no les gusta levantarse por las mananas. Si tu madre siguiera con nosotros, se encargaria de que estuvieran firmes como una vela al primer canto del gallo. Y estarian aqui friendose ellas mismas el beicon. Y quizas hasta haciendo galletas.

Brown meneo la cabeza.

– Pues si su madre siguiera aqui, les diria que durmieran hasta las tantas. Las dejaria perder el autobus y las llevaria ella misma al colegio.

Los dos hombres se rieron asintiendo con la cabeza. Brown sabia perfectamente que las quejas de su padre eran impostadas; el anciano sentia adoracion por sus nietas.

Su padre se volvio hacia los fogones.

– Te preparare unos huevos. Una noche dura, ?eh?

– Una mujer disparo a su ex marido cuando se presento en su casa con una pistola. Nada extraordinario ni especial, papa. Triste y muy sangriento, eso si…

– Sientate. Tienes que estar molido. ?Por que no trabajas con un horario fijo?

– La muerte no tiene horario fijo, asi que yo tampoco.

– Supongo que esa es la excusa por la que no fuiste a misa el domingo pasado. Ni el anterior.

– Bueno…

– Si tu madre viviera te sacudiria un buen cachete por no ir a misa. Y luego a mi por permitirlo. Hijo, eso no esta bien, ?sabes…?

– Ya. Ire el domingo. Al menos lo intentare…

Su padre batio los huevos en un cuenco.

– No me gustan nada todos estos cacharros modernos. Como ese maldito trasto electrico de ahi, que a saber lo que es.

– Un microondas.

– Eso, pues no funciona.

– Tu no sabes utilizarlo, que es diferente.

Su padre sonrio. Brown sabia que el anciano albergaba una contradictoria sensacion de superioridad por haberse criado en un mundo donde uno hacia sus necesidades en la calle, almacenaba nieve en las neveras, sacaba el agua de un pozo y cocinaba con lena; habia vivido siempre al aire libre en un mundo antiguo y conocido y, siendo ya mayor, habia tenido que trasladarse a un lugar que, mas que una casa, le parecia una nave espacial. Todos los electrodomesticos de la clase media le hacian mucha gracia y la mayoria de ellos le resultaban del todo inutiles.

– Es que no acabo de ver para que demonios sirve ese trasto, aparte de para descongelar.

En ese sentido Brown le daba la razon a su padre.

Observo como las manos deformadas del anciano ponian los huevos en la sarten y luego les daban la vuelta, plegandolos con maestria. «Admirable», penso. La artritis le habia arrebatado gran parte de su movilidad; la edad, buena parte de la vista y el oido; una dolencia cardiaca le habia consumido la energia y lo habia dejado en los huesos y la piel, una piel que antano marcaba sus musculos y que ahora pendia flaccida de sus brazos. Pero la destreza de viejo curtidor no lo habia abandonado. Todavia era capaz de coger un cuchillo y partir una manzana en trozos iguales, de coger un lapiz y trazar una linea recta perfecta. La unica diferencia era que ahora le dolia al hacerlo.

– Aqui tienes. Creo que ha quedado bueno.

– ?Tu no comes?

– No. Hare solo para las ninas. Yo tomare cafe con un trozo de pan. -El anciano se miro el pecho-. No hace falta mucha cosa para mantenerme en pie. -Se deslizo lentamente en una silla con esfuerzo y molestias evidentes. El hijo fingio no percatarse-. Malditos huesos viejos.

– ?Que has dicho?

– Nada.

Durante unos instantes permanecieron en silencio.

– Theodore -dijo el padre al cabo-, ?como es que no has pensado nunca en encontrar otra mujer?

El hijo sacudio la cabeza.

– No encontrare nunca otra Lizzie -dijo.

– ?Como lo sabes si no buscas?

– Cuando mama murio, tu tampoco te pusiste a buscar otra mujer.

– Yo ya era mayor. Tu aun eres joven.

Brown volvio a negar con la cabeza.

– Tengo todo lo que necesito. Todavia te tengo a ti, y a las ninas y mi trabajo y esta casa. Estoy bien.

El anciano gruno, pero no dijo nada. Cuando su hijo termino, cogio el plato y lo llevo lentamente al fregadero.

– Voy a despertar a las ninas -dijo Brown.

Su padre asintio con otro grunido. El hijo se quedo inmovil, observandolo. «Menudo par -penso-. Un viudo joven y un viudo viejo educando a dos ninas lo mejor que saben.» Su padre comenzo a murmurar para si mientras fregaba los platos. Brown reprimio una risa carinosa. Seguia negandose a utilizar el lavavajillas y tampoco dejaba que los demas lo hicieran. Insistia en que solo habia una forma de garantizar que las cosas quedaran bien limpias, y era limpiandolas uno mismo. El, a su manera, pensaba que eso era lo correcto. Cuando las ninas protestaron, poco despues de que el abuelo se mudara a la casa, Brown les habia explicado que su padre estaba chapado a la antigua. La explicacion sembro inquietud en el hogar durante unos dias. Al llegar el fin de semana Tanny Brown habia montado a sus hijas en su coche sin distintivos y las habia llevado a ochenta kilometros al norte, a Bay Minette, justo en la frontera con Alabama. Habian atravesado la pequena y polvorienta ciudad compuesta de inexpresivos edificios de ladrillo que brillaban con el calor del mediodia y, despues de pasar por un largo y fresco pasillo de sauces llorones que les adentro en el campo, habian llegado a una granja.

Brown habia cruzado con las ninas una gran extension hasta llegar a un valle donde el calor parecia suspendido en el aire, dificultandoles la respiracion. Les senalo un grupo de casuchas, ya deshabitadas, desvencijadas por el paso del tiempo, pintadas en rojos y marrones descoloridos por los anos, y les conto que alli era donde habia nacido y crecido su abuelo. Luego las llevo de regreso a Pachoula y les mostro la escuela segregada donde el abuelo habia aprendido a leer y escribir, y despues la parte de la granja donde habia trabajado duro para llegar a ser cuidador y donde habia aprendido el oficio de curtidor. A continuacion les enseno la casa que el abuelo habia comprado en lo que en su dia se conocia como Blacktown y donde la abuela habia montado su negocio de costura, en el que se labro una reputacion tan buena que su talento supero las fronteras raciales. Fue la primera de la comunidad en conseguirlo. Les mostro tambien la pequena iglesia blanca donde el abuelo habia sido diacono y la abuela habia cantado en el coro. Finalmente, regresaron a casa y el asunto del lavavajillas no se volvio a mencionar.

«Yo tambien olvido -penso-. Todos lo hacemos.»

El pasillo de la habitacion de las ninas estaba repleto de fotografias de la familia. Contemplo una suya, vestido de defensa y con un balon de futbol entre las manos. Podia apreciarse que la brillante camiseta estaba deshilachada cerca de las hombreras. Los uniformes rojos y grises de su escuela eran los usados de un distrito blanco adyacente. «Las ninas no entienden eso -penso-. No entienden lo que era saber que todos los equipos, todos los libros de la biblioteca, todos los pupitres de las clases ya habian sido usados y desechados en el instituto de blancos.» Recordaba que la primera vez que cogio su casco de futbol de segunda mano tenia un surco ennegrecido de sudor en el interior. Habia tocado el relleno para comprobar si era diferente. Luego se habia llevado los dedos a la nariz para ver como olia. Sacudio la cabeza al rememorar aquello. «Mi vision cambio con la guerra», penso. Sonrio. El ano 1969. La marcha a Washington habia sido seis anos antes. La Ley de Derechos Civiles se habia aprobado un ano despues. La Ley de Derecho de Voto, en 1965. El Sur entero estaba revolucionado con el cambio. El habia vuelto del servicio militar y habia ido al instituto amparandose en la Ley de Veteranos y luego, al regresar a Pachoula, se habia enterado de que la escuela para negros a la que habia asistido ya no existia. Se estaba construyendo un enorme y feo edificio de cemento que seria el nuevo instituto regional. Crecian malas hierbas en los campos de juego que el conocia. La tierra rojiza con la que el solia mancharse el uniforme de futbol estaba cubierta por una marana de hierbajos. Recordo los brindis y penso que habia habido demasiadas pocas victorias en su vida.

Sacudio de nuevo la cabeza. «No hay que olvidar», penso. Recordo el epiteto espetado por el hermano del

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