con librea dorada y gorra con visera. Bien arriba, sacudidos por una brisa repentina, las banderas y cuerdas golpeaban contra los mastiles. Llego un taxi. El portero se dirigio con presteza a abrir la portezuela. Los tacones de las mujeres sonaron y la risa de los hombres continuaba mientras entraban al hotel. Se cerro la puerta y el taxi partio.
– Hay algunas personas -dijo Peter-, que creen que el «Royal Orleans» es el mejor hotel en Norteamerica. No importa mucho estar o no de acuerdo. El asunto es que representa un ejemplo de lo bueno que puede ser un hotel.
Cruzaron St. Louis hacia el lugar ocupado antiguamente por un hotel tradicional, que luego paso a ser un centro de la sociedad local, mercado de esclavos, hospital en la guerra civil, legislatura estatal, y ahora se habia convertido otra vez en hotel.
La voz de Peter cobro entusiasmo.
– Tenian todo a su favor: historia, estilo, instalacion moderna e imaginacion. Para hacer el nuevo edificio habia dos firmas de arquitectos de Nueva Orleans, una empapada en tradicion, la otra moderna. Probaron que se puede construir algo nuevo y sin embargo retener la vieja personalidad.
El portero, que habia dejado de pasearse, tenia la puerta abierta para que pudieran entrar. Delante mismo, las estatuas de dos negros gigantescos custodiaban las escaleras de marmol blanco que conducian al vestibulo.
– Lo curioso -observo Peter-, es que a pesar de toda su individualidad, el «Royal Orleans» pertenece a una cadena de hoteles. -Y agrego con suavidad:- Pero no es del tipo de la de Curtis O'Keefe.
– ?Mas parecida a la de Peter McDermott?
– Hay mucho que andar para eso. Y yo he dado un paso hacia atras. Supongo que usted lo sabe.
– Si, lo se. Pero aun asi lo lograra. Apuesto mil dolares que algun dia lo hara.
El le oprimio el brazo.
– Si tiene tanto dinero, es mejor que compre acciones de los «Hoteles O'Keefe».
Caminaron a lo largo del vestibulo del «Royal Orleans», de marmol blanco y porcelanas blancas, con tapicerias color limon y damasco, y salieron por las puertas de Royal Street.
Durante hora y media anduvieron por el Quarter, y se detuvieron en el «Preservation Hall», decididos a soportar el sofocante calor y los bancos llenos de gente para saborear el jazz de Dixieland en su mas pura expresion; luego gozaron del fresco relativo de Jackson Square tomando cafe en el mercado frances a orillas del rio, criticando el mal arte que abunda en Nueva Orleans; y mas tarde en el
– Ha sido maravilloso -dijo Christine-. Ahora estoy lista para volver a casa.
Caminando hacia Iberville donde estaba estacionado el coche, los abordo un negrito con una caja para lustrar zapatos.
– ?Limpia, senor?
Peter movio la cabeza.
– Es demasiado tarde, hijo.
El muchacho, con los ojos brillantes, permanecia frente a ellos en su camino mirando los pies de Peter.
– Le juego veinticinco centavos a que se donde se calzo esos zapatos. Puedo decirle la ciudad y el Estado, y si acierto, usted me dara veinticinco centavos. Y si no acierto, yo se los dare a usted.
Hacia un ano que Peter habia comprado los zapatos en Tenafly,
New Jersey. Titubeo, con la sensacion de aprovecharse del negrito. Luego asintio.
– Bien.
Los ojos brillantes del muchacho lo miraron.
– Senor, usted se calzo esos zapatos para caminar por las calles de cemento de Nueva Orleans, en el estado de Luisiana. Recuerdo que yo aposte que le diria donde se calzo esos zapatos y no donde los compro.
Rieron, y Christine paso su brazo por el de Peter cuando este pago su deuda. Aun reian cuando se encaminaron hacia el Noreste, el apartamento de Christine.
13
En el comedor de la
– Oh -dijo Dodo-. Me siento como si hubiera comido un cerdo entero.
O'Keefe sonrio con indulgencia.
– Una esplendida comida, Warren. Ofrezca mis felicitaciones a su
El propietario del «St. Gregory» inclino con gracia la cabeza.
– Estara satisfecho de que sea usted quien manda felicitarlo. De paso, quiza le interese saber que esta misma comida se sirve esta noche en el comedor principal.
O'Keefe sonrio, aunque no se impresiono mucho. En su opinion, una comida larga y elaborada estaba fuera de lugar en el comedor de un hotel, como lo estaria el
En el imperio de O'Keefe, la comida estaba estandarizada y simplificada con la eleccion de un menu limitado a algunos platos populares y corrientes. Detras de esta politica estaba la conviccion de Curtis O'Keefe (confirmada por la experiencia) de que el gusto del publico y sus preferencias sobre comidas eran iguales, y muy poco imaginativas. En cualquiera de los establecimientos de O'Keefe, si bien se preparaban las comidas con cuidado y se servian con antiseptica limpieza, no eran precisamente para
El magnate hotelero observo:
– No hay muchos hoteles en esta epoca que ofrezcan este tipo de cocina. Casi todos los que lo hacian tuvieron que cambiar esa costumbre.
– La mayoria, pero hay excepciones. ?Por que han de ser todos tan dociles?
– Porque la concepcion integral del negocio ha cambiado, Warren, desde que usted y yo empezamos a trabajar en el, siendo jovenes, nos guste o no. Los dias de «mi huesped» y de servicio personal ya no existen. Quizas a la gente le haya importado esas cosas alguna vez, pero ya no.
Habia un tono inequivoco en la voz de ambos hombres, indicadora de que con la terminacion de la comida el momento para la mera cortesia tambien tocaba a su fin.
Mientras los dos hablaban, los infantiles ojos azules de Dodo iban curiosos de uno a otro, como si siguiera una obra teatral, apenas comprendida. Aloysius Royce, vuelto de espaldas, estaba ocupado en el aparador.
– Hay personas que estarian en desacuerdo con esa teoria -dijo Warren Trent en tono cortante.
O'Keefe miro la punta encendida de su cigarro.
– Para quienes piensen asi mi respuesta son mis balances comparados con los otros. Por ejemplo, con el suyo.
El otro se sonrojo y sus labios se apretaron.
– Lo que esta sucediendo aqui es temporal. Lo he visto antes. Pasara lo mismo que otras veces.
– No. Si usted piensa eso, esta buscando ahorcarse. Y usted merece algo mejor, Warren… despues de tantos anos.
Hubo un obstinado silencio antes de que respondiera grunonamente.
– No he pasado mi vida moldeando una institucion para verla convertida en un hotel barato.
– Si usted se refiere a mis hoteles, ninguno de ellos puede calificarse asi -le toco el turno a O'Keefe de sonrojarse de colera-. Tampoco estoy tan seguro de que este sea una institucion.
En el frio silencio que siguio Dodo pregunto:
