– Todavia no lo se, Tom. Dejame averiguarlo.

– ?Hay algun sospechoso? -insistio el periodista.

– No lo se.

– ?Sullivan se saldra con la suya?

– De verdad que no lo se.

– ?Que te ha dicho?

– Nada. De momento, nada.

– ?Cuando hable con el nos lo contara? -grito otra voz.

– Claro -mintio, y se invento una excusa para salir del paso. Le costo abrirse camino entre la multitud para llegar hasta la puerta principal, donde el sargento Rogers lo esperaba.

– ?Eh, Matty! -lo llamo el periodista de television-. ?Te has enterado de lo del gobernador?

– ?De que, Tom? No se nada.

– Acaba de ofrecer una rueda de prensa para decir que no suspendera la sentencia, salvo que Sullivan presente una apelacion.

Cowart asintio con la cabeza y llego a la entrada de la prision, al amparo del ancho brazo del sargento Rogers. Los dos detectives habian entrado antes y ya se hallaban lejos de los focos rastreadores de las camaras.

Cuando Cowart entraba, Rogers le susurro una cancion de Kenney Rogers al oido.

– «Tienes que saber cuando aguantar, cuando doblar y cuando retirarte…»

– Gracias -le espeto Cowart con sarcasmo.

– Las cosas se estan poniendo interesantes -dijo el sargento.

– Puede que para usted -replico Cowart entre dientes-. Para mi se pone cada vez mas dificil.

Rogers rio y se volvio hacia los dos detectives.

– Ustedes deben de ser Weiss y Shaeffer. -Se dieron la mano-. Pueden esperar en esa sala de ahi.

– ?Esperar? -repitio Weiss con acritud-. Hemos venido a ver a Sullivan. Ahora.

– El no quiere verlos.

– Pero, sargento -repuso Andrea Shaeffer-, investigamos un caso de asesinato.

– Lo se -respondio Rogers.

– Mire, ?maldita sea!, queremos ver a Sullivan, ya -se impaciento Weiss.

– Aqui no trabajamos asi, detective. Ese hombre tiene una orden del gobernador… -Echo un vistazo a un reloj de pared, meneando la cabeza-. Le quedan nueve horas y cuarenta y dos minutos de vida. Y, ?joder!, si el no quiere ver a alguien, no lo voy a obligar. ?Me explico?

– Pero…

– No hay peros que valgan.

– Pero con Cowart si va a hablar, ?no? -pregunto Shaeffer.

– Asi es. Perdone, senorita, pero yo no pretendo entender lo que le pasa por la cabeza al senor Sullivan. Y si tiene alguna queja o cree que va a cambiar de parecer, vaya a hablar con el gobernador. A lo mejor le concede mas tiempo. Nosotros tenemos que trabajar con lo que tenemos, que es el senor Cowart, su libreta y su grabadora. Nada mas.

La mujer asintio y se volvio hacia su colega.

– Llama al despacho del gobernador. A ver que dicen de todo esto. -Se giro hacia Cowart-: Senor Cowart, ya se que tiene que hacer su trabajo, pero ?le preguntara si quiere hablar con nosotros?

– Puedo probar -respondio Cowart.

– Probablemente se haga usted una idea de lo que yo le preguntaria. Intente grabarlo. -Abrio un maletin y le dio unos casetes-. Me quedare aqui plantada hasta que usted vuelva.

El periodista asintio.

La detective miro al sargento y pregunto, sonriendo:

– ?Siempre es usted asi de raro?

Rogers le devolvio la sonrisa.

– No siempre, senora. -Volvio a mirar el reloj-. Podriamos hablar largo y tendido, pero el tiempo va pasando.

Cowart hizo senas hacia el vestibulo y siguio al sargento hacia el interior de la prision. Los dos hombres atravesaron un corredor a paso ligero. El sargento iba sacudiendo la cabeza.

– ?Que ocurre?

– Es que no me gusta tanto desorden -contesto Rogers-. Las cosas deberian estar atadas y bien atadas antes de una ejecucion. No me gustan los cabos sueltos, no senor.

– Le entiendo. ?Adonde vamos?

El sargento lo conducia a un ala diferente de las que ya conocia.

– Sully esta incomunicado en una celda contigua a la de la silla. Y muy cerca de una sala con telefonos y todo lo demas, asi que si hay prorroga lo sabremos al momento.

– ?Como esta?

– Compruebelo usted mismo. -Senalo una celda apartada.

Habia una silla delante de los barrotes. Cowart se acerco solo y vio que Sullivan estaba tumbado en una litera de acero, viendo la television. Le habian afeitado la cabeza, de suerte que parecia una mascara de la muerte. Lo rodeaban pequenas cajas de carton rebosantes de ropa, libros y documentos: las posesiones de su antigua celda. El preso se volvio repentinamente en la cama, hizo un gesto en direccion a la silla y dejo los pies colgando de la litera, estirandose como si estuviera cansado. En la mano sostenia una Biblia.

– Vaya, vaya, Cowart. Por lo que veo, ha hecho tiempo para unirse a mi fiesta.

Encendio un cigarrillo y tosio.

– Senor Sullivan, hay dos detectives del condado de Monroe que quieren verlo.

– Que los jodan.

– Quieren interrogarlo sobre las muertes de su madre y su padre adoptivos.

– Conque es eso, ?eh? Pues que los jodan.

– Quieren que yo le pida que acceda a hablar con ellos.

Sullivan solto una carcajada.

– Vaya, vaya. Pues que los jodan de nuevo. -Se levanto bruscamente y miro alrededor; luego se acerco a los barrotes y se aferro a ellos, dejando la cara aprisionada-. ?Eh! -grito-. ?Que cono de hora es? Necesito saberlo, ?que hora es? ?Eh! ?Vosotros! ?Eh!

– Hay tiempo -dijo Cowart despacio.

Sullivan retrocedio, desviando la mirada hacia Cowart.

– Claro. -Se estremecio, cerro los ojos y respiro hondo-. ?Sabe una cosa, Cowart? Uno llega a notar como los musculos del pecho se van contrayendo mas y mas a cada minuto que pasa.

– Podria pedir un abogado.

– Al cuerno con los abogados. Uno tiene que jugar la mano que le ha tocado.

– ?Entonces no va a…?

– No, por supuesto que no. Puede que este un poco asustado y nervioso, pero que diablos, conozco la muerte. Si senor, es algo que conozco muy bien.

Sullivan se paseo por la celda, para acabar sentandose en el borde de la litera, inclinado hacia delante. De pronto parecio relajarse: sonrio para si y se froto las manos con impaciencia.

– Hableme de su entrevista -pidio-. Quiero saberlo todo. -Senalo el televisor-. Ni la puta television ni los putos periodicos traen datos fiables. Solo un monton de basura. Quiero que me lo explique usted.

Cowart se quedo frio.

– ?Detalles?

– Eso es. No se deje nada en el tintero. ?Por que no usa todas esas malditas palabras que tanto domina y me pinta un verdadero retrato?

Cowart respiro hondo. «Estoy mas loco que el», penso, pero empezo:

– Estaban en la cocina. Los habian atado…

– Bien. Bien. Atados. ?De pies y manos o como?

– No. Con los brazos a la espalda, asi… -Le hizo una demostracion.

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