedor y el zumbido parecian envolverlo, atraerlo hacia el interior. Consciente de que el cartero habia salido, miro por encima del hombro para ver como el hombre se dirigia a la casa del vecino. Cowart se interno en la casa. Lo iba rastreando todo con los ojos, tomando nota de los detalles, recogiendo escenas que luego pudieran ser descritas, fijandose en los muebles raidos y los objetos religiosos, con la sensacion de encontrarse en el fin del mundo. El calor iba aumentando de manera inexorable, sumandose al hedor que impregnaba su ropa, le anegaba las fosas nasales, se introducia por sus poros y lo ponia al borde de la nausea. Entro en la cocina.

Alli estaba la pareja de ancianos.

Estaban atados a sendas sillas, a cada lado de una mesa con tablero de linoleo. Ella estaba desnuda; el, vestido. Se hallaban sentados el uno frente al otro como si fueran a comer.

Los habian degollado.

Habia sangre oscura encharcada alrededor de las sillas. Las moscas cubrian la cara de ambos, bajo maranas de pelo cano. Las cabezas les colgaban hacia atras, de manera que los inertes ojos miraban fijamente al techo.

Alguien habia dejado una Biblia abierta en el centro de la mesa.

Cowart se ahogaba, al borde del desmayo y luchando con su estomago revuelto.

El pegajoso bochorno de la estancia y el zumbido de las moscas parecian ir a mas. Dio un paso mas y se inclino para leer en la pagina abierta. Una mancha de sangre marcaba el siguiente pasaje: «Hay quien muere con gloria y cuyas oraciones son escuchadas. Y hay quien muere sin gloria, como si nunca hubiera existido, como si jamas hubiera nacido; y sus hijos seguiran su camino.»

Cowart reculo, escrutando la cocina con los ojos desorbitados.

Habian forzado la puerta, solo asegurada por una cadena, que daba al patio trasero. La cadenita colgaba inutilmente de la vieja madera astillada. Sus ojos se posaron de nuevo sobre la pareja de ancianos. La mujer tenia los flaccidos pechos salpicados de sangre reseca. Cowart retrocedio un paso y luego otro, para acabar dando media vuelta y precipitarse hacia la puerta de la calle. Respiro hondo, con las manos apoyadas en las rodillas, y vio que el cartero regresaba del otro lado de la calle. Sintio un mareo creciente y se sento torpemente en la entrada.

A medida que se acercaba presuroso, el cartero grito:

– ?Estan ahi dentro?

Cowart asintio con la cabeza.

– ?Dios! -dijo el hombre-. ?Es grave?

Cowart asintio por segunda vez.

– La policia esta de camino.

– Alguien los ha asesinado -dijo Cowart en voz baja.

– ?Asesinado? ?Pero que dice!

Cowart volvio a asentir.

– ?Dios! -repitio el cartero-. ?Por que?

Cowart solo meneo la cabeza. Pero en su fuero interno los pensamientos se le acumulaban. «Se por que - penso-. Se quienes son y por que murieron.» Eran las personas a las que Sullivan siempre habia querido matar. Y al final lo habia conseguido. Se habia colado entre los barrotes, habia dejado atras las verjas y las vallas, los muros de la prision y la alambrada, tal como habia prometido.

Solo que Matthew Cowart no sabia como.

10

UN ACUERDO CAMINO AL INFIERNO

Cowart no pudo regresar a la prision hasta la manana del septimo dia. La investigacion del asesinato lo habia atrapado en el tiempo.

El y el cartero habian esperado en silencio, sentados en los peldanos de la entrada, a que llegara el coche patrulla.

– Esto es increible -habia dicho el cartero-. ?Maldita sea!, queria aprovechar la marea de la tarde para pescar algun pargo para cenar. -Sacudio la cabeza.

Al cabo de un rato, oyeron que un coche patrulla se acercaba por Tarpon Drive; cuando levantaron la mirada vieron que lo ocupaba un unico agente. Aparco enfrente y se apeo despacio.

– ?Quien de los dos ha llamado? -pregunto. Era un hombre joven, con musculos de culturista y gafas de espejo.

– Yo -respondio el cartero-. Pero el es quien entro y los encontro.

– ?Y quien es usted?

– Soy periodista del Miami Journal -contesto Cowart languidamente.

– Aja. ?Y que tenemos aqui?

– Dos muertos. Asesinados.

– ?Y como lo sabe?

– Compruebelo usted mismo.

– No se muevan de aqui. -El agente paso entre los dos.

– ?Adonde cree que vamos a ir? -repuso el cartero en voz baja-. ?Joder! Pero si he pasado por esto muchas mas veces que el. ?Eh, agente! -grito al policia-. Parece salido de una puta pelicula. No toque nada.

– Lo se -replico el joven agente.

Cowart y el cartero observaron como entraba en la casa.

– Creo que se va a llevar la impresion mas espantosa de su corta carrera -comento Cowart.

El cartero sonrio.

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