dias mas.
– Pero despues de eso -persistio la duquesa-, la Policia sabra que buscan un «Jaguar».
– Creo que si.
Hoy es martes. Por todo lo que habia dicho aquel hombre, tendrian hasta el viernes o sabado en el mejor de los casos. En calculada frialdad la duquesa razono: la situacion se reducia a un punto esencial. Suponiendo que se comprara al hombre del hotel, su unica oportunidad, y muy debil, residia en sacar el coche en seguida. Si se pudiera llevar hacia el Norte, a una de las grandes ciudades donde la tragedia e investigacion de Nueva Orleans fueran desconocidas, se podrian hacer las reparaciones de prisa. Entonces, aun si las sospechas recaian luego en los Croydon, nada se podria probar. ?Pero como sacar el coche?
Era indudable que lo que decia el detective era verdad: asi como Luisiana, los otros Estados por los cuales tendria que pasar estarian alerta y vigilantes. Todas las patrullas de las carreteras buscarian un faro maltrecho, sin aro. Con seguridad habria caminos bloqueados. Seria dificil no caer victima de algun policia avispado.
Pero
Pero habria otras complicaciones… y ahora era el momento de considerarlas. Viajar por caminos secundarios seria dificil si no se conocia el terreno. Los Croydon no lo conocian. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a utilizar mapas. Y cuando se detuvieran para repostar, como se verian obligados a hacer, la manera de hablar y sus modales los traicionarian, haciendolos notorios. Y, sin embargo, estos eran riesgos que tendrian que correr.
?Tendrian…?
La duquesa miro de frente a Ogilvie.
– ?Cuanto quiere usted?
El exabrupto lo cogio de sorpresa.
– Bien… me imagino que ustedes tienen bastante dinero.
– He preguntado cuanto -interrumpio ella con frialdad.
Los ojos de cerdo pestanearon.
– Diez mil dolares.
Si bien era el doble de lo que habia esperado, la expresion de ella no cambio.
– Suponiendo que pagaramos esa absurda suma, ?que recibiriamos a cambio?
El gordo parecio perplejo.
– Como le dije, no dire nada de lo que se.
–
Se encogio de hombros.
Bajare al vestibulo y cogere el telefono.
– No -la expresion era inequivoca-. No le pagaremos.
Mientras el duque de Croydon se movia incomodo, la voluminosa cara del detective del hotel enrojecio:
– Escuche, senora…
– No escuchare -lo interrumpio perentoriamente-. En cambio sera usted el que me escuche a mi. -Los ojos de el estaban fijos en su rostro, los hermosos rasgos y los pomulos altos con la mas imperiosa expresion.- No lograriamos nada pagandole a usted excepto algunos dias de tregua. Usted lo ha dicho muy claramente.
– Es un riesgo que tiene…
– ?Silencio! -Su voz era un latigazo. Sus ojos penetraban los del gordo. Tragando saliva, cenudo, aguardo.
La duquesa de Croydon sabia que lo que vendria podria ser lo mas importante que jamas hubiera hecho. No podia cometer una equivocacion, ni vacilar, ni regatear por estrechez de criterio. Cuando se jugaban las cosas mas importantes, habia que hacer las apuestas mas altas. Intentaba apostar sobre la codicia del gordo. Debia hacerlo en tal forma que asegurara el resultado mas alla de toda duda.
– No le pagaremos diez mil dolares -declaro con decision-. Le pagaremos veinticinco mil.
Los ojos del detective se le salian de las orbitas.
– A cambio de eso -continuo en la misma forma-, usted conducira el coche hacia el Norte.
Ogilvie continuaba mirando.
– Veinticinco mil dolares -repitio la duquesa-. Diez mil ahora y quince mil cuando se encuentre con nosotros en Chicago.
Aun sin hablar, el gordo se chupo los labios. Sus ojos como cuentas, incredulos, fijos en ella. El silencio se mantuvo.
Luego, mientras la duquesa lo miraba con intensidad, el hizo un leve gesto de asentimiento.
El silencio continuaba. Al fin Ogilvie hablo:
– ?Le molesta el cigarro, duquesa?
Como ella asintiera, lo apago.
12
– Es una cosa extrana. -Christine bajo la gran minuta multicolor.- Tengo la sensacion de que esta semana va a suceder algo trascendental.
Peter McDermott sonrio a traves de la mesa, alumbrada por un candelabro, la plateria y manteleria reluciente.
– Quiza ya haya sucedido.
– No, por lo menos en la forma a que usted se refiere. Es una cosa incomoda, quisiera poder quitarmela.
– La comida y el vino obran maravillas.
Ella rio, respondiendo a su estado de animo, y cerro la minuta.
– Pida usted para los dos.
Estaban en el «Restaurante deBrennan», en el French Quarter. Una hora antes, conduciendo un automovil que habia alquilado en el mostrador de la agencia «Hertz», en el vestibulo principal del «St. Gregory», Peter habia recogido a Christine en su apartamento. Estacionaron el coche en Iberville, al entrar en el Quarter, y caminaron a lo largo de Royal Street, deteniendose en los escaparates de las casas de antiguedades, con su extrana mezcla de
El «Brennan», considerado el mejor restaurante de la ciudad, estaba lleno de comensales. Mientras esperaban que se desocupara una mesa, Peter y Christine bebieron con calma un Old Fashioned, aromado con hierbas, en el patio alumbrado tenuemente.
Peter tenia una sensacion de bienestar y estaba encantado con la compania de Christine. La sensacion continuaba mientras los condujeron a su mesa, situada en el fresco comedor del piso principal. Aceptando la sugerencia de Christine, hizo una sena al camarero.
Ordeno para ambos: 2-2-2 ostras, una especialidad de la casa combinando ostras Rockefeller, Bienville y Roffignac, lenguado Nouvelle Orleans, relleno con carne de cangrejo condimentada, coliflor a la polonesa, y manzanas al horno y, al mozo de los vinos que andaba rondando, le pidio una botella de Montrachet.
– Es agradable -dijo Christine-, no tener que tomar decisiones. -Con firmeza resolvio arrojar la sensacion de intranquilidad mencionada un momento antes. Despues de todo no era mas que una intuicion, que tal vez se explicara por el hecho de que habia dormido menos que lo usual la noche anterior.
– Con una cocina bien dirigida, como la que tienen aqui -dijo Peter-, las decisiones sobre la comida no importan mucho. Es una cuestion de gusto entre calidades identicas.
Ella le hizo una broma.
– Esta demostrando su conocimiento sobre hoteles.
– Lo lamento. Imagino que lo hago con frecuencia.
