– Bien. Muy bien. Cuando pase por Mobile, mate a un muchacho que trabajaba en un Seven-Eleven. Fue un atraco, nada del otro mundo. ?Tiene idea de cuan dificil es que la poli te pille en pleno atraco? Nadie te ve entrar, nadie te ve salir. La mano demoniaca aterriza y ?bingo! Alguien muere. Tambien era un buen chico. Imploro un par de veces. Dijo: «Llevese el dinero. Lleveselo todo.» Dijo: «No me mate. Solo trabajo aqui para ir a la universidad. Por favor, no me mate.» Claro que lo mate. Le dispare una vez en la nuca; agradable, rapido y sencillo. Me lleve unos doscientos pavos. Tambien cogi un par de chocolatinas, unas latas de refresco y alguna bolsa de patatas fritas, y luego lo deje tras el mostrador…

Hizo una pausa. Cowart vio que el sudor resbalaba por la frente de aquel hombre.

– Si tiene alguna pregunta, no dude en hacermela.

Cowart espeto:

– ?Se acuerda de la hora, el dia y el lugar?

– Vale, vale. Intentare recordarlo. Necesita detalles.

Sullivan se relajo, pensativo, y a continuacion solto una breve carcajada.

– Caray, deberia llevar una libreta, igual que usted. Tengo que fiarme de mi memoria.

Sullivan volvio a recostarse, evocando detalles, lugares y nombres, sin prisa pero sin pausa, revolviendo en su pasado.

Cowart escucho atentamente, haciendo preguntas de vez en cuando, intentando sacar algun provecho de las historias que Sullivan le contaba. La fuerte aprension del principio se desvanecio despues de haber oido unas cuantas. Se sucedian en una especie de terror regular, en el que todos los horrores que una vez habian sufrido personas de carne y hueso quedaban reducidos a los recuerdos de aquel psicopata. Cowart escarbaba en los detalles del asesino y la acumulacion de palabras restaba pasion a cada caso. Eran palabras sin sustancia, sin apenas conexion con este mundo. De alguna manera, el hecho de que aquellos sucesos hubieran llenado los ultimos momentos de las vidas de seres humanos perdia importancia cuando Blair Sullivan los relataba con aquella maldad creciente, carente de imaginacion y totalmente monotona.

Las horas transcurrian inexorablemente.

El sargento Rogers trajo comida. Sullivan le hizo senas para que se fuera. La tradicional ultima comida, un filete a la plancha con pure de patatas y tarta de manzana, se espesaba en una bandeja. Cowart se limitaba a escuchar.

Pasaban unos minutos de las once de la noche cuando Sullivan termino y esbozo una palida sonrisa.

– Esos son los treinta y nueve -dijo-. Casi nada, ?no? Puede que no bata ningun record, pero por ahi andara la cosa, ?eh?

Suspiro profundamente.

– ?Sabe? Me hubiera gustado batir el record. ?Cual es el record para un tipo como yo? ?Lo sabe usted, Cowart? ?Soy el numero uno, o es otro el que se lleva la palma? -Rio con frialdad-. Claro que aunque no sea el numero uno en cifras, estoy seguro de que soy el mejor en cuanto a, ?como lo diria usted, Cowart? ?Originalidad?

– Senor Sullivan, no queda mucho tiempo. Si quiere…

De repente Sullivan se puso en pie, con ojos de maniaco.

– ?Es que no me ha oido, amigo?

Cowart levanto la mano.

– Solo queria…

– ?Lo que usted queria no importa! ?Lo que yo quiero, si!

– Esta bien.

Sullivan miro entre los barrotes. Respiro hondo y bajo la voz.

– Es hora de contarle una ultima historia, Cowart. Antes de dejar este mundo, antes de despegar en el cohete del estado.

Cowart sintio una terrible sequedad en su interior, como si el calor que emanaba de las palabras de aquel hombre hubiera evaporado toda la humedad de su cuerpo.

– Ahora le contare la verdad sobre la pequena Joanie Shriver. Como lo llaman en el tribunal, una prueba testifical in articulo mortis. El ultimo testimonio antes de morir. Se supone que nadie deberia irse al mas alla con una mentira en los labios. -Solto una estentorea carcajada-. Eso quiere decir que sera la verdad… -Hizo una pausa, y anadio-: Si usted se la cree. -Miro fijamente al periodista-. La preciosa Joanie Shriver. La pequena y dulce Joanie.

– La numero cuarenta -senalo Cowart.

Sullivan hizo un gesto de negacion.

– No. -Sonrio-. Yo no la mate.

A Cowart se le hizo un nudo en el estomago.

– ?Que quiere decir?

– Yo no la mate. Mate a todos los demas, pero a ella no. Es cierto que estaba en el condado de Escambia. Y desde luego, si la hubiera visto me habria gustado hacerlo. No me cabe ninguna duda; si hubiera estado aparcado a la salida del colegio, habria hecho exactamente lo que le hicieron. Habria bajado la ventanilla y le habria dicho: «Ven aqui, pequena…» Se lo aseguro. Pero no lo hice, no senor. Yo no cometi ese crimen. -Hizo una pausa y concluyo-: Inocente.

– Pero la carta…

– Cualquiera puede escribir una carta.

– Y el cuchillo…

– Bueno, en eso tiene razon. Ese fue el cuchillo que mato a la pobre nina.

– Pero no entiendo…

La carcajada de Sullivan se convirtio en un acceso de tos aspera que retumbo en el pasillo.

– He estado esperando que llegara este momento -dijo casi lagrimeando de tanto reirse-. Deseaba ver esa cara.

– Yo…

– Es inolvidable, Cowart. Parece confundido y crispado. Como si fuera usted al que fueran a sentar en la silla y no a mi. ?Que esta pasando aqui? -Se dio un golpecito en la frente.

Cowart clavo su mirada en aquel asesino burlon.

– Creia que lo sabia todo, ?eh, Cowart? Se creia usted muy listo. Pues ahora, senor Premio Pulitzer, dejeme decirle una cosa: no es usted tan listo.

Siguio riendose y tosiendo.

– Cuentemelo -dijo Cowart.

Sullivan levanto la mirada.

– ?Hay tiempo?

– Si, lo hay -dijo Cowart entre dientes.

El reo se puso en pie y empezo a pasearse por la celda.

– Tengo frio -dijo.

– ?Quien mato a Joanie Shriver?

Sullivan se detuvo y sonrio.

– Usted lo sabe -respondio.

Cowart sintio que el suelo se le abria bajo los pies. Se agarro a la silla, a la libreta, al boligrafo, intentando no perder la compostura. Observo que el cabezal de su grabadora giraba, registrando el subito silencio.

– Digamelo -susurro.

Sullivan rio de nuevo.

– ?De verdad quiere saberlo?

– ?Digamelo!

– Esta bien. Imaginese a dos hombres en dos celdas contiguas del corredor de la muerte. Uno de ellos quiere salir porque tuvo la mala suerte de caer en desgracia con un detective que hizo lo imposible por incriminarlo, porque fue condenado por un jurado racista que posiblemente lo consideraba el asesino negro mas despiadado de la ultima decada. Por supuesto, hicieron bien en condenarlo. Pero todas las razones en que se basaron eran falsas. Asi pues, este hombre esta lleno de ira e impaciencia. En cambio, el otro hombre sabe que nunca se librara de su cita con la silla electrica; puede posponerla un poco, pero sabe que le llegara la hora. Y lo que mas

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