Tanny Brown, luchando con esas visiones de muerte, se dirigio lentamente hacia su coche, convencido de que nada habia terminado aquella noche. Ni siquiera la vida que habia reclamado el estado.

Estaba a punto de amanecer cuando Bruce Wilcox llamo. Las primeras luces iban ganando terreno a la oscuridad de los arboles y el cielo, y devolvian al mundo sus formas y contornos.

Brown habia pasado el resto de la noche tomando declaracion a la senora Collins; dos horas de una historia oculta y amarga sobre abusos sexuales y malos tratos, lo cual respondia, mas o menos, a lo que el ya se imaginaba. «Las historias son siempre las mismas -habia pensado-. Lo unico que cambian son las victimas.» Luego habia discutido con un irascible ayudante del fiscal del estado, malhumorado porque lo habian despertado a media noche, y negociado con un abogado que de pronto se habia visto desbordado por aquel asunto. Defensa propia, le habia insistido al fiscal, que queria acusarla de asesinato en segundo grado. Al final habian convenido imputarle el cargo de homicidio sin premeditacion, pues estaban de acuerdo en que si aquella noche se habia cometido algun crimen, no era nada en comparacion con los que le habian sido infligidos a la mujer.

El agotamiento se habia apoderado de el, igual que sus dedos se apoderaban de un boligrafo para firmar los ultimos informes cuando sono el telefono en su despacho.

– ?Si?

– ?Tanny? Soy Bruce. Borra de la lista a un asesino en serie. Al final lo hizo.

– Venga. ?Que paso?

– Resumiendo, mando a todo el mundo a tomar por culo y se sento en la silla.

– Joder. -Brown sintio que su cansancio desaparecia.

– Si. El viejo Sully fue un hijoputa retorcido hasta el ultimo momento. Pero eso no es lo mas interesante.

El teniente percibia la excitacion de su colega, el entusiasmo infantil que afloraba en el a pesar de la hora y de lo espeluznante de todo lo sucedido.

– Y bien -dijo-. ?Que es eso tan interesante?

– Nuestro chico, Cowart. ?Sabes?, se paso todo el dia encerrado alli con ese capullo, el solo, escuchando como ese cabron confesaba casi cuarenta crimenes cometidos por toda Florida, Louisiana y Alabama. Un goteo constante. Pero bueno, el caso es que Cowart salio de esa amigable charla blanco como el papel. Luego estuvo a punto de flaquear cuando los buitres de sus colegas le apretaron las tuercas. Lo avasallaron a preguntas de una manera brutal. Me recordo a los combates de lucha libre, ?sabes?, cuando ves que tu rival te va a machacar y te defiendes como puedes, hasta que solo te queda esperar a que suene la campana. Pero entretanto te pegan una y otra vez.

– Eso es interesante.

– Si. Y cuando se canso de que sus colegas de la prensa lo machacaran, salio de alli como alma que lleva el diablo.

– ?Y adonde se fue?

– Ha vuelto a Miami. Al menos eso dijo, aunque no estoy tan seguro. Se supone que hoy debia reunirse con esos detectives del condado de Monroe. Ellos tampoco estaban demasiado contentos con el amigo Cowart. Sabe algo sobre los asesinatos de alli que no quiere contar.

– ?En serio?

– No lo se con certeza, solo es una corazonada. Pero ese tipo ha salido de alli con el estomago revuelto. Y no creo que haya contado ni la mitad.

Brown se recosto en su silla. Le resultaba facil imaginarse al periodista apabullado por la presion de la informacion. «A veces prefeririamos no saber ciertas cosas», penso. Su mente maquinaba a toda velocidad como si estuviera haciendo calculos.

– Bruce, ?sabes lo que creo?

– Apuesto a que lo mismo que yo.

– Sullivan le conto algo que Cowart no queria oir. Algo que no concuerda con la version que el se habia montado.

– A veces la vida no es tan sencilla como parece, ?verdad, jefe?

– Desde luego.

– El caso es que ese capullo no habria salido con esa cara de zombi solo porque alguien le hubiera confesado un punado de asesinatos, por muchos que sean -dijo Wilcox-. Vamos, todo el mundo daba por hecho que Sully tenia mas crimenes a las espaldas de los que habia confesado, eso no es ninguna sorpresa…

– … pero solo hay un asesinato que signifique algo para el -acabo Brown el razonamiento.

– Exacto.

«Y solo hay un asesinato que signifique algo para mi», penso Tanny Brown.

Condujo lentamente bajo la tenue luz del amanecer mientras las preguntas se le agolpaban en la cabeza. Diviso al repartidor de periodicos en su bicicleta, zigzagueando por la calle, y detuvo el coche tras el. El chico se volvio, reconocio al detective y lo saludo antes de reanudar el pedaleo. Brown lo vio alejarse entre las sombras languidas de la manana que difuminaban los contornos del barrio, otorgandole el aspecto de una fotografia ligeramente desenfocada. Aparco el coche en la entrada de su casa y miro en derredor. Contemplo la seguridad del mundo moderno: hileras regulares de solidas casas pintadas de blanco reluciente o tonos pastel claro, todas bien delimitadas con sus setos y arbustos impecables, cesped en los jardines y ultimos modelos de coches aparcados a la entrada. Una existencia sencilla, de clase media. Todas las casas pertenecian a una promocion de diez manzanas proyectada por una sola constructora con el objetivo de crear una comunidad con personalidad y uniforme a la vez. Aquello ya no era el viejo Sur. Medicos, abogados, y lo que en su dia fue la ciase trabajadora: policias, como el. Negros y blancos. El Estados Unidos moderno estaba progresando. Se miro las manos. «Suaves -penso-. Manos de oficinista. No como las de mi padre. -Se fijo en su cada vez mas prominente barriga-. Madre mia -penso-. Y encima vivo aqui.»

Ya en la casa, colgo su pistolera en un perchero, junto a las dos mochilas del colegio llenas de cuadernos y papeles. Saco la pistola y, como de costumbre, reviso las recamaras. Era una Magnum 357 de canon corto, cargada con municion diabolo. Sopeso la pistola en la mano y se recordo que debia reservar hora en el recinto de practicas de tiro del departamento; habian pasado meses desde la ultima sesion. Abrio el cajon donde guardaba el seguro del gatillo y bloqueo la palanca. Dejo la pistola en el cajon y se agacho para quitarse el arma de repuesto de la funda del tobillo.

De la cocina llegaba aroma a beicon frito y se encamino hacia alli pasando junto al mobiliario danes y las fotos enmarcadas. Se quedo parado un instante en el umbral de la cocina, observando a su padre, que estaba inclinado sobre los fogones, cascando unos huevos sobre una sarten.

– Hola, viejo -dijo.

Su padre no se movio, pero blasfemo al saltarle un poco de grasa del beicon a la mano.

– He dicho buenos dias.

Su padre se volvio lentamente.

– No te he oido entrar -dijo sonriente.

Tanny Brown le dedico una sonrisa. Su padre ya no oia muy bien. El se acerco y le paso el brazo por los hombros. Noto los huesos del anciano bajo su descolorida camisa de algodon. Dio un pequeno apreton a su padre, pensando en lo delgado que se habia quedado, en su aspecto de fragilidad, como si fuera a romperse con el abrazo. Sintio una sombra de tristeza en su interior, recordo los tiempos en que pensaba que no habia nada en el mundo que aquellos brazos no pudieran levantar. Toda esa fuerza arrebatada por la enfermedad. Penso: «Creces ansioso esperando el dia en que seas mas fuerte y mas duro que tu padre, pero cuando llega ese dia te sientes incomodo y avergonzado.»

– Te has levantado temprano -comento Brown apartando el brazo.

Su padre se encogio de hombros. Ya apenas dormia, Brown lo sabia. Se lo impedian el dolor y cierta rebeldia.

– ?Y por que me llamas «viejo»? No soy tan viejo. Todavia podria darte una buena tunda.

– Seguro que si -respondio Brown sonriendo. Aquella era una fabula con la que ambos disfrutaban.

– Claro que podria -insistio su padre.

– ?Se han levantado las ninas?

– No. He oido movimiento por ahi. A lo mejor el olor a beicon las despierta. Pero son jovenes y perezosas y

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