empleado de Hertz en el aeropuerto internacional de Miami. Un taxista cubano que no dejaba de parlotear sobre politica y beisbol, sin hacer distinciones entre una y otro con su expresiva mixtura de lenguas, se abrio paso a traves del trafico de la hora punta hasta el apartamento de Cowart.
Estuvo dando vueltas por el apartamento, preguntandose que hacer. Se dijo que deberia ir al periodico pero fue incapaz de reunir el animo necesario. De repente la redaccion habia dejado de parecerle un santuario para convertirse en un campo de minas. Se escudrino las manos, volviendolas, contando lineas y venas, pensando en lo ironico que resultaba que unas horas antes deseara desesperadamente estar solo y que, ahora que lo estaba, fuera incapaz de tomar una decision.
Penso en otras personas atrapadas en las mismas circunstancias, como si los errores ajenos pudieran mitigar el suyo. Se acordo de William F. Buckley y de sus esfuerzos por sacar a Edgar Smith del corredor de la muerte en Nueva Jersey a principios de los sesenta, y de como Norman Mailer defendio a Jack Abbott. Se acordo del escritor frente a la ringlera de microfonos, admitiendo de mala gana haberse dejado embaucar por el asesino. Podia verlo bregando con los focos de las camaras, negandose a comentar las acusaciones de homicidio. «No soy el primer periodista que comete un error -penso-. Es un oficio arriesgado. Te la juegas a cada paso. Nadie puede adivinar un engano tramado con astucia.»
Pero esto solo le hacia sentirse peor.
Se inclino sobre su mesa y, como si se dirigiera a alguien que estuviera sentado frente a el, dijo:
– ?Que podia hacer?
Se puso en pie y empezo a dar vueltas por la habitacion.
– Maldita sea, no habia ninguna prueba. Todo encajaba. Todo encajaba a la perfeccion. ?Maldita sea!
De pronto lo invadio la rabia y tiro al suelo una pila de periodicos y revistas. A continuacion volco la mesa y la estrello contra el sofa con gran estrepito. Empezo a gritar barbaridades y la emprendio con el resto del cuarto. Agarro unos platos decorativos y los arrojo al suelo, barrio un anaquel cargado de libros. Volteo las sillas, golpeo las paredes y finalmente se desplomo junto a una butaca.
– ?Como iba a saberlo? -grito.
El silencio fue la unica respuesta. Lo embargo un subito cansancio, echo la cabeza atras y se quedo mirando el techo. De pronto empezo a reir.
– Chaval -dijo, imitando un acento de tipo duro entre sureno y hollywoodiense-, la has jodido. La has jodido bien. La has jodido como solo tu podias joderla.
Se incorporo de un brinco.
– Muy bien. ?Y ahora que vamos a hacer? -Silencio-. Vale, no tenemos ni idea, ?eh?
Se puso en pie, se abrio paso entre el desaguisado hasta el escritorio y hurgo en el cajon inferior. Revolvio una pila de papeles hasta dar con un ejemplar del suplemento dominical en que un ano atras habia salido su primer articulo sobre el caso. Empezaba a amarillear. El papel tenia un tacto fragil. El titular acaparo su atencion y empezo a leer el articulo.
– Algunas incognitas del asesinato de Pachoula -leyo en voz alta, abreviando las palabras del primer parrafo-. Casi nada.
Siguio leyendo hasta donde pudo, paso la entradilla y el parrafo inicial hasta el salto y la noticia a doble pagina. No quiso mirar la fotografia de Joanie Shriver, aunque si miro con rabia las de Sullivan y Ferguson.
A punto estaba de arrugar el papel y echarlo a la papelera cuando se detuvo y volvio a mirar. Cogio un rotulador fluorescente y empezo a marcar palabras y frases. Cuando termino de leer el articulo por segunda vez, se echo a reir. Nada de lo alli escrito decia algo equivocado. No habia nada falso. Nada inexacto.
Excepto el conjunto.
Volvio a leerlo: todas las «incognitas» eran razonables. Robert Earl Ferguson habia sido condenado por culpa de infundios ajenos al proceso judicial. ?Habria confesado bajo tortura? Sus articulos se limitaban a exponer lo que el condenado aseveraba y la policia negaba. «Fue Tanny Brown -penso- quien no supo justificar el tiempo que Ferguson permanecio detenido antes de 'confesar'. Tendrian que haber desestimado el caso. El jurado que lo condeno se dejo llevar por los sentimientos. Una nina blanca brutalmente asesinada y un hombre negro, con cara de pocos amigos, acusado del crimen y defendido por un letrado viejo e incompetente. La formula infalible para los prejuicios.» Las propias palabras de Ferguson -obtenidas por medios ilegitimos- lo habian llevado al corredor. No habia duda de que Ferguson habia sido detenido de forma arbitraria cuando se encontro el cuerpo de Joanie Shriver.
Solo quedaba un detalle aislado: habia sido Ferguson quien habia matado a la nina. Por lo menos al decir de un asesino en serie.
La cabeza le daba vueltas.
Cowart siguio analizando el articulo. Sullivan se encontraba en el condado de Escambia en el momento del asesinato. Comprobado y confirmado, y Sullivan estaba implicado en varios asesinatos. Tendria que haber sido uno de los sospechosos si la policia se hubiera molestado en ir mas alla de las obviedades.
La unica mentira que logro detectar -si de veras lo era-, la habia dicho Ferguson al acusar a Sullivan de haber confesado el crimen. Pero aquellas eran palabras de Ferguson -escrupulosamente citadas y entrecomilladas-, no suyas.
Y con todo, el resultado era una mentira. La explosiva union de aquellos dos hombres oscurecia todo atisbo de verdad. La simple y estremecedora realidad era que, aunque las razones habian sido las correctas, el desenlace habia sido fatidico.
Las dos primeras veces que sono el telefono no se inmuto. A la tercera reacciono y, pese a ser consciente de que no le apetecia hablar con nadie, cogio el auricular.
– ?Diga?
– ?Por Dios! ?Matt?
Era Will Martin, de la redaccion del periodico.
– ?Will?
– Santo cielo, muchacho, ?donde demonios te habias metido? Aqui se estan volviendo locos buscandote.
– He vuelto. Acabo de llegar.
– ?Desde Starke? Hay ocho horas de viaje.
– Menos de seis, en realidad. He pisado el acelerador.
– Bueno, muchacho, espero que puedas escribir tan rapido como conduces. El jefe esta histerico esperando tu articulo y solo quedan un par de horas para el cierre de la primera edicion. Mas vale que te pongas las pilas, vente para aqui volando. -Su voz denotaba emocion.
– De acuerdo, de acuerdo… -Cowart escucho su propia voz como si fuera de otro-. Oye, Will, ?que dicen los teletipos?
– Nada bueno. Aun estan con tu conferencia de prensa. Por cierto, ?se puede saber que demonios ha pasado? No se habla de otra cosa pero nadie sabe nada. Tendrias que escuchar el contestador. Los noticiarios, el
– Sullivan confeso un punado de crimenes.
– Eso ya lo se. Viene en los teletipos. Es lo que le has dicho a todo el mundo en la rueda de prensa. Pero necesitamos los pormenores ya, hijo. Palabra por palabra. Nombres, fechas, detalles. Ahora mismo. ?Lo tienes grabado? Habra que pasarselo a un mecanografo, a media docena de mecanografos si hace falta, hay que transcribirlo. Vamos, Matty, me imagino que estaras exhausto, chaval, pero tienes que venir antes de que nos volvamos todos majaras. Ya dormiras mas tarde, cono. Ademas, dormir no es tan importante. Vale mas un buen articulo. Hazme caso.
– De acuerdo -cedio Cowart. Toda intencion de explicar lo ocurrido se habia disipado con el entusiasmo que Will irradiaba. Si Martin, alguien acostumbrado a sopesar serenamente los hechos en los editoriales, estaba en este estado, el jefe de redaccion debia de estar frenetico. Las noticias bomba repercuten sobre todo el personal de un periodico. Los enganchan, los absorben, los hacen sentirse participes de los hechos. Respiro hondo-. Voy para alla. Pero ?como esquivo las camaras?
– ?Sabes la calle que queda entre el hotel Marriott del centro y el Omni Mall? ?Aquella callejuela que da a la
