Echaron un vistazo al hombre sentado en la silla, y luego desaparecieron.
Se oyo un ruido sordo.
Alguien jadeo; otra persona tosio con fuerza; se oyeron unos cuantos insultos en voz baja. Las luces se atenuaron unos momentos, y luego el silencio volvio a apoderarse de la sala.
A Cowart le faltaba el aire, como si una ruano le oprimiese el pecho fuertemente. Observo inmovil como el color de los punos de Sullivan habia pasado de rosaceo a palido y luego a gris.
El alcaide volvio a hacer un gesto de asentimiento hacia el tabique posterior.
Un remoto generador escupio un zumbido y sacudio el reducido espacio. Cowart empezo a percibir un ligero olor a carne chamuscada que le revolvio el estomago.
Transcurrieron unos segundos mientras el medico esperaba a que los 2.500 voltios se descargaran de aquel cuerpo sin vida. Luego se le acerco y saco un estetoscopio de su maletin negro.
Y eso fue todo. Cowart vio como los funcionarios rodeaban el cuerpo de Sullivan, desplomado en la pulida silla de roble. Eran como actores de teatro preparandose para desmontar un escenario despues de la ultima funcion de algun fracasado espectaculo. El y los otros testigos se quedaron con la mirada fija, tratando de captar la imagen del rostro de aquel hombre inerte cuando lo trasladaron de la silla electrica a una bolsa negra para cadaveres. Pero lo hicieron demasiado rapido para que nadie viera si los globos oculares le habian estallado o si la piel se le habia llenado de manchas rojas y costras negras. Enseguida lo sacaron en una camilla por una puerta lateral. Cowart penso que era algo horrible, pero en el fondo mera rutina. Tal vez esa fuera la faceta mas aterradora de todo aquello. Habia presenciado el tratamiento industrial del mal: muerte enlatada y embotellada y repartida con la matinal parafernalia del lechero.
– Un malo menos -dijo Wilcox con serena satisfaccion-. Todo ha terminado… -Echo un vistazo a Cowart-. Salvo los gritos.
Cowart recorrio los pasillos de la carcel con el resto de los testigos hacia donde se habian aglomerado los demas miembros del contingente de prensa y los manifestantes. Las luces de las camaras de television invadian el vestibulo, concediendole una especie de resplandor espiritual. El suelo pulido relucia y las paredes encaladas parecian vibrar con la luz; se dispuso un banco con microfonos tras un estrado improvisado. Cowart intentaba deslizarse hasta un lateral de la sala, no lejos de la puerta, cuando el alcaide se aproximo a la concurrencia, levantando la mano para eludir preguntas; alli no habia sombras tras las que ocultarse.
– Les leere un breve comunicado -dijo con voz tensa-. Luego respondere a sus preguntas y los funcionarios que han sido testigos de la ejecucion los mantendran informados.
Como hora oficial de la muerte, se establecio las 00.08. El alcaide dijo con monotonia que un representante del fiscal general del estado habia estado presente cuando preparaban a Sullivan para la ejecucion y durante el procedimiento, para asegurarse de que la normativa se cumplia escrupulosamente, para que luego nadie pudiera alegar que a Sullivan se le habian negado sus derechos, que lo habian hostigado o golpeado; pues, de hecho, eso mismo habia ocurrido mas de una docena de anos atras, cuando el estado habia reimplantado la pena de muerte con la ejecucion de un patetico criminal llamado John Spenkelink. Tambien dijo que Sullivan habia rechazado la preceptiva y ultima peticion de clemencia, justo antes de entrar en la sala de ejecucion. Cito asi las ultimas palabras del difunto:
– «Ya puede irse a la obscenidad. Deme la obscena corriente.»
Las camaras zumbaban y soltaban chasquidos, como una bandada de pajaros mecanicos alzando el vuelo al unisono.
Despues, el alcaide dio paso a los tres periodistas que habian asistido como testigos. Uno por uno, fueron leyendo de sus libretas, refiriendo con serenidad los detalles de la ejecucion. Todos estaban palidos, pero mantenian la voz firme. La mujer de Miami dijo que los dedos de Sullivan se habian puesto rigidos y que, con la primera descarga, sus manos se habian convertido en punos y la espalda se le habia arqueado en la silla. El periodista de Saint Petersburg habia advertido la momentanea vacilacion de Sullivan nada mas ver la silla. Por su parte, el del
Cowart oyo una voz conocida a su espalda. Se giro y vio a los dos detectives del condado de Monroe.
Andrea Shaeffer le pregunto con dulzura:
– ?Que le dijo, senor Cowart? ?Quien mato a esas personas?
Sus ojos grises se clavaron en los de Cowart y este sintio una descarga de distinta indole.
– Los mato el -respondio.
Shaeffer lo agarro del brazo. Pero antes de que la detective siguiera con el interrogatorio, un nuevo clamor recorrio la asamblea.
– ?Donde esta Cowart?
– ?Cowart, es su turno! ?Que ocurrio?
Cowart se dirigio a trompicones hacia el estrado, intentando recordar todo lo que habia oido. Le temblaban las manos, tenia la cara congestionada y la frente empapada de sudor. Saco un panuelo blanco y se seco lentamente la frente, como si asi pudiera borrar el panico que lo embargaba.
Penso: «No he hecho nada malo. Yo no soy culpable de nada.» Pero ni el mismo se lo creia. Necesitaba un momento para pensar, para saber que decir, pero no habia tiempo. Asi que se aferro a la primera pregunta que oyo.
– ?Por que Sullivan no apelo?
Cowart respiro hondo y respondio:
– No queria quedarse en prision esperando a que el estado viniera a buscarlo; asi que fue el a por el estado. No es tan extrano. Otros han hecho lo mismo en Texas y Carolina del Norte; como Gilmore, al que ejecutaron en Utah. Es una especie de suicidio, solo que con consentimiento oficial.
Vio que los reporteros tomaban apresuradas notas, que sus palabras quedaban plasmadas en montones de blocs y libretas.
– ?Que le dijo cuando volvio a hablar con el?
A Cowart lo paralizaba la desesperacion, pero entonces recordo algo que Sullivan le habia dicho: si quieres que alguien crea una mentira, anadele un poco de verdad. Y eso hizo. La formula del asesino: mezclar verdades y mentiras.
– Queria confesar -dijo-. Fue algo muy parecido a lo que ocurrio hace unos anos con Ted Bundy, cuando justo antes de ir a la silla confeso a los investigadores todos los crimenes que habia cometido. Eso mismo hizo Sullivan.
– ?Porque?
– ?Cuantos?
– ?Quienes?
Cowart levanto las manos.
– Muchachos, necesito descansar. Todavia no se ha confirmado nada de esto. No se muy bien si estaba diciendo la verdad o no. Pudo haberme mentido…
– ?Mentir antes de ir a la silla? ?Venga ya! -grito alguien desde el fondo.
Cowart se irrito.
– Yo no lo se. Les dire algo que salio de su boca: dijo que si matar le parecia facil, ?como no iba a resultarle facil mentir?
Todos los presentes garabateaban sus palabras.
– Miren -anadio Cowart-, si les digo que Blair Sullivan confeso haber asesinado a zutano, pero resulta que dicho crimen no se cometio, o que otra persona fue acusada de el, o que el cuerpo de zutano jamas se encontro, entonces provocaria un caos. Solo les dire que confeso haber cometido multiples homicidios…
– ?Cuantos?
– Hasta cuarenta.
El numero conmociono a la multitud. Se hicieron mas preguntas a viva voz, y los focos parecieron aumentar de intensidad.
