– No mucho. Y si le interesa saberlo, me gusta. Sin embargo a veces me he preguntado que fue lo que lo impulso a dedicarse a esto.

– ?Al negocio de hoteles? Pues yo era un botones ambicioso.

– ?No es una explicacion muy simple?

– Probablemente no. Tuve suerte despues con otras cosas. Vivia en Brooklyn, y los veranos, cuando terminaba el colegio, conseguia un puesto de botones en Manhattan. Una vez, el segundo verano, lleve a un borracho a la cama… lo ayude a subir las escaleras, le puse el pijama y lo meti en cama.

– ?Todos hacian ese tipo de servicio?

– No. Resulto ser una noche especial, y ademas tenia mucha practica. Hice lo mismo en casa, para mi padre, durante anos. -Por un instante un matiz de tristeza rozo los ojos de Peter, luego continuo:- De cualquier manera, sucedio que el que habia acostado resulto ser un cronista del The New Yorker. Una o dos semanas despues, escribio sobre lo que habia pasado. Creo que nos llamo «el hotel mas dulce que la leche de madre». Nos hicieron muchas bromas, pero resulto beneficioso para el hotel.

– Y usted, ?fue ascendido?

– En cierta forma. Pero sobre todo llamo la atencion sobre mi.

– Aqui vienen las ostras -dijo Christine. Dos aromaticas fuentes calientes, con las medias conchas cocinadas asentadas sobre sal gruesa, fueron colocadas con destreza frente a ellos.

Mientras Peter paladeaba y aprobaba el Montrachet, Christine pregunto:

– ?Por que razon en Luisiana se pueden comer ostras todos los meses del ano, tengan r o no la tengan?

– Se pueden comer ostras en cualquier parte, y en todo tiempo. La idea de un mes con r es un mito comenzado hace cuatrocientos anos por un vicario ingles de pueblo, creo que se llamaba Butler. Los cientificos lo han ridiculizado, el Gobierno de los Estados Unidos dice que es una tonteria, pero la gente aun cree en eso.

Christine mordisqueo una ostra Bienville:

– Siempre pense que era porque desovan en verano.

– Algunas ostras lo hacen, en determinadas estaciones, en Nueva Inglaterra y Nueva York. Pero no en Chesapeake Bay, que es la mayor fuente de ostras del mundo. Alli y en el Sur el desove puede suceder en cualquier epoca del ano. De manera que no hay una sola razon para que los del Norte no puedan comer ostras todo el ano, como en Luisiana.

Hubo un silencio, luego Christine pregunto:

– ?Cuando usted aprende algo, lo recuerda?

– Supongo que casi siempre. Tengo un tipo extrano de mente en la cual las cosas se pegan: algo asi como el anticuado papel para cazar moscas. En cierta forma ha sido una suerte para mi.

Tomo una ostra Rockefeller, saboreando su sutil sabor a ajenjo.

– ?Por que suerte?

– Bien, aquel mismo verano de que estabamos hablando, me dejaron desempenar otros trabajos en el hotel, inclusive ayudar en el bar. Ya para entonces comenzaba a sentir interes y pedi prestados unos libros: uno se referia a la mezcla de bebidas. -Peter callo, repasando in mente otros sucesos que casi habia olvidado.- Sucedio que estaba solo en el bar cuando entro un cliente. Yo no sabia quien era, pero el dijo: «He oido decir que usted es el brillante muchacho sobre el cual escribio The New Yorker. ?Puede prepararme un Rusty Nail?»

– ?Le gastaba una broma?

– No. Pero asi hubiera pensado de no haber leido un par de horas antes los ingredientes que lleva: Drambuie y Escoces. Eso es lo que quiero definir como suerte. De cualquier manera se lo prepare y luego dijo: «Esta bien, pero no aprenderas el negocio de hotel en esta forma. Las cosas han cambiado desde Work of Art.» Le dije que no me consideraba un Ayron Weagle, pero que no me importaria ser Evelyn Orcham. Rio al oirme; supongo que tambien habria leido a Arnold Bennett. Luego me dio su tarjeta y me dijo que lo fuera a ver al dia siguiente.

– Supongo que seria el dueno de cincuenta hoteles.

– Sucedio que no era dueno de nada. Su nombre era Herb Fischer y su ocupacion vendedor: alimentos envasados al por mayor o algo por el estilo. Tambien era importuno y jactancioso, y tenia una manera de hablar subestimando a la gente. Pero conocia el negocio de hoteles y a la mayor parte de las personas que se ocupaban en eso, porque era alli donde efectuaba sus ventas.

Quitaron los platos usados. El camarero, vigilado por un maitre de casaca roja, coloco el lenguado ante ellos.

– Tengo miedo de comerlo -dijo Christine-. Nada puede saber tan delicioso como eso. -Probo un bocado del suculento y admirable sazonado pescado-. ?Hum! Increible, todavia mejor mejor de lo que prometia.

Pasaron algunos minutos antes de que dijera:

– Cuenteme mas sobre mister Fischer.

– Al principio crei que solo era un charlatan; llegan millones a los bares. Lo que cambio mi opinion fue una carta de Cornell. Me dijo que me presentara en la Statler Hall, la escuela de Administracion de Hoteles, para una entrevista de seleccion. Sucedio que me ofrecieron una beca, que utilice al terminar el bachillerato. Luego descubri que Herb me habia recomendado. Supongo que era un buen vendedor.

– ?Lo supone solamente!

– Nunca he estado totalmente seguro -respondio Peter, pensativo-; le debo mucho a Herb Fischer, pero a veces me pregunto si la gente no hacia ciertas cosas, incluso darle negocios, para liberarse de el. Despues que se concerto lo de Cornell solo lo vi una vez mas. Trate de darle las gracias y tambien intente darle satisfacciones. Pero no me permitio ninguna de las dos cosas; solo seguia jactandose, hablando de los negocios que habia hecho o que haria. Luego dijo que yo necesitaria ropa para la Universidad; tenia razon, e insistio en prestarme doscientos dolares. Debio de significar mucho para el, porque luego me entere de que sus comisiones no eran grandes. Se los devolvi enviandole cheques por pequenas cantidades. La mayoria de ellos no fueron cobrados nunca.

– Creo que es una historia maravillosa -Christine oia embelesada-. ?Por que no volvio a verlo?

– Murio. Trate de verlo muchas veces, pero nunca coincidimos. Luego, hace como un ano, recibi una llamada telefonica de un abogado; aparentemente Herb no tenia familia. Fui al funeral. Y encontre que alli estaban ocho personas a quienes el habia ayudado en la misma forma que a mi. Lo curioso es que, con todas sus jactancias, nunca hablo a ninguno acerca de los otros.

– Creo que podria llorar -dijo Christine.

El asintio.

– Ya lo se. Yo senti lo mismo entonces. Supongo que eso me habra ensenado algo, todavia no se bien que. Tal vez sea que algunas personas levantan grandes barreras, aunque siempre estan deseando que el otro las abata, y si uno no lo logra no se los llega a conocer.

Christine se mantuvo callada mientras tomaban cafe (de comun acuerdo ambos habian suprimido el postre). Por ultimo pregunto:

– ?Acaso alguno de nosotros sabe lo que queremos nosotros mismos?

Peter lo considero.

– Supongo que no del todo. Sin embargo, yo se que es lo que quiero conseguir… o por lo menos algo parecido. -Hizo una sena al camarero para que trajera la cuenta.

– Digamelo.

– Hare algo mejor, se lo mostrare.

Ya fuera del «Brennan» se detuvieron, tratando de adaptarse del fresco interior, al aire calido de la noche. La ciudad parecia mas callada que una hora antes. Algunas luces en los alrededores comenzaban a apagarse, la vida nocturna del Quarter se dirigia a otros sectores.

Tomando del brazo a Christine, Peter la llevo cruzando en diagonal por Royel Street. Se detuvieron en la esquina sudoeste de St. Louis, mirando hacia delante.

– Eso es lo que me gustaria crear -dijo-. Por lo menos algo tan bueno o quiza mejor.

Bajo la gracia de los balcones con rejas y las esbeltas columnas de hierro habia faroles de gas que arrojaban luz y sombra sobre la clasica fachada blanco grisacea del «Royal Orleans Hotel». A traves de ventanas con arcos y columnas, una luz ambarina se proyectaba hacia fuera. En la acera de entrada se paseaba un portero uniformado

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