El sargento hizo una pausa, y se paso una manaza por el corto pelo en un gesto de cansancio y tension.
– Esto no es como el cine, que uno puede llegar tarde. ?Puede moverse? Vamos, intente levantarse.
– Alli estare -dijo Cowart con voz ronca.
– No es tan duro como cree -dijo el fornido guardia. Pero luego nego con la cabeza-. No, no es cierto. Es mas duro de lo que parece. Y si no se le revuelve el estomago, es que no es humano. Pero usted es fuerte, ?verdad?
Cowart trago saliva.
– Estoy bien.
Rogers lo observo.
– Sully debe de haberle dicho algo muy duro. ?De que diablos le hablo durante tanto rato? Tiene aspecto de haber visto un fantasma.
«Lo he visto», penso Cowart, pero respondio:
– De la muerte.
El sargento gruno:
– El la conoce mejor que nadie. Y esta noche va a verla con sus propios ojos, en directo. La muerte no espera a nadie.
El periodista sabia de que estaba hablando y sacudio la cabeza.
– ?Bah! Claro que si -dijo-. Se toma su tiempo.
Rogers lo miro de hito en hito.
– Bueno, no es usted el que va hacer el trayecto final. ?Seguro que se encuentra bien? No quiero que nadie se desmaye o monte un numerito ahi dentro. Tenemos que comportarnos con decoro cuando electrocutamos a alguien. -El guardia intento sonreir con aquella ironia.
Cowart dio un paso vacilante y dijo:
– Descuide, sabre comportarme.
Era tal la paradoja de esas palabras que tuvo ganas de reirse. «Te has comportado muy bien, Matthew -hablo una voz en su interior-. Desde luego que si. Estupendamente. Has logrado poner a un asesino en libertad. Todo un exito, muchacho.» Entonces tuvo una horrible y repentina vision de Robert Earl Ferguson riendose de el en la puerta de aquella casita en los cayos, antes de entrar a cumplir su parte del trato. La voz del asesino retumbaba en su cabeza. Luego recordo las fotografias que habian sacado a Joanie Shriver en el pantano donde yacia muerta. Recordo que resbalaban entre las manos sudorosas, como si estuvieran manchadas de sangre. «Estoy muerto», penso. Pero obligo a sus pies a seguir adelante. Entro en la sala a las doce menos dos minutos.
Los primeros ojos que vio fueron los de Bruce Wilcox. El irritable detective estaba sentado en primera fila y llevaba una chaqueta a cuadros que parecia una morbosa y comica irreverencia. Sonrio a reganadientes y le indico con la cabeza el asiento vacio que tenia al lado. Cowart echo una ojeada a las dos docenas de testigos sentados en dos hileras de sillas plegables que miraban fijamente al frente como tratando de grabar cada detalle del acontecimiento en su memoria. Todos parecian figuras de cera. Nadie se movia.
Una mampara de cristal los separaba de la sala de ejecucion, de modo que parecian estar presenciando la accion en un escenario o en algun extrano televisor tridimensional. Habia cuatro hombres en la sala: dos funcionarios de prisiones con uniforme; un tercer hombre, el doctor, que llevaba un pequeno maletin medico, y otro hombre con traje, de quien alguien susurro que venia «del despacho del fiscal general del estado», que esperaba bajo un reloj electrico de pared.
Cowart vio como el segundero guadanaba el tiempo.
– Sientese, Cowart -susurro el detective-. El espectaculo va a empezar.
Cowart vio a otros dos periodistas del
Cowart casi tropezo en el asiento que tenia reservado, y el rigido metal de la silla le escaldo la espalda.
– Una noche dura, ?eh, Cowart? -susurro el detective.
El aludido no respondio.
– Aunque para otros es mucho mas dura -gruno Wilcox.
– No este tan seguro de ello -contesto Cowart-. ?Que pinta usted aqui?
– Tanny tiene amigos. Queria comprobar si el viejo Sully mantenia su palabra. Seguimos sin creernos esa mierda que usted escribio, donde decia que el habia matado a la pequena Joanie. Tanny no sabia muy bien que pasaria si Sullivan no se retractaba; pero penso que si no lo hacia y yo venia a verlo con mis propios ojos, eso me ensenaria a respetar el sistema judicial. Tanny siempre intenta aleccionarme. Dice que saber lo que puede ocurrir al final hace de un hombre un mejor policia. -Los ojos del detective irradiaban humor negro.
– ?Ya lo ha aprendido? -pregunto Cowart.
Wilcox nego con la cabeza.
– Todavia no ha surtido efecto. La clase todavia no ha terminado. -Sonrio-. Esta un poco palido. ?Le preocupa algo? -Antes de que Cowart pudiera responder, Wilcox le susurro-: ?Cuales son sus ultimas palabras? Es medianoche.
Una puerta lateral se abrio y el alcaide entro en la sala. Lo seguia Blair Sullivan, flanqueado por dos guardias y arrastrado por un tercero. Tenia la cara rigida y palida, y aspecto cadaverico; de hecho, todo su cuerpo nervudo parecia mas pequeno y enfermizo. Llevaba una sencilla camisa blanca con el cuello abotonado y unos pantalones azul marino. El sacerdote con alzacuellos y Biblia en mano iba a la zaga del grupo con expresion compungida; se dirigio al lateral de la sala, deteniendose solo para encogerse de hombros hacia el alcaide, y abrio la Santa Biblia. Empezo a leer en voz muy queda. Cowart observo que Sullivan abria los ojos de par en par al ver la silla y desviaba la miraba hacia el telefono de pared, y que durante una fraccion de segundo las rodillas le flaqueaban.
No obstante, recobro la compostura casi al instante y aquella vacilacion se desvanecio. Cowart pensaba que era la primera vez que veia a Sullivan reaccionar de una manera ligeramente humana. Despues todo empezo a discurrir rapidamente, con el movimiento espasmodico de una pelicula muda.
Sentaron a Sullivan en la silla y dos guardias empezaron a ajustarle las abrazaderas de piernas y brazos. Unas correas marrones de cuero le aprisionaban el pecho, frunciendole la camisa. Un guardia le coloco un electrodo en la pierna; otro, apostado detras de la silla con un capuchon en las manos, se preparaba para cubrir la cabeza de Sullivan.
El alcaide dio un paso al frente y empezo a leer una orden de ejecucion con ribete negro firmada por el gobernador de Florida. Cada silaba avivaba el miedo de Cowart, como si fuera dirigida a el. El alcaide leia apresuradamente, hasta que respiro hondo y procuro hablar mas despacio. Su voz sonaba extranamente metalica y remota. Habia altavoces empotrados en las paredes y microfonos ocultos en la sala de ejecucion.
El alcaide acabo la lectura. Se quedo un instante mirando la hoja como si buscara algo mas para leer. A continuacion, levanto la mirada y la poso en Sullivan.
– ?Cuales son sus ultimas palabras? -pregunto en voz baja.
– Que ya puede irse al infierno. Deme la puta corriente -dijo Sullivan con una voz tremula poco propia de el.
El alcaide hizo una sena con la mano derecha, la que sostenia la orden de ejecucion enrollada, al guardia apostado detras de la silla, y este coloco con poca delicadeza el capuchon y la mascara de cuero negro sobre la cabeza del condenado. Luego conecto un largo conductor electrico al capuchon. Sullivan empezo a retorcerse, en un repentino impulso contra las correas que lo sujetaban. Cowart vio como los dragones tatuados en los brazos cobraban vida cuando los musculos temblaron y se tensaron. Los tendones del cuello se le pusieron tirantes como los cabos de una embarcacion azotada por el viento. Sullivan grito algo, pero las palabras fueron sofocadas por un barboquejo de cuero y el protector que le habian introducido entre los dientes y la lengua. Las palabras se convirtieron en grunidos y quejidos inarticulados, que aumentaban o disminuian de volumen segun la intensidad del panico. La sala de testigos permanecia en silencio, salvo por el lento inspirar y espirar de una respiracion atormentada.
Cowart se fijo en que el alcaide asentia de manera casi imperceptible hacia un tabique que habia en la parte posterior de la sala de ejecucion. Atisbo una pequena rendija y, por un instante, vio un par de ojos.
Los ojos del verdugo.
