hombre muerto hacia unas horas. Nada de eso ha cambiado.
Llamo a la puerta de la habitacion de su hija mayor.
– ?Vamos, Lisa! ?Hay que levantarse! ?Venga!
Se volvio rapidamente y dio unos golpecitos en la puerta de la otra chica.
– ?Samantha! ?Arriba! ?Hora de ponerse en marcha! ?Que hay que ir al cole!
Las quejas de las ninas lo divertian y por unos instantes lograron desterrar de su cabeza Pachoula, la nina asesinada y los dos hombres que habian ocupado una celda en el corredor de la muerte.
Tanny Brown paso la siguiente media hora cumpliendo su papel de padre moderno en un dia de colegio, es decir, persiguio, insistio y peleo hasta que, al fin, consiguio el resultado deseado: las dos ninas en la puerta con los deberes hechos y la fiambrera llena a tiempo de coger el autobus. Cuando las ninas se fueron, su padre se recluyo en su habitacion para intentar dormir un rato y el se quedo a solas con la manana. El sol inundaba la habitacion y sentia que todo estaba al reves. Tenia la sensacion de ser un extrano animal nocturno atrapado por la luz del dia, moviendose de sombra en sombra en busca de la familiaridad y la seguridad de la noche.
Contemplo la habitacion y sus ojos se posaron en un florero vacio que descansaba sobre un anaquel. Era muy alto, con una elegante forma de reloj de arena y una flor pintada ascendiendo por la ceramica. Sonrio. Recordaba que su mujer lo habia comprado cuando estuvieron en Mexico de vacaciones y que lo habia traido en la mano todo el camino de vuelta a Pachoula; no se fiaba de los mozos, ni de los que cargaban las maletas ni de los porteros. Cuando llegaron a casa, ella lo coloco en el centro de la mesa del comedor y lo tenia siempre con flores. Ella era asi. Cuando queria algo, lo conseguia. Aunque supusiera llevar un estupido florero en la mano.
«Pero ya no hay mas flores que las ninas», penso.
Recordaba el empeno con que habian tratado de salvarle la vida en urgencias y que cuando el llego todavia seguian trabajando, todos a su alrededor, controlando los niveles de adrenalina y de plasma, aplicandole masajes cardiacos, intentando insuflar algo de vida a su cuerpo. Un solo vistazo le habia bastado para darse cuenta de que era inutil. Era algo que habia aprendido en la guerra, a entender cuando se habia cruzado una linea invisible y cuando, por muchos avances tecnologicos que hubiese, la llamada de la muerte era inexorable. Habian puesto todo su empeno, se habian entregado. Ella habia estado alli tan solo veinte minutos antes, trabajando junto a los demas. Veinte minutos para coger su gabardina y tal vez hacer un pequeno chiste para despedirse, dar las buenas noches al resto del equipo de urgencias, caminar hasta su coche, recorrer cinco manzanas y ser arrollada por la furgoneta de un conductor borracho. Incluso despues de muerta, cuando ya no habia esperanzas, siguieron intentandolo. Sabian que ella habria hecho lo mismo por ellos.
Brown se quedo mirando al techo pero no podia dormir, a pesar del agotamiento. No habia vuelto a preguntarse cuando superaria la ausencia de su mujer porque habia comprendido al fin que nunca lograria sobreponerse a su muerte. Se habia acostumbrado a ello y eso era suficiente para seguir adelante con el dia a dia.
Fue a la habitacion de su hija pequena, se acerco al escritorio y comenzo a retirar juguetes y cosas tipicas de las ninas: una caja llena de abalorios, anillos y cintas del pelo, un peluche al que le faltaba una oreja, un archivador con trabajos del colegio de diferentes anos y varios peines y cepillos. No tardo en encontrar lo que buscaba: un pequeno portarretratos de plata. Sostuvo la fotografia delante. El marco brillaba al recibir la luz del sol.
Era una fotografia de las dos ninas, una negra y otra blanca, una con el pelo negro y otra rubia, cogidas del brazo, sonrientes, con aparatos de ortodoncia y maquillaje, boas de plumas y trajes de disfraz.
Miro las dos caras de la fotografia.
«Amigas -penso-. Cualquiera que viera la fotografia se daria cuenta de que nada mas importaba, que ellas simplemente se querian, compartian secretos y esperanzas, lagrimas y bromas» Tenian nueve anos y posaban con descaro ante la camara. Era Halloween, se habian disfrazado con trajes de colores y prendas estrafalarias para ver quien superaba a quien con su aspecto estrambotico, todo entre risas y euforia infantil.
La ira estaba a punto de apoderarse de el. Lo unico que veia era a Blair Sullivan burlandose de el. «Espero que hayas sufrido -penso-. Espero que te hayan arrancado el alma del cuerpo con todo el dolor del mundo.» A continuacion penso en Ferguson. «Crees que eres libre. Crees que te vas a salir con la tuya. Ni lo suenes.»
Bajo la vista hacia la fotografia. Le gustaba especialmente la manera en que cada una rodeaba con el brazo los hombros de la otra. El brazo negro de su hija colgaba del hombro de Joanie y el brazo de esta del hombro de su hija; se estaban arropando una a la otra.
«La primera y la mejor amiga de mi hija», penso.
Miro los ojos de Joanie, de un azul vibrante. Del mismo color que el cielo de Florida en la manana del funeral de su esposa. El se habia apartado del resto de los asistentes, cobijando a sus dos hijas bajo sus brazos, mientras oia el sonsonete del predicador y sus palabras sobre la fe, la devocion, el amor, la llamada de regreso al Valle, que apenas escuchaba. No sabia si lograria reunir fuerzas para seguir adelante. No habia apartado a sus hijas de su lado ni un instante, consciente solamente de que las dos se estaban ahogando en llanto. Habria querido enfadarse pero sabia que eso habria sido demasiado simple, que mucho mas alla de la ira estaba condenado a la agonia eterna y al terror de que, con la perdida de su madre, pudiera llegar a perder tambien a sus hijas. De que, con el corazon desgarrado, no fuesen capaces de mantenerse unidos. El habia enmudecido, no sabia que decirles, no sabia que hacer por ellas, en especial por Samantha, la menor, que habia llorado sin cesar desde el accidente.
El resto de los presentes habian respetado la distancia, pero Joanie Shriver se habia soltado de la mano de su propio padre con un gesto serio tras las lagrimas, su mejor vestido y los ojos llorosos, y habia ido hasta donde se encontraba el para decirle: «No te preocupes por Samantha. Es mi amiga y yo cuidare de ella.» Y habia cumplido con creces su promesa. Siempre habia estado alli cuando Samantha habia necesitado a alguien en quien apoyarse. En los fines de semana, en las vacaciones y a la salida del colegio, siempre ayudandolo a el a restablecer una rutina y una vida estable. Nueve anos y parecia saber mas que cualquier adulto.
«Joanie era mucho mas que su amiga -penso-. Tambien era mi amiga. Ella nos salvo la vida. Sin embargo -se recrimino-, pese a toda mi autoridad y poder no fui capaz de protegerla.»
Se acordaba de la guerra. «?Un enfermero!, gritaban, y yo iba. ?Acaso salve a alguno de ellos?» Recordaba a un chico blanco, una semana en el batallon, un vaquero de Wyoming que habia recibido un disparo en el pecho. El viento soplaba desafiante mientras el intentaba salvar al soldado. Este no apartaba la vista de los ojos de Tanny Brown, tratando de distinguir entre el dolor y el miedo alguna senal que le indicase si iba a vivir o a morir. Seguia con la mirada clavada en el cuando exhalo el ultimo suspiro. Era la misma mirada que habia aparecido en los rostros de George y Betty Shriver cuando el se presento en la puerta de su casa con la peor de las noticias.
Brown sacudio la cabeza. «?Cuantos anos hace que conozco a George? Desde el dia en que empece a trabajar en la tienda de su padre y el cogio una fregona y se puso a trajinar a mi lado.»
Su mano se estremecio. «He enterrado a demasiadas personas. -Miro una ultima vez la fotografia antes de dejarla sobre el escritorio-. Esto no ha acabado. Te debo demasiado.»
Se dirigio a su dormitorio. Aparto de su cabeza el agotamiento y la posibilidad de descansar. Impulsado por la ira y la conviccion de estar en deuda, comenzo a meter en una maleta la ropa y las cosas necesarias para pasar la noche fuera. Tomaria el siguiente vuelo hacia Miami.
13
No tenia ningun plan.
Matthew Cowart encaro el dia siguiente a la ejecucion de Sullivan con el entusiasmo de quien sabe que el es el siguiente. Condujo su coche alquilado a toda velocidad a traves de la noche y cruzo casi la mitad del estado, cogiendo la interestatal 95 desde el Sur de Saint Augustine. Atraveso los quinientos kilometros a un ritmo irregular, acelerando a menudo hasta los ciento cincuenta por hora, asombrado de que no lo parase ninguna patrulla, pese a cruzarse con varias que iban en direccion opuesta. Remonto la oscuridad espoleado por las terribles contradicciones que martilleaban su cabeza. El sol empezo a despuntar a la altura de Palm Beach, sin arrojar luz alguna sobre sus tribulaciones. No fue hasta bastante despues de amanecer que entrego el coche a un
